Calle Angosta 2008

Democracia con Borges

    El retorno a la democracia, hace veinticinco años, fue la gran recordación del mes. Eso dio “piedra libre” para varios ensayos sobre el olvido. Unos escritos por renombrados camaleones, revenidos demócratas de la primer hora; y otros por quienes celebran lo que desconocen, como si la democracia fuera votar año por medio. Pero, así, en medio de la ciénaga, tal vez sea oportuno recordar a Jorge Luis Borges, que tanto hizo, además de escribir bien, para estar siempre a mano o en boca de todos los temas.
   
    El 30 de octubre de 1983, día de las elecciones que marcaron el principio del fin de la última dictadura militar argentina, Borges se encontraba en Madison, U.S.A., compartiendo una actividad académica con profesores y estudiantes. Era vísperas de Hallowey, y todos pensaban en su disfraz para la “noche de brujas”.  El mismo Borges admitió haberse comprado por dos dólares una máscara de lobo, para no parecer un aguafiestas. En el momento en que se la estaba probando, le dijeron al oído que había ganado Raúl Alfonsín. Entonces tuvo la ocurrencia, según sus propios dichos, de ingresar a la sala principal del comercio, aullando, para que los esqueletos, los fantasmas, los osos y los tigres, también supieran la noticia. “Estaba en un ambiente fantástico –dijo Borges-; pero había sucedido en la patria algo mucho más fantástico, un milagro mayor. Mucho más importante que ese pequeño milagro, que yo apareciera en la reunión con una gran cabeza de lobo.”

     En un reportaje del 15 de diciembre de 1983, publicado por la revista Gente -ganada entonces, de manera súbita, para la democracia-, el autor de “Ruinas circulares”, respondía: “Tenemos un camino muy arduo que recorrer todavía. Hay que desandar muchos años de gobierno militar. Lo primera es la situación económica, luego, durante tantos años la deshonra, la corrupción, la coima. Todos estamos un poco manchados, tal vez (..) Tantos años en que yo me dejé engañar por los militares…Pero despojaron el país, lo expoliaron, lo destrozaron. Han cometido todos los errores y todos los crímenes posibles. Se habla de treinta mil desaparecidos…personas acaso secuestradas, torturadas, asesinadas. Hasta inventaron una guerra.”
   
    El escritor, que siempre se ponía en guardia por sus opiniones, pretextando “no saber nada de política”, admitía, al menos, su ingenuidad o su error. Contaba, también, en su defensa, no haber defendido negocios personales ni de sector. Por eso, interrogado, sobre si se debía olvidar  lo sucedido, podía contestar: “Lógicamente, no. Debe actuarse dentro de la ley. Que la justicia no sea impaciente. Recuerdo una frase de Almafuerte: ‘Sólo pide justicia, pero será mejor que no pidas nada’. Es una frase un poco triste. Pero en este caso si no se hiciera justicia sería una forma de complicidad. O un modo de congraciarse con los culpables. Creo que esa justicia tiene que ser pública. Lo que ha ocurrido aquí es realmente terrible. Cuando Hitler resolvió perseguir a los judíos, eso se hizo públicamente. Aquí todo se hizo clandestinamente. Creo que uno de los mayores defectos argentinos es la hipocresía: no importa que las cosas sucedan. Lo importante es que no se sepa.”
   
    Aquel Borges ciego, autocompasivo consigo mismo por sentirse, siempre, frente a la inmediatez de la muerte, se entusiasmaba con la esperanza,  que celebraba entonces como un derecho, y se alegraba por quienes podrían constituir y gozar otro país, algo que para él ya no sería posible. ¡Pobre Borges! Veinticinco años después no es mucho lo cambiado. Con la democracia no se come ni se educa ni se cura, mientras no se avance sobre la mera declamación.  Podrá decirse que no es lo mismo que a quienes se oponen y resisten, se los deje hablar en vez de exterminarlos.  Y es cierto. Pero las decisiones esenciales, las que definen el tipo de país, siguen, con muy pequeñas diferencias, en las mismas manos.

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