Calle Angosta 2007

República del viento

    Con el título “República del viento” y la modesta alusión a que contienen “escritos de circunstancia”, acaba de aparecer un libro de ensayos de Rodolfo Alonso, poeta, editor, traductor, integrante –junto a Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley y otros- del grupo Poesía Buenos Aires, un movimiento poético renovador surgido en la década del ’50.  Artículos y notas menores, producidas durante muchos años, como reflejo de “estímulos externos”, se juntan para resumir un ideario ejemplar, con acentuación en la literatura, la política y la cultura popular. Y marcan, con algo más que simple nostalgia, el contraste de épocas.

    Dice, por ejemplo, en uno de sus textos: -En una época los escritores eran perseguidos y prohibidos y a raíz de eso uno podía pensar que el arte era importante; pero ahora eso ha sido dejado completamente de lado, se puede publicar lo que uno quiera sin tener la más mínima repercusión, no jode a nadie. Lo que llamamos vida política en Argentina no se mueve, desgraciadamente, por ideas. Lo que pesa son las cuestiones personales de poder o supervivencia, lo que se llama la democracia rentada: el puesto, el acomodo, el favor, la bolsa de regalo, la asesoría, los ñoquis. Hay una anomia terrible-. Y agrega: -Se ha instalado una sociedad de consumo y del show que vende la banalidad, el no calentarse, el no pensar, sobre todo a partir de la seducción, la juventud, la trasgresión. Antes al opresor se lo veía y se lo identificaba, se tenía conciencia de la situación. Pero ahora los nuevos amos están en todos lados, travestidos y disfrazados.

    Visiones de este tipo se leen cruzadas con frecuentes reflexiones poéticas, que no sólo embellecen los textos sino que determinan posiciones de vida. En cada hoja se recoge verdad y al mismo tiempo se recoge poesía. De pronto se accede a una tesis inesperada. Uno piensa: ¡La poesía es el único género donde no se puede mentir!    

    ¿Devaluada, extraña, solitaria, caminadora entre la indiferencia, perdida en anaqueles polvorientos? Por supuesto que sí. ¿De qué otro modo podría ser, en un medio donde las formas más básicas de comprensión de un texto resultan pavorosas? Donde florece el neo-lenguaje del chat y los mensajes teléfonicos que se sobreponen a velocidades inauditas. Voy, vienes, ya llego, nos vamos, cuánto cuesta.  Pero sin embargo, ella, la poesía, deviene respetada en ausencia. Como si fuera parte del instinto humano, y de su anhelo, muchas veces oculto, de trascendencia. Un solo poeta basta, a veces, para sostenerla. Un poeta como Alonso desmigando sus panes. 

    - La mejor manera de querer a alguien es decirle la verdad- dice el autor, mientras recuerda: –Hay que ser especialistas para hundir este país. No cualquiera puede. Y ha sido devastado desde afuera y desde adentro. Se han robado todo. Treinta o cuarenta años atrás queríamos cambiarlo de raíz.  Para volver ahora a la situación de aquel momento tendríamos que hacer una revolución mucho más grande. Los actos tienen consecuencia. Eso pasa en la vida privada y en la social. No se conoce país en el mundo cuya sociedad haya votado entregar el petróleo como se hizo entre nosotros. Y no es que no se supiera; recuerdo, de niño, que había estribillos sobre YPF; y hasta una oblea que decía “si no cargas YPF, Gardel llora”. No sé. Es un misterio la Argentina…

    Tal vez la poesía haya enfermado de hermetismo y metáfora. Pero se ha vuelto en cambio una metáfora en sí misma. Y da lugar, a seguir siendo un “escéptico apasionado” No se cultiva, pero se presiente. No se la conoce, pero se la estima. No se la tiene pero se la quisiera. Igual que la “noble igualdad” puesta en el trono del himno nacional o el “amado prójimo” de los mandamientos. Metáfora país. Lo que no existe pero podría existir, lo que no se comprende pero se podría comprender. Y algo todavía más hondo y más fuerte. Algo que persiste al margen de un mercado inexorable y destructor. Algo bello que espera.

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