Calle Angosta 2007

Postales (I)

    Hay turistas que de verdad quieren conocer. Pero son pocos. La mayoría se para, por ejemplo,  frente a una de las placas que recuerdan, en diversos idiomas, en la entrada de un campo de concentración, su holocausto interior. La leen maquinalmente. Buscan el mejor ángulo para una foto. Y enseguida corren al próximo destino. 


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    Una pendiente sube o baja; depende. Así es la suerte de las palabras.
A veces todo, como un adiós. A veces nada, como esas que acompañan a los juramentos que no van a cumplirse. Pero aún cuando expresen un dolor o un fracaso, las palabras son insustituibles en el gran juego de las relaciones humanas. Recuerdan, aluden, naufragan, anticipan. Como las aves que dibujan en el aire los caminos de la libertad, instalan al hombre en el tiempo que quiera conocer o quiera inventar y vinculan cada circunstancia con un plan absoluto. Cuando van y vienen del pasado, destilan una sombra que se llama nostalgia.  El vino que producen es la conciencia poética.    


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    Se puede pisar el gran teatro bélico de Waterloo, la misma tierra donde se hundió en una batalla el imperio de Napoleón. Pensar aquí mismo, decenas de miles de hombres y de caballos, ríos de sangre, dentelladas de pólvora en el aire. Se puede decir, en este prado, bajo un sol como el que ahora está brillando, van Gogh pintó los Girasoles. Se puede imaginar los movimientos hacia la muerte y la victoria del desembarco aliado en Normandía en su lugar exacto, recoger de la niebla montañas de cadáveres que ahora descansan bajo una bandera desteñida. Y también es posible desplazarse, en pocas horas, desde una bahía que era paraíso de corsarios –vinculados a una u otra corona- hasta una formación de piedras gigantescas, erigidas en tiempos neolíticos, que impusieron un trabajo de traslado sobre cuya técnica y sus motivos todavía no existen conclusiones. El recorrido podría ser inagotable. Y llegar a un carruaje de Luis XIV, a la primer imprenta de Gutemberg o a la isla desde la cual Circe intentaba el encantamiento de Ulises. Todo lo que a uno se le pueda ocurrir, pero siempre Pasado. Lugares y circunstancias inabarcables, pero ya sucedidos. Eso es Europa; un ejercicio continuo de la memoria, un aguijón que pica sobre el tiempo.
Las emociones en la tierra todavía virgen de América, especialmente en su espacio latino, son de otro tipo. Lo que no se hizo pero se intuye. Lo que no se tiene pero se conoce. El exceso de lo indebido, la carencia de lo necesario. La deserción escolar, los basurales, el atraso tecnológico, la vulnerabilidad de las soberanías que atraviesan el continente. Y estimulan, por afirmación de la dignidad, por desafío de la vergüenza, los fermentos del fracaso o el cambio.


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    Son infrecuentes, pero existen al cobijo de semáforos rojos, en las rutas del primer mundo, quien pide unas monedas a cambio de su edad, o quien las pide a cambio de sus malabares. Este podría ser uno de esos jóvenes inmigrantes resignados a lo que sea, que han cambiado menos que nada por nada. Pero el viejo parece una llaga interior. Puede ser hijo de la gran guerra, o un refugiado de Kosovo o un profesor de matemática perdido en un ajuste de cuentas. Algunos les dan unos centavos de euro, no porque piensen que solucionan alguna cosa, sino por una inercia elemental, algún reflejo solidario. Mientras tanto se oye la noticia de que Bill Gates ha sido desplazado como hombre más rico del mundo por el mexicano Carlos Slim, quien tendría una fortuna reconocida de 68 mil millones de dólares. ¡Cifra y hecho patéticos! ¿Quién es ese hombre, otro Dios revelado? Un gran maestro, un artista mayor, un científico enorme? ¿Un benefactor incomparable? ¡No! ¡Estos no persiguen ni hubieran aceptado un trofeo semejante!  Es un simple hombre, con todo lo frágil, fortuito, perecedero, propio de cualquier hombre, con la mera virtud de haber hecho negocios increíbles a costa de los otros. Su única demostración es la insanía, el delirio, del estadio presente de la humanidad, que admite, propicia y reconoce tan escasa virtud como un rango de valor supremo. ¿Qué significa ser el hombre más rico del mundo? Un ángel en un carro de oro tirado por millones de hambrientos. ¡Un absoluto disparate!


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    Saint Malo. Un vendedor de frutos marinos promueve su pequeño negocio. No conoce a Carlos Slim ni cambiaría su vida por el hecho de conocerlo. Pero sí conoce la pequeña verdad que diariamente pasa por sus manos. Por eso dice: -Goutes ces huitres et tu sentiras la mar dans ta bouche. (Prueba estas ostras y sentirás el mar en tu boca)

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