Calle Angosta 2008

Cuarto Poder

La potencialidad de la prensa independiente, como observadora y crítica del quehacer social, hizo que se la reconociera, hace más de dos siglos, como un “cuarto poder”. Una fuerza distinta y necesaria, luego de los poderes clásicos de la democracia, el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Hoy en día, aquella calificación cuasi profética, que se le atribuye al político irlandés del siglo XVIII,  Edmund Burke, se ha cumplido en exceso. Unas pocas grandes cadenas de información, ABS, CBS, NBC, Fox News, CNN, constituidas como empresas que cotizan en bolsa, vinculadas con otras compañías gigantescas que abordan, en cualquier lugar, negocios fabulosos,  auxiliadas por los más impresionantes recursos tecnológicos, y absorbiendo gradualmente los medios difusivos menores, han adquirido un status descontrolado de fuerza, un poder dentro del poder.


No niegan los hechos, pero los manejan con asimetría. Les acuerdan jerarquías y prioridades. Según los casos, le quitan relevancia a situaciones verdaderamente graves, o hacen estrépito con hechos secundarios. Y ejercitan, invariablemente, un refinado malabarismo verbal. Estados Unidos, por ejemplo, no invadió Irak, sino que, en alianza con otros países democráticos, realizó una acción “liberadora”. En torno a esa guerra, el gran poder mediático que baja del Norte,  produjo alteraciones increíbles. Así difundieron por televisión conquista sin muertos, apropiación sin sangre, y sobre todo, desencadenamiento sin motivo.  El propio Bush debió admitir, finalmente, que en Irak no había fabricación masiva de armas químicas.  Todo lo sucedido, sin embargo, no dio lugar a ninguna reprobación, ninguna disculpa. Acabó siendo absolutamente natural. Se destruyó un país, murieron cientos de miles de personas, solamente por una sospecha. Un dato erróneo… y cinco cadenas que se lo vendieron al mundo. 


El impudor es tan grande que ante la reciente intervención de Rusia en defensa de dos provincias separatistas en Georgia, la secretaria de Estado de la U.S.A.,  Condoleezza Rice, expresó que los rusos se habían comportado como “forajidos”, actuando en forma totalmente “inapropiada, para un país vecino”, y en “desconocimiento de la ley internacional”. “No se dan cuenta –subrayó- que estamos en el siglo XXI, y que no es posible que cualquier Estado invada a otro y después se comporte como si no hubiera pasado nada”.


Hace todavía menos tiempo, la pretensión de coherencia con que buscan ofrecerse los medios que transmiten en sintonía con el fundamentalismo neo-liberal, se derrumbó por completo. Invariablemente opuestos a la intervención activa del Estado en la moderación de los ciclos económicos, y a toda forma de “populismo”, como llaman, peyorativamente, a los intentos de compensar la desventaja estructural de los sectores más débiles, no hallaron manera de explicar la operación de “salvataje” de dos grandes bancos estadounidenses, que representó el más grandioso intervencionismo estatal de la historia, con un costo de doscientos mil millones de dólares -en el mismo plano ideológico con que Domingo Cavallo había transformado la deuda privada de grandes empresas en deuda pública de todos los argentinos.
Esa técnica informativa que, al menos en los grandes medios, se ha liberado de toda consideración ética, tiene sus efectos de arrastre. Cada lector, por consiguiente, debe ensayar, siquiera como trabajo de autodefensa, una nueva forma de lectura, como si de pronto dos más dos hubiese dejado de ser cuatro, y las palabras de indicar lo que una vez hicieron. En especial cuando se habla de fuerzas de paz, autonomías regionales, ayuda financiera, maniobras conjuntas, vínculos carnales, inspiración divina, presencia del mal, subsidios, planes sociales, cómodas cuotas, amores eternos.


En estos últimos días se está produciendo en la bullente América Latina, una formidable ofensiva de los sectores más conservadores de la media luna rica de Bolivia, quienes desconociendo la extraordinaria victoria del presidente Morales en las urnas, se oponen a la menor afectación de sus enormes ganancias, y realizan actos de fuerza de todo tipo, como ataques armados, toma de lugares públicos o sabajotes en los gasoductos. ¿Qué se oye, se mira, se lee, frente a ello? Neutralidad. Cuidadosa distancia.  Apenas referencias a un “caos” que parece producirse solo. Y los temas del grave riesgo institucional, las duras amenazas a la democracia que tanto se usa para la retórica abstracta, quedan como tema de futuras historias. 

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