Calle Angosta 2008

Nicolás Casullo: Seguir Pensando

    Hace pocos días ha fallecido Nicolás Casullo, un modelo infrecuente de intelectual argentino. Alguien que desde los diversos sitios en donde actuó, la investigación, el exilio, la cátedra, la militancia política, extrajo toda la crepitante melodía que puede producir un compromiso con la palabra y con el hombre. Sabía referirse a las historias reales, como el vocero sabio de una tribu apenas balbuciente, que aguarda, con infinita paciencia, la maduración de su infancia. Promotor incesante del debate ideológico, proponía sus visiones sobre los hechos inmediato, las cuestiones de mayor urgencia, con el abono de una larga explicación histórica, teórica y testimonial, inmune a las barreras y los espejismos de los circuitos del poder.


    Por eso mismo, aunque se tratase de un intelectual excepcional, autor de novelas como “El frutero de los ojos radiantes” o “Para hacer el amor en los parques” -prohibida por la dictadura de Onganía-,  de ensayos como “Comunicación, la democracia difícil” (de 1985) hasta el más reciente ”Las cuestiones” (de 2007), profesor universitario, Premio Konex 2004 por ensayo filosófico,  co-director de “Pensamiento de los confines”, una revista filosófico-política de culto, no era un invitado habitual en los espacios mediáticos masivos. Sin embargo, cuando sucedía, y uno tomaba asiento frente a su imagen, o cuando se podía leer algún escrito suyo, el lector o el oyente se acercaban a un fenómeno único, la sensación de ser partes en la construcción de un pensamiento, no exactamente una verdad, sino algo superior, un discurso que, humilde pero vehementemente, la buscaba. 


    Un estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas de la UBA, donde Casullo era profesor, lo recuerda así: - Sus clases teóricas reunían 500 personas. Iban alumnos de otras carreras, e inclusive (se decía) gente que no estudiaba en la facultad. Recuerdo una de ellas. Luego de saludar, la inició diciendo “era el año 1900. En un café de Viena, jugaban al ajedrez Tristán Tzara y Vladimir Lenin. La vanguardia artística se encontraba con la vanguardia política…” Y la gente se enganchaba, escuchaba el relato, se quedaba después de hora, decidía no abandonar la carrera y soportar, inclusive, diez proposiciones sobre género y estilo. Después se iba al bar de la esquina o el subsuelo para tomar una cerveza y charlar hasta tarde sobre la muerte de Walter Benjamin, la grandes luchas de los setenta o las cosas que Tzara le podría decir  a Lenin. En una academia cada vez más árida, ya no quedan muchos profesores así...


    En uno de sus temas recurrentes, Casullo solía referirse a la clase media argentina, como un “compendio de contradicciones”, que muchas veces se ha manifestado y ha tomado la calle, pero carente de un perfil propio. Extremadamente sensible a los mensajes de la televisión,  puede manifestarse, alternativamente, a favor del delirio guerrero del general Galtieri (1982) o favor de la democracia y los derechos humanos, como en la Semana Santa de 1987; se puede alinear en contra de las empresas públicas, como en el “menemato”, cuando se destruía la industria y el empleo, y a costa del endeudamiento ilimitado se sostenía la realidad turística del “uno a uno”, o bien alinearse en contra de las privatizaciones una vez comprendido su trasfondo ominoso. En los días del “corralito” se la pudo ver otra vez en la calle, actuando con fiereza, con justicia, pero ciega, sin reconocer las causas ni los verdaderos culpables, y diciendo por eso, “que se vayan todos”, que era como decir, inconscientemente, “que vuelva Videla”. Escribió, por entonces: “Cuando las Pascuas de Alfonsín, la clase media salió con todo y fue defraudada como nunca, y no volvió a salir por quince años. Hoy sale, toma las calles, pero cuando pide que se vayan todos, parece que sigue encerrada en su propia cultura, sin asignarse un objetivo propio, ni otra cosa que exceda sus intereses inmediatos. De todos modos, su reclamación  no deja de ser justa. En una época donde de lo único que se reconoce es capitalismo y más capitalismo, tiene razón en pedir uno que funcione como en otros países. Tiene razón en plantearse cómo puede un banco robar a la gente.”


    Sobre otras de sus obsesiones, como los fenómenos comunicacionales, supo decir: “Creo que uno de los grandes males que tiene el país es el 80 por ciento del periodismo radial y televisivo. La mayoría de los programas son un camino ciego, por derecha y por izquierda, de risa, de histeria, de cinismo, de estupidez, de ignorancia, de mala intención, de intereses espurios. En los “cacerolazos”, los programas televisivos también tuvieron una enorme participación, en su peor y en su mejor sentido. En su mejor sentido porque ayudaron a producirlo, y en su peor sentido porque probaron que son capaces de perseguir cualquier cosa con tal de sostener su audiencia.”     La crisis del 2001, decía Casella,  “demostró que no había protestas si no había medios y no existía programación de medios sin protestas”. El mercado habilita todo. “No posee dogma ni moral, no es estalinista, ni fascista. Es lo que la gente demanda”. Los medios de hoy encuentran su gran negocio en los delitos de corrupción, básicamente en los delitos de la política. Esto es producto de un sistema que se manifiesta sin ninguna perspectiva de cambio.  “El sistema no cambia ni lo hará -dice Casullo-, entonces debe absurdamente adquirir virtud”.


    En un plano más general, el filósofo del trazo y la palabra que acaba de perderse, de la pasión y el gesto que deberían, necesariamente, salvarse de la mayor derrota, la de ser enterrados en su proupesta de pensar, hizo aportes valiosos en torno a las zonas de modernidad y post-modernidad, aludiendo a circunstancias y objetivos concretos de cada una.  En ese sentido, hechos como el Mayo francés, las movilizaciones gigantescas contra la guerra de Vietnam, la luchas armadas y otra diversidad de manifestaciones anti-sistema que se vivieron en el mundo entre los años '60 y '70, expresaron, desde su juicio, la imposibilidad de una coronación racional de la historia moderna. Y al mismo tiempo la iniciación de otro período, donde la política revierte su naturaleza. Y la historia, supuestamente congelada en una fase de “capitalismo feliz”, espera nuevos movimientos.

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