Calle Angosta 2007

Postales (II)

 


    Bajan hacia el sur, en largas caravanas, buscando lo que la naturaleza les brinda como un bien escaso. Descansan brevemente en paradores del camino, donde comen, se asean y revisan sus autos. Aunque no se conozcan entre sí, parecen tan organizados como una bandada de pájaros. Ceden su lugar, se marchan,  y al fin de cada día son cientos, miles de viajeros que no dejan en tierra ni un solo papel, ni un resto de pan, ni una botella de plástico. Vienen de Inglaterra, de Holanda, de Suecia, de Bélgica, de Dinamarca; van hacia playas del mar Cantábrico o del Meditarráneo. Orgullosos de su autosuficiencia, del orden global que los acuna, sienten sin embargo un hambre ancestral de algo que a nosotros nos sobra. Tienen hambre de sol.

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    Campiña francesa: Picardía, Normandía, Bretaña, País de Loira, Poitou Charentes… A los costados del camino, se repite el encuadre de postales perfectas. Formaciones boscosas, caseríos blancos con  techos de teja gris, ondulaciones de la tierra con todas las variantes del verde. Pero no se ven ilimitadas, como la pampa criolla. La geografía parece coincidir con la historia. El horizonte se corta, la base cultural y económica denuncia conclusión, como si todo estuviera hecho. En la pampa argentina, en cambio, el horizonte no presenta fin, todo está por hacerse.

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     Tangos: Un día, el trío “Los Mareados”, sobre una tarima improvisada, frente a un canal de Brujas, se luce, y gana sus monedas, vendiendo a Cobián y Homero Manzi. Otro día, una pareja de argentinos, con bandoneón y guitarra, hace lo mismo en una playa de la costa atlántica francesa. Y otro día, entre los espectáculos que florecen, durante un par de semanas, en las fiestas populares de Gante, unas veinte parejas de variada edad, bailan con denotado sentimiento, y buena técnica, “Por una cabeza”. Hay rubios, negros, japoneses y hasta una jovencita con pañuelo árabe. ¿Cómo lo aprendieron? ¿Dónde? ¿Salvando cuántas diferencias culturales, cuánto vértigo desenfrenado? Adviene, pues, viendo todo eso, en puntos diversos de una marcada lejanía, una pregunta inevitable. ¿Cuántos países en el mundo pueden ofrecer una música tan propia, tan personal, tan aceptada, que lo identifique? Y de esos pocos, ¿cuántos le acuerdan su valor?

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    Vísperas del 14 de julio, en Francia. Cerca de la medianoche, en Saint Suliac, una pequeña ciudad de corte medioeval, a orillas del Rance, departamento Ille y Vilaine; pobladores locales y visitantes se aprestan a un festejo. Tal vez muchos no sepan que la celebración es por la legendaria toma de la Bastilla, pero festejan. Algo parecido a los antiguos bailes populares, libres y abiertos, congregados en torno a un escenario que ocupa algún conjunto musical. Una pareja de esposos, un señor mayor con su nieta quinceañera, jóvenes con atuendo de playa. Bailan, y edifican su pequeña liturgia histórica. De pronto, un estallido de fuegos de artificio se dibuja en el cielo. La gente se detiene y mira con deleitación. Enseguida, del otro lado del río, en otra comuna, se observa lo mismo; un eco luminoso, la misma profusión de colores. Es probable que fiestas semejantes se hayan repetido en pueblos incontables. Uno se esfuerza por interpretarlo, y cree que se trata de un vestigio de inocencia en lucha. El mundo cada día se muestra más estructurado, más tecno-dependiente, sujeto a relaciones cada vez más impersonales. Y sin embargo, aún en los centros hegemónicos de tales tendencias, subsisten brotes de humanismo, ciertas manifestaciones de una vieja raíz, límpida y sencilla, que no acepta perderse.    

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    París, Museo Picasso. Instalados allí, ¿qué podría esperarse del desborde abrumador, maravilloso, de las pinturas, las esculturas, las máscaras, las cerámicas, de la vida, en fin, que Picasso extrajera de todas las cosas? El desborde excede, en realidad, los campos del razonamiento. El mismo artista lo dejó dicho: “No pinto las cosas como son, sino como las veo”. Es preciso, pues, hallar nuevas palabras que ajusten, de algún modo,  la limitación de los sentidos. Se necesita hallar un Paul Eluard, en algún descanso de la luz: “De todos los lugares por donde puede volar una paloma, el más natural es la cabeza de los hombres”. Si no se entiende eso, es posible que no se entienda nada.    








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