Calle Angosta 2007

Norman Mailer, reposo de un guerrero


     Norman Mailer, uno de los mayores escritores norteamericanos del siglo XX, profundo crítico del sistema global instaurado bajo la hegemonía de su país, ha muerto, hace pocos días, a los 84 años, en la ciudad de New York. En 1944, cuando acababa de graduarse como ingeniero aeronáutico,  había sido reclutado para servir en el sur del océano Pacífico, en los finales de la Segunda Guerra Mundial. De esa experiencia habría de salir su primera y consagratoria novela, “Los desnudos y los muertos”, punto de partida de un largo combate personal, extendido durante medio siglo.
     Con el respaldo de una narrativa formidable, y un trabajo innovador y sostenido en torno al periodismo literario –con marcas indelebles, como la co-fundación del semanario alternativo “The Village Voice” (1955) y textos ejemplares como “El blanco negro: reflexiones superficiales sobre el hipster”(1956) y “Anuncios de mí mismo” (1959)-, Mailer fue describiendo la violencia, el militarismo, la confusión, el retroceso cultural en la sociedad estadounidense. Años después, advertiría: -Nuestra democracia está siendo sometida a un proceso de acoso y derribo. Estamos viviendo una situación de pre-fascismo. Todavía no somos un país fascista, pero podría ocurrir pronto. La Administración controla los medios de comunicación. La radio está casi completamente a su merced; la televisión es especialmente vulnerable, porque sus operaciones resultan muy costosas. Si el Gobierno frunce el ceño, los medios de comunicación se ponen nerviosos. Se les puede penalizar, si no colaboran, de manera sutil… Creo que se está dando una aceptación muy natural del fascismo por gran parte de la población. Mucha gente se está cansando de la democracia  y esto es algo que no recuerdo que se diera antes.
     Pero Mailer, con su clásico estilo de buscador extremo, trascendía la mera descripción de percepciones. Apuntaba a las causas de fondo. Y por eso insistía: -El gobierno real son las grandes corporaciones. Ellas están cambiando el estilo del mundo… Es la cultura del mal, las superautopistas y el plástico. Edificios de 50 plantas que parecen cajas de pañuelos con balcones. El capitalismo global de las corporaciones está acabando con la autenticidad de la existencia humana.
Por reflexiones así, el escritor no era bien visto en los medios mayores de su país, que menguaban el rigor de sus dichos con alusiones a su vida personal, llena de escándalos y debilidades. Etapas de alcoholismo, drogadicción, peleas con sus colegas o apuñalamiento de una de sus esposas, que le valiera una breve reclusión en un hospital psiquiátrico. Y por supuesto, el mote de la fácil descalificación, el de “loquito”, que se utiliza, con frecuencia, en lugar del argumento incómodo.
Pero este combatiente obstinado,  provocador,  nunca se bajaba del ring que conoció narrando peleas memorables. Y por sobre los episodios secundarios de su vida, seguía escribiendo sus novelas maestras, en las que bullen realidades ocultas, donde la traición es un hecho natural en quienes logran subir al “palo encebado” del poder, donde la vida trastabilla bajo montañas de instituciones y normas represivas, donde los púgiles se muelen a golpes mientras la mafia decide los resultados, donde los grandes conjuntos sociales instalan el nudo indisoluble de la confusión, y el cristianismo declarado coexiste con la pena de muerte legal y el fundamentalismo de la codicia.
    Como impulsor de un nuevo periodismo, fue cronista de guerras, biógrafo de personajes célebres, y testigo implacable de convenciones políticas demócratas y republicanas de su país. –Una convención –supo decir, luego de conocerlas por dentro- no es la reunión del directorio de una empresa; es una reunión medieval en la que hozan los cerdos, resoplan los caballos, tocan las bandas de música y gritan las voces, mientras se mezclan codicia, apetencia material, idealismo comprometido, progreso en la carrera personal, reuniones, enemistad, venganza, conciliadores, provocadores del populacho, peleas a puñetazos y ríos colectivos de sudor animal.
En sus últimos años se mantuvo coherente y activo, pero ya ganado por una fuerte decepción. Dijo ser “practicante de una ocupación en agonía”, explicando: -El cine fue un enorme reto para la literatura, pero había entre ambos géneros cierta relación. El cine podía verse como el hermano desencadenado de la cultura literaria, una cultura teatral. Los novelistas podían hacer buenas películas. Ahora ningún novelista puede hacer buen cine. Ningún cineasta puede convertirse en un muy buen o importante novelista. Llegó la televisión y todo se redujo a una especie de común denominador de masas.
    Sobre la perspectiva de la novela fue igualmente pesimista: -Un novelista importante será visto con el mismo asombro y amor que solía otorgarse a los grandes poetas. Pero se van  a vender cada vez menos. Vamos a terminar como los poetas. Escribiremos novelas porque nos gusta hacerlo, tenemos que hacerlo, pero ya no se podrá vivir de eso.
    Es probable, sin embargo, que las novelas de Norman Mailer, contrariando su amarga conjetura,  lo sobrevivan mucho tiempo. Y que él mismo, más de allá de sus pasiones, su compromiso y sus escándalos, perdure por la calidad de su obra, intacta y fresca desde el principio hasta el fin. Y que leerlo, ahora o dentro de doscientos años, siga siendo una fuente de placer, y la decantación de un maniqueísmo exultante: “Ninguno de nosotros podía olvidar que las manzanas del árbol del Edén habían poseído el conocimiento del bien y del mal; a veces parecía que el bien y el mal todavía estaban en la madera. Una pieza trabajada cinco días podía traicionar tu herramienta al menor error, y a menudo parecía que la tabla se rompía sola en dos partes. Llegué a creer que hasta una simple tabla puede actuar con conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, un hombre malo no puede pasar junto a un buen árbol sin que se le entristezcan las hojas…” (El Evangelio según el Hijo, 1997)

 

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