Calle Angosta 2007

Peregrino de Arenas

    Se ha presentado, recientemente, “Jorge Contreras, peregrino de las arenas”, un libro de la editorial “Diógenes” -que dirige Alejandro Crimi-,  donde se ha reunido un material abundante, fiel, bello y emotivo, en torno a la figura del prestigioso sacerdote mendocino, bajo la forma de memorias, anécdotas, charlas con actores y testigos del medio, que componen una obra de gran valor, no solo para acceder al pensamiento de Contreras, sino para transitar, sobre una prosa amena, con unidad de estilo, y perfectamente ensamblada, un tramo todavía palpitante de la historia local.  En el libro se habla de religión, de política, de las arenas de Lavalle y del barrio La Gloria, de la globalización financiera y de las dimensiones de la fe. Se habla, en verdad, de muchas cosas,  y siempre con justeza y sentido. Pero sería imposible, dentro de la exigüidad de esta columna, reseñar tantos temas. Por eso habrá de optarse por una referencia, aunque sea elemental, al rescate del concepto de cultura popular,  que constituye uno de los aportes más originales y fecundos del libro.
    - Hay una cultura –dice el padre Contreras- que no es la cultura de las academias, de las escuelas o de las universidades, sino que es la cultura del pueblo. Una cultura donde la educación se transmite en la propia familia a través de las tradiciones orales. Lo importante es descubrir que hay raíces culturales en la gente más humilde, en la gente de campo. La persona culta no está únicamente en la ciudad, y a veces en la ciudad no están los cultos. Esto se puede ver claro si, por ejemplo, se pone a un chico de algún barrio de la ciudad junto a otro que pertenece a la comunidad huarpe de Lavalle: es muy probable que el huarpe tenga más respeto por la cultura y por el prójimo, y que por lo tanto sea más culto. A los chicos de la ciudad últimamente nada parece conformarlos, los llenan de cosas y ellos siguen pidiendo. Los huarpes, en cambio, son más conscientes de donde viven. Un amigo me contó que vio a un chico huarpe pescando con un palito puntiagudo. Pescó seis pescaditos y dejó de pescar. Entonces mi amigo le preguntó:  -¿Cómo,  no vas a seguir?! - No, si lo que necesitamos para hoy es esto.                           El joven no buscaba acumular, sólo tomaba de la naturaleza lo que necesita para vivir. Eso también es cultura.
     - Con respecto al tema de los aborígenes –prosigue Contreras-  yo tenía toda la concepción de la mayoría de los mendocinos que mamó una cultura muy liberal en la educación. Yo hice toda la primaria y el secundario en la Escuela Normal Tomás Godoy Cruz, y ahí los indios “eran indios”. Se hablaba del indio que había sido combatido por los próceres que les ganaron a los malones y recuperaron tierras, gracias a lo cual el país se engrandeció. Lo que nunca nos dijeron fue que la campaña de Roca fue un genocidio. Por entonces yo tenía una mentalidad despreciativa hacia los aborígenes y los indios, pero cuando me tocó andar por Lavalle y conocer a los huarpes, todo cambió. Me encontré con gente común, simple, sencilla, trabajadora, que ama la tierra y la naturaleza…Ellos dicen una palabra y la cumplen. Descubrí gente con valores, cuyos antecesores cultivaban en las lagunas un trigo hermoso, que luego se molía en el molino de la villa y se enviaba en carretas a Buenos Aires. Y me preguntaba: ¿cómo puede ser que uno antes los menospreciara tanto por no conocerlos?
    Sucede, justamente, que la concepción clásica de cultura, omite su naturaleza plural. Se acepta, en un primer significado, que cultura es todo lo que hombre “cultiva”, lo que va produciendo en su proceso de “civilizarse”, los utensilios con que come, la ropa con que se viste, el lenguaje mediante el cual se comunica. Se utiliza también una versión más restrictiva, limitada al “cultivarse” intelectual, que suele volverse elitista y excluyente de aquellas otras culturas –porque no hay una sino muchas- que le son extrañas o que sencillamente desconoce. Es mucho menos aceptado, en cambio, buscar para la idea un sustento moral. Es decir, el comportamiento que tienen los hombres para con los demás y para consigo mismos. Y el que tienen frente a la naturaleza y los bienes que se pueden tomar o ser creados en concurso con ella.
    -Los huarpes, por ejemplo –insiste Contreras- trabajan con los productos del ganado caprino, las artesanías de cuero y junquillo, pero usan solo lo necesario para vivir. A la leña la cuidan, no hacen esa explotación terrible que durante muchos años se produjo en la zona, donde gente de la ciudad entraba con camiones y se llevaba hasta la leña verde.
    El libro no elude anécdotas risueñas, como una que recuerda Daniel Talquenca: -En 1989, al cuarto día de las elecciones presidenciales que ganó Menen, me lo encontré al Jorge y le pregunté qué opinaba del resultado. “Danielito, entró el demonio”, me contestó.

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