Calle Angosta 2008

Algo más que Tangos

    Es inevitable, cuando se habla de identidades, recurrir al pasado. No hay pueblos fuertes que no se reconozcan en él, que no encuentren huellas, pasiones, personajes, momentos de conmoción, paisajes, melodías, guardados debajo de la piel, sea cual fuese el sentido con que hoy se los entiende. Algo así rondaba en la presentación del libro “Historia del tango en Mendoza”, mientras Patricia Cangemi -ese lujo oculto de los mendocinos- recorría, con su voz exquisita, “Sus ojos se cerraron”, de Alfredo Le Pera. Gran parte del público, nítida o más secretamente, recitaba con ella “por qué sus alas tan cruel quemó la vida”, “yo sé que un día vendrán caras extrañas”, etc., y es muy posible que no hubiese en la sala, una sola persona, hombre, mujer, joven o madura, con tal de no ser extranjera, que desconociera la continuidad de los versos. En ese instante, todos cantaban, aunque fuese en silencio.
   
    Pero no se trataba solamente de una canción reconocida o el contagio de una voz magnética. Había también un acto, un resultado de la pasión, un libro, ese insustituible objeto propiciatorio. De algún modo, el trabajo fecundo de dos apasionados, Tito y Ana Gelfman, concitaba el milagro. Y Adolfo Benito Cía, celebrado bandoneonista y posiblemente creador de la primera orquesta típica de Mendoza -que debutara en la confitería “La Sin Bombo”, de calle San Martín, frente al ex-teatro Avenida-, Gilberto Casciani, con toda su ilustre descendencia,  Pepita Avellaneda, acompañada nuevamente por músicos y artistas,  Osvaldo Fresedo,  luego de un ensayo con la orquesta de Osvaldo Larrea, el Polaco Krisak, Cacho Morales,  Antonio Contreras, Juan Carlos Marambio Catán, Francisco Fiorentino, como si no hubiera muerto -absurdamente, ahogado en unos pocos centímetros de agua del río Tunuyán-,  Ranko Fujisawa, saliendo de la boite “Casino”, de la calle 25 de mayo, o los hermanos Appiolaza, volviendo de una gira mundial, todos estaban en la sala.

    Y los temas de Julio Quintanilla y Alberto Rodríguez -de dos de los cuales se editarían cien mil discos-, las evocaciones sugerentes de títulos como “La piba de Guaymallén” o “Tango para el gaucho Lencinas”, los bailarines de las pistas, alumbradas con lámparas de kerosene de “La Pega” o “La Chimba”, o de los bares y clubes de la Media Luna o la Cuarta “de fierro”, todos estaban en la sala.

    El resultado no era fruto de la espontaneidad sino de un trabajo deliberado, paciente, solitario, ligando infinidad de cabos sueltos, de datos desconocidos, de nombres y hechos constituyentes, que culminan en una liturgia de la fe. Una masa de recuerdos, de alegorías, que ya se habían fugado de la memoria, que una por una sólo serían alusiones nostálgicas, recuerdos personales, fragmentación espiritual,  se transforman, de pronto, en un cuerpo histórico magnífico. Una provincia que se integra en el concepto de país, y una música que pareciera llegar a la certeza de haberse producido, merced al testimonio armónico de la palabra.

    También podría decirse, una tradición inserta en la vanguardia. El libro supera, en efecto, aquel enfrentamiento tan viejo como inútil (como diría Roberto Valenti) de “un embarazo con un parto”.  Ninguna vanguardia se ha elaborado desde la nada; antes debió mirarse en lo espejo de lo construido. Así como toda momentánea verdad, si no se indaga y vivifica con los nuevos conceptos, está condenada primero a la parálisis y luego a la extinción.  Aunque no se ubiquen en líneas estéticas opuestas, la música de los hermanos Mancifesta y el cuarteto de Bruno Cavallaro transitan por el mismo camino, de igual modo que los científicos y técnicos que diseñan los medios de producción de mayor eficiencia y el más modesto obrero que los utiliza, poseen derechos semejantes y merecen la misma libertad.    

    En lo específico, el libro presenta zonas conjeturales y algunas posibles omisiones. Pero ello no es mengua de su valor, sino     una consecuencia lógica de la amplitud de su objeto. Los mismo autores, con gran honestidad intelectual, lo reconocen. No es una obra terminal sino de iniciación. Por eso dicen: “Otras personas lo seguirán, corrigiendo, aumentando y proyectando la palabra para que el tango no sea una muda vergüenza de los mendocinos”.

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