Calle Angosta 2007

Sin Marcelo

    Esta columna inicia un nuevo ciclo, con el peso de un dolor muy grande. A comienzos del año desparecía uno de esos hombres que marcan, con la rotundez del fuego lento, una etapa de la memoria cultural.  La marcan cuando están presentes, y la marcan también -como Angel Bustelo, Ana de Villalba o Fernando Lorenzo- cuando se alejan. Hay actos, reuniones, sobremesas, coordenadas del arte y la amistad, que ya no serán iguales, y en las que muchos integrantes de una fauna de bellos marginales, sentirán su ausencia.  Este será entonces un año que deberá transitarse “sin” Marcelo Santángelo.

    Quien escribe no lo conoció a Marcelo largamente, ni en el tiempo (apenas desde comienzos de los ’90) ni con la hondura o los alcances de una relación frecuente. Pero sí tuvo la dicha de captar su grandeza. No la de sus obras, finas e ingeniosas, pero carentes de espectacularidad. No la de su discurso, lozano y humanista, aunque desintegrado de un ordenamiento global. No la de su visión académica siempre menguada por un subjetivismo libertario. Pero sí, un poco de todo ese conjunto en pugna y además su trato singular, lleno en sí mismo de sugerencias creativas, y su manera inimitable de contradecirse, de negar cuando decía que sí, y de afirmar cuando decía que no. Cuando su certidumbre, que siempre parecía inconmovible, cedía ante su amor por el otro,  y los enfrentamientos filosóficos, duros como  batalla de trincheras, se definían con la nobleza de un juego de ajedrez.

    Adicto al surrealismo, lo divulgó más allá de su mensaje artístico, de sus premisas teóricas; lo expuso como bandera de la libertad humana, y en el caso de su propia vida, como una experiencia integradora, donde los actos y la conducta resultaban una misma cosa. Todo con dilatado humor. Por eso decía: -Hago música para incomodar a mis amigos músicos; escribo para molestar a mis amigos escritores; dramatizo para que les duela a mis amigos actores; pienso para descorazonar a mis amigos filósofos; hablo para que sufran mis amigos lingüistas; hago docencia para aterrorizar a mis amigos educadores y pinto para que mis amigos pintores puedan llorar intensamente.
  
    Uno podía decirle: - pero Marcelo, la libertad en el sentido que vos le atribuís al surrealismo, no tiene sentido, es simplemente un regocijo personal, un delirio; el paso para que ella sea una posibilidad objetiva, siempre está bloqueada por el sistema. Vos podés recitar un poema cayendo con un paracaídas, ¿pero eso qué? ¿Adónde está la libertad de leer de quienes son analfabetos?-  Entonces se iniciaba una discusión inagotable. Y la política se volvía una forma impura de la expresión artística, y la dialéctica, repitiendo a Sartre, una lógica pura de la libertad. -Hay temas insolubles
-completaba- Y ante ellos la única postura posible es el absurdo-. De una u otra forma, siempre se llegaba a un desacuerdo satisfactorio. Tras lo cual, Marcelo se acomodaba la colita del pelo, se ponía en guardia con su bastón a mano, y te mandaba besos para la familia,  mientras una sonrisa de joven obstinado brotaba de sus ojos.

    Quién supo ver adentro de Marcelo, accedió a un aprendizaje magistral. Lo que no se aprende del mayor artista, del escritor más destacado. Aprendió que un hombre verdadero nunca se pone debajo de su obra, ni hace malabares con ella ni la usa como escudo. La más bella, memorable, y ejemplar creación no es un libro, ni un cuadro, ni una sinfonía, sino el hombre cuando se constituye a sí mismo. Y cuando sale a pasear con su perrito, atado a un hilo de algodón,  sobre las contradicciones de la calle San Martín.

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