Calle Angosta 2008

Dos Gallos y un Pavo

    Que no se malentienda. Se alude, simplemente, a las revistas literarias. Las que existieron, como  “gallo”, o “PAVO”, surgidas hace ochenta años bajo la tutela de García Lorca, y las que siguen apareciendo, con los más variados nombres, como Palabra, Marion o Serendipia, para constituir lo mismo, en cualquier lugar, debajo de pesadas piedras, de repetidas disonancias, describiendo un juego inagotable, donde unos pocos hombres se juntan para des-esconderse y, hasta donde les sea posible, generar visiones que los expresen y se reproduzcan.


    El 8 de marzo de 1928, en la Eritaña, una de tantas ventas de la sierra granadina, Federico García Lorca decía, palabra más o menos, lo mismo que se dice en la presentación de cualquier revista literaria: “Cinco o seis veces ha estado esta revista a punto de salir. Cinco o seis veces ha querido volar. Pero, al fin, está entre nosotros viva, con ganas de vivir mucho tiempo y olorosa a tinta de imprenta”. La revista tenía 22 páginas, en formato de 24 x 33 centímetros. Contenía trabajos, entre otros, de Jorge Guillén, José Bergamín, Salvador Dalí y el propio Lorca; respondía, básicamente, al propósito de sacar a Granada de su estado somnolencia, limitado al aura fastuosa de la Alhambra y la vida de rentistas felices. Los hacedores de “gallo” querían que realmente cantara, anunciando el gusto por el surrealismo y las nuevas corrientes artísticas que movilizaban a Europa.


     En ese primer número de la revista, García Lorca produce una nota donde crea un personaje simbólico, don Alhambro, que vuelve, en 1830, desde Londres, con el sueño de sacar a Granada de un quietismo de siglos. “El hombre -decía- se instaló en un pequeño cuarto lleno de relojes de bolsillo y daba largos paseos de los cuales volvía con el traje florecido de ese verde musgo melancólico, que la Alhambra pone en los aires y en los tejados. Su granadismo era tan agudo que masticaba constantemente hojas de arrayán y veía de noche el gran fulgor histórico que Granada envía a todas las demás ciudades de la tierra. Se hizo, además, un excelente catador de agua. El mejor y más documentado catador de agua en esta Jerez de las mil aguas. Hablaba del agua que sabe a violetas, de la que sabe a reina mora, de la que tiene gusto a mármol, y del agua barroca de las colinas que deja un recuerdo a clavos de metal y aguardiente...”


    Aquel sueño creativo no llegaría a cumplirse, pero ellos, los jóvenes de un siglo después, lo recuperan, produciendo un medio que habría de conmover la noche cultural de Granada. Crónicas de la época señalan que la gente burguesa de la ciudad, acostumbrada a las revistas conservadoras, con sus ecos de vida social y de cuentos donde ”pasan cosas”, había recibido la nueva revista como una “tomada de pelo”. A tono con esa percepción, los mismos redactores de “gallo” completaron su juego difundiendo, poco después, en forma anónima, una revista que se burlaba de la primera, asumiendo el punto de vista reaccionario: la llamaron “PAVO”, y en ella consumaban un divertimento satírico, haciendo una parodia de quienes se habían revelado incapaces de comprensión.


    El número 2 de “gallo” apareció en abril de 1928. Se iniciaba con una cita clásica, un verso del Poema del Mío Cid, acorde con las premisas del grupo: “A prisa cantan los gallos y quieren quebrar albores”. Bajo la advocación de los “grandes artistas del momento”, Picasso, Juan Gris, Chirico, Joan Miró, Tristán Tzará, André Breton, Paul Eluard,  Louis Aragon, Igor Strawinsky y Jean Cocteau, entre otros; contenía un relato de Francisco Ayala, un artículo sobre Picasso, dos poemas de Lorca, una nota en defensa de la música de Manuel de Falla, otros textos de jóvenes granadinos, y un Manifiesto Anti-artístico, que impulsara Salvador Dalí, donde se exponen una serie de postulados audaces, y se realizan denuncias apasionadas. Joaquín Amigó, integrante de la peña responsable de la revista, escribía: “Este Manifiesto no nace como un 'ismo'  más; se limita a hacer profesión de fe del estado general de la sensibilidad presente. No nos  inicia en una nueva construcción estética, tan sólo proclama las que deben ser fuente de inspiración y de auténtico placer artístico, denunciando la yerta caducidad de un orden que no satisface la necesidad de alegre y objetiva belleza que refleje la emotividad de nuestro tiempo”.


    Luego de aquellas estridencias, el “gallo” se calló, por una o varias de las razones que suelen esgrimirse, pero que en realidad es una sola y la misma de siempre: que siguiesen naciendo gallos nuevos.

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