Calle Angosta 2007

Walsh, Ese Hombre

    Luego de fundarse, de hacer cuentas y llevar inventario de los cosas, la escritura fue por mucho tiempo una herramienta de dominación, de imponer a fuego, desde el saber de unos pocos escribas, el designio de los dominadores. Tablas de leyes y de mandamientos, manuales de comportamiento social, relatos para entretener al público mientras se fijaban sus coordenadas vitales, loas a los héroes o los emperadores, constituyeron durante siglos la infancia de la letra escrita.
    El escritor tal como hoy se lo conoce, independiente y que le escribe a un igual, con capacidad de pensar y de anhelar una participación activa en los hechos del mundo, es decir, el creador que dispara sobre lo creado, ha sido un producto de la modernidad.
No es fácil hallarlo antes de fines del siglo XVI y recién toma el carácter un cuerpo volitivo y explícito entre los filósofos que precedieron a la Revolución Francesa.
    De todos modos, permanecieron mucho tiempo actuando con la idea de ser partes de una minoría culta, convencido de integrar cierta forma de poder, más o menos vinculada con los gobiernos reales, pero manteniendo, en todo caso, alguna capacidad de influencia.  Eso sin embargo se interrumpe. En Argentina no va más lejos de los años 30, con la proclama exaltada de Leopoldo Lugones, que celebra el derrocamiento de Irigoyen y la irrupción “del tiempo de la espada”. Lo que se produciría más tarde, por ejemplo, la actuación de Mariano Grondona como gacetillero de la “revolución argentina”  que liderara Juan Carlos Onganía ya sería parte de un farsesco ridículo.
    Pero al escritor se le abre, por el contrario, una nueva posibilidad, la del acto político desde los sitios opuestos al poder, desde la marginación, el riesgo y, a veces, la batalla.  Subsisten, por supuesto, las otras variantes prácticas del uso literario. La política es una opción más en el campo de la creación, no la excluyente ni la perfecta. Una más, que coexiste con la novela fantástica, la ciencia ficción, la poesía lírica, y las buenas y malas tradiciones de cada género. Pero una más, con su propio derecho y su propia potencia, y también, por supuesto, con sus propios errores. 
    Ese nuevo camino para un viejo oficio, no se abre, sin embargo, abruptamente. Nada sucede así en la historia. Primero, con figuras como D. F. Sarmiento, se concibe como posibilidad. Luego, con varios nombres ejemplares, se instala en un terreno más concreto y actual. Son, entre otros, Manuel Ugarte, Aníbal Ponce, José Ingenieros, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui. Adviene, por último, una camada que convierte, efectivamente, la palabra en un arma, y desafía con esa herramienta verbal transfigurada, los lineamientos de la destrucción, los argumentos del crimen y el saqueo como fundamentos de un Estado. Aparecen, Haroldo Conti, Juan Gelman, Francisco Urondo, y un poeta enorme, catártico, ya entonces sublime pero todavía ahora incomprendido y ausente, como Miguel Angel Bustos. Y surge otra voz, única y a la vez múltiple, un vasto delirio narrativo situado en el mismo nivel que los mejores de la lengua, que se llama Rodolfo Walsh, quien se constituye, treinta años después de su muerte, en la gran metáfora del hecho de escribir, el David que vence a Goliat;  el pobre, mínimo, solitario escritor que sobrevive -sustentado nada más que en letras y frases, es decir, en ideas-  a los tanques y la metralla de quienes ejercen el poder arrasando la tierra.
    El 24 de marzo de 1977, usa la palabra que reinventaba en cada recorrido sobre trenes,  basurales y calles de infancia, en cada relato, en cada imposición del pensamiento, para decirle a la Junta de Comandantes lo que no podían, no sabían o no se animaban a decirle sus víctimas. En una carta célebre, que lo condujo al secuestro y la muerte, entre muchas otras cosas que trascendieron el país y conmovieron al mundo, les decía:
     -El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.
    -Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación y prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.
    -Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.
    -Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

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