Calle Angosta 2008

Cultura de la media verdad

    Uno quisiera escribir de Mario Benedetti o el arte moderno o el poeta Dorronzoro, pero no puede. Le ganan los heraldos negros de la frustración,  viendo un país que se resiste a la adultez, golpeado por enfrentamientos evitables. Cómo si el diálogo racional sobre los grandes temas nacionales fuera un hecho vedado para nuestra cultura.


     Esta vez el “lock out”  de los productores agrícolas y el corte indiscriminado de las rutas, se ha impuesto en los análisis de la cultura-país,  reduciendo a la inmensa mayoría de sus habitantes a la condición de rehenes de un caos relacional, en donde cada parte, levantando la bandera de las medias verdades, obstruye la comprensión de los fenómenos. E instala laberintos absurdos.


    Por una parte, el gobierno construye su discurso sobre cifras de crecimiento y rentabilidad de la actividad agrícola que son reales en cuanto promedio, pero que difieren para los casos específicos. Es decir, aplica la misma lógica para una propiedad de cincuenta mil hectáreas que para una de cincuenta o de menos. De tal modo, la media verdad termina siendo una mentira completa.


    Los agricultores, por su parte, se encolumnan en una protesta que pierde sustento por su propia metodología, ya que no es posible defender legitimidad ignorando para los demás el derecho que reclaman para sí mismos, cortando rutas e impidiendo el paso de otras producciones. Tampoco es totalmente verdadero su discurso, por cuanto desconocen que su crecimiento fue posible dentro de políticas de Estado que le dieron respaldo, y que el esfuerzo de mantener un tipo de cambio que les resulta beneficioso es un costo que soporta la sociedad en su conjunto.


    Ese cruce de medias verdades ha ofrecido imágenes de alto contenido explosivo, tanto de un lado como del otro. Del lado oficial, por parte de quienes engloban como  “oligarquía terrateniente” a miles de pequeños productores rurales y repiten consignas de batalla que son inaplicables para la realidad que ahora enfrentan. Y del lado de los huelguistas, infringiendo la ley, forzando el derrame de la leche o la pudrición de toneladas de frutas y hortalizas, producidas y transportadas por otra gente, no menos trabajadora que ellos,  totalmente ajenas al conflicto.


    Y por supuesto, en el río revuelto, aquellos políticos contrarios por naturaleza, opositores “porque sí”, porque no pueden vivir sino de los fracasos ajenos, tirando sus redes tramadas con la pequeñez y el cinismo, reclamando airadamente, desde el llano, por situaciones que ellos tampoco pudieron resolver, o que provocaron, en ciertos casos,  siendo gobierno, o que no plantearon con claridad y con justeza en el momento en que debieron hacerlo. Es decir, una suma de discursos con menos aureola de seriedad que de revancha. 


    Tal el panorama expuesto ante los ojos del ciudadano común, coherente con el “modo de ser” argentino, donde nadie es responsable de nada, y las culpas siempre la tienen los otros. Y donde, sobre todo, nunca se plantean los debates de fondo, es decir los que revuelvan en lo central, y busquen las verdades completas.


    En ese sentido, no se ha escuchado, ni de los voceros oficiales, ni de los huelguistas con acceso a los grandes medios informativos,  ninguna referencia hacia un sector esencial en el reparto de la renta agraria, que subyace en la sombra, ausente, y liberado, entonces, por omisión, de toda responsabilidad. Obtienen, sin embargo, pese a constituir una parte absolutamente parasitaria -y por eso, prescindible- los beneficios más desproporcionados.  Son los grandes “pools” de la siembra, y los oligopolios de la exportación, Bunge, Dreyfus, A.D.M, Cargill, etc.
Hay una pregunta clave. ¿Por qué hacen huelga y bloquean rutas contra las retenciones a la exportación aquellos que no son, realmente, exportadores? Lo hacen, es obvio, para esconder la dependencia que tienen frente a dichas corporaciones,
que sí exportan los granos, pero le hacen pagar la retención a quienes los producen y no pueden venderlos sino a ellas.


¿Qué pasaría si un gobierno que se dice “progresista” realmente decidiera serlo, y si los verdaderos trabajadores del campo usaran su experiencia en separar la paja del trigo, y uno y otros apuntaran a los grandes ociosos del capital concentrado? ¿Si se estudiara la cadena productiva en todas sus etapas, la distribución de la tierra, el modelo mono-productor de soja, y junto a ello, un plan alimentario nacional?


    Seguramente el gobierno no hubiese desencadenado una tormenta terrible por no más de mil o mil quinientos millones de dólares. Ni los productores estarían en las rutas,  trabajando como comisarios de guerra. Ni los escritores girando sobre una realidad que les agota la ficción.
 

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