Calle Angosta 2008

Cultura del Aguante

El hombre que todos los días, con lluvia, con frío, sale a trabajar, y nunca le alcanza lo que gana. Ese aguanta. La campesina que rotura el suelo, lo desmaleza, lo siembra, lo riega, con sus hijos a cuesta. Esa mujer aguanta. El tomero que camina en las noches de invierno, sobre la hierba helada, para encauzar el agua. Ese hombre aguanta. Los centenares de presos en Guantánamo, objetos de desnudos forzosos, impedimento del sueño, encierros en micro-celdas heladas, y sometidos a luces estroboscópicas, música atronadora de rap, vejaciones sexuales y humillaciones psicológicas continuas. Esos aguantan.

Pero los “muchachos del tablón” no aguantan. Solamente ejercitan sobre los otros, es decir, todos los que no son ellos, y se encuentran en situaciones de inferioridad o de aislamiento, su cobardía de patota, su desprecio al opuesto, al más débil. En la misma línea mental que un Videla, para quien los desaparecidos no eran nada, “no existían”, estas barras inmerecidamente “bravas”, le gritan, justamente, “no existís”, con exaltado fervor, a los rivales que les tocan en turno. Les gritan que no están, que no cuentan, que integran, simplemente, una suma de negaciones. Dicen aguantar, pero en realidad  los “aguantados” son ellos,  aguantados por todos los demás, en su machismo de montón, sus batallas absurdas por el cupo de entradas gratuitas, de gastos de movilidad, por pequeños e inconcebibles privilegios. En verdad, nunca aguantan. Cada vez que pueden, roban, golpean, humillan. Y llegado el caso, oprimen los gatillos o sacuden las piedras o el acero.

Son, de todos modos, actores de reparto. Los principales, sin embargo, los actores  ineludibles del gran escenario nacional: los funcionarios, de primera y de segundas líneas, y recientemente, los grandes voceros de la protesta agraria, parecieran haberse ubicado en la misma, desaforada, sintonía, en un juego “heroico” de consignas cruzadas.  “Aguante el Campo”, “Aguante Cristina”. ¿A qué “aguante” se estarán refiriendo? ¿El aguante de los silos repletos? ¿El aguante frente a los propios compatriotas, convertidos en la hinchada rival, en los otros, los ignorados, los castigados, los que estuvieron cien días afuera del partido? ¿El aguante frente a un poder económico establecido, frente a un circuito de circulación de bienes y formación de precios aceptado, intacto, que no merece ninguna discusión?   

Esgrimir el “aguante” porque sí, de cualquier modo, equivale a sostener la infalibilidad propia y el error ajeno. Implica, en rigor, el desconocimiento de los otros, y resulta exactamente lo contrario de la inclusión y de la tolerancia. Cuando “el aguante” se convierte en un argumento político, la sociedad funciona dando tumbos. Y el espacio del pensamiento cede ante los embates de la mera opinión. La diferencia es obvia. Pensar requiere informes objetivos, confrontación fundada, estudio. Y su resultado son opciones para la construcción de un país. Opinar, en cambio, opina cualquiera, siguiendo el rumbo de los vientos. Es un acto trazado,  comúnmente, en función de  intereses personales o de sector; una cadena antojadiza, confusa, donde las debilidades toman fuerza por efecto de la simple propagación, y al final, las simpatías se reparten de una manera deportiva. Cristina como si fuera la Tigresa Acuña o Alfredo De Angeli llevado en andas como si fuera Maradona en la final de México ’86.
   
La consecuencia es otra confusión. El “me parece” de cada uno triunfa sobre los datos de la realidad. Y se olvida, entre los cánticos y los aprietes, que cuando se busca el desarrollo de un país, no importa quien tiene “más aguante”, sino quien tiene más razones.

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