Calle Angosta 2008

Feria 2008

Es difícil escribir sobre la Feria del Libro algo nuevo, algo que no se haya escrito en ocasión de muestras anteriores. Pero acaba de realizarse una más, entre el 13 y el 21 de setiembre, bajo la orientación de una nueva gerencia cultural, en otros espacios, con  una importante invocación simbólica, como la del gran maestro Arturo Roig, y estos hechos inducen, por arrastre, a ciertas revisiones. Se debe comenzar, de todos modos, por la primera razón, por ese objeto supuestamente celebrado, el libro.
¿Qué se pretende, inicialmente, de un libro? ¡Que responda a una estética! Una obra escrita puede ser modesta o lujosa, extensa o pequeña, inscribirse en un género convencional o no, ser de “izquierdas” o de “derechas”, ser intimista u objetiva, o bien, asimilable a cualquier otro tipo de clasificación. Pero invariablemente debe responder a una estética. Es decir, un desarrollo coherente, donde importe más su comienzo que su final, un ánimo de integración a un proyecto al que se le pueda reconocer un sentido. Y aún sobre el sentido, si fuera posible, si el tema lo admitiese, una tentativa de sorpresa. Lo que debe buscar un libro, la crítica de una realidad incompleta, el incidente nuevo, la compulsión de lo no dicho.


En el mismo sentido debiera situarse, y ser vista y analizada, una muestra que los contuviera, y que tendría que llamarse, dicho sea de paso, de cualquier otro modo que ignorase la palabra “feria”, muy propia de cualquier congregación de objetos que no tengan, como el libro, un fuerte componente inmaterial, intelectual, ajeno por completo al manoseo de que se compra y se vende por dinero,  y muchas veces, sagrado. Suena tan disonante como si pudiera hablarse de una feria de “nuevas religiones”, una feria de “descubrimientos científicos”, o una feria de la imaginación y la fábula. Pero es la moda, ya se ha expandido como una distracción del lenguaje, y por ahora no tiene remedio, es la forma con que se las nombra y reconoce.


Lo concreto es que esta “Feria” ha carecido de una línea estética. La justa y acertada ligazón con Arturo Roig ha parecido más un gesto táctico, un título de campaña publicitaria, antes que una elección deliberada, en concordancia con una proposición consciente.  Lo poco en sintonía con ese nombre fue casual, como la presentación del libro “Memorias presentes”, de Claudia Fava y Vilma Verdaguer, que debió haberse hecho el 24 de marzo, cuando  los prologuistas, Diego Lavado y Pablo Salinas, todavía integraban el actual Gobierno; o bien fue tan reducido en su jerarquía como el acto de anunciación de un nuevo espacio, en la Biblioteca General San Martín, referido a los derechos humanos, cuyo horario se cambió sin aviso, y concluyó antes de que la gente llegara.


La programación fue un revoltijo incomprensible. Y lo que hubo de bueno, ni siquiera fue advertido por quienes lo debieron organizar. Así ocurrieron superposiciones inauditas, muy próximas a la irrespetuosidad hacia el público y a los mismos partícipes. Se pueden hacer actos simultáneos, pero no cuando ofrecen temáticas afines. Por ejemplo, según la agenda difundida en la web de Cultura, el jueves 18, con media hora de diferencia se ofrecieron, por lo menos, las siguientes actividades: a. Charla y proyección “Pueblos originarios y emancipación”. b. Lectura por poetas y narradores del Este. c. Presentación de la revista “Mosaico virtual”, incluyendo charla con Liliana Bodoc. d. Lectura de textos por reconocidos poetas locales.  Este “amontonamiento” desorientador, de actividades destinadas, aproximadamente para el mismo público, no fue accidental, sino propio de cada jornada. La impresión general es que se admitió, con un criterio erróneo de participación o democracia,  cualquier realización que fuese sugerida. Y que luego se asignaron, por una parte,  los horarios y lugares disponibles, y por otra se pusieron todos los actos  en un bolillero, y entonces, mediante un sorteo, se llevó a cabo la programación. De otro modo no podría entenderse. 

Volviendo a lo central, la idea de lo que debe ser un “homenaje” no se percibe convincente. Convocar al profesor Roig para que diga unas palabras y reciba ciertos elogios circunstanciales, no le suman nada a una trayectoria ejemplar, que siempre estuvo al servicio de  fines mucho más altos.  El verdadero homenaje, si realmente se quería trascender al simple usufructo de un nombre, hubiese consistido en poner en la mayor cantidad de manos -por lo menos, en cada visitante de la Feria- un manojo de las ideas de don Arturo; un cuadernillo austero, elemental –si el presupuesto no admitía otra cosa-, pero que permitiese acercar al gran público, a los hombres que siempre han estado en el centro de la batalla intelectual del filósofo, las líneas principales de una voz anclada, con firmeza, en la democracia popular, en la justicia, en ideales de liberación. Haber respondido, mínimamente, a un propósito, reuniendo, siquiera una vez, al pensador, al mensajero, con los destinatarios de su mensaje.

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