Calle Angosta 2007

La hora de Juan

 
     Todavía persiste la noticia de antes de antes de ayer y ya viejita y sin embargo
 nueva como si el premio Cervantes se lo hubiesen dado otra vez a Borges (como en 1979) o a Bioy Casares (como en 1990). No es un premio extraño a los poetas, quienes, desde su implantación –en España, 1976, inmediatamente después de la muerte de Franco-, lo obtuvieron una decena de veces. Pero sí es la primera vez que se le asigna a un poeta argentino, que ha excedido, además, su condición de escritor, para  convertirse en la voz simbólica de una triste etapa del país.
     Las connotaciones, entonces, son múltiples.  Primero, por la distinción en sí, ya que se trata del premio literario mas valioso de la lengua española. Segundo, porque implica la revalidación del valor de la palabra poética. Y tercero, por las circunstancias trágicas que acompañaron el destino del autor y su patria, de tal modo que, una obra prohibida y condenada, hace treinta años, recibe hoy el reconocimiento de la hispanidad y del mundo. Y el poeta, que en aquellos tiempos debió sufrir la desaparición de un hijo –Marcelo, asesinado y oculto en un tambor de aceite arrojado en un canal de San Fernando- y de su nuera –María Claudia, dada por muerta en cautiverio-, el robo de una nieta –hallada en Uruguay, en 2001-, así como la persecución personal y el exilio, encuentra un halago que nunca buscó, pero que ha de significar, seguramente, un elemento de confortación moral.
    Antes del exilio –producido en 1976,  que lo conduce a Italia y otros países de Europa, Nicaragua y México- Juan Gelman ya era un poeta reconocido, con una vasta producción, cuyo primer título, “Violín y otras cuestiones”, prologado por Raúl González Tuñón, se había publicado en 1956, siguiendo luego otras creaciones notables, como “Velorio del solo”, “Gotán”, “Cólera Buey”, o “Los poemas de Sydney West”. Pero luego, viviendo ya forzadamente lejos del país, buscado por el gobierno de Videla como “cabecilla faccioso”, golpeado por los hechos familiares, y considerado “traidor” por sus antiguos compañeros, Gelman desarrolla una poesía de nueva complexión,  muy poco frecuentes en la lengua, donde los temas de la lejanía, la muerte, la derrota y la soledad, se construyen con un equilibrio sorprendente, dando lugar a un cuerpo poético poderoso y único. Las soledades y la lejanía se acortan por la fuerza de la causa justa, la derrota transcurre como históricamente circunstancial, y la muerte instala rituales de convivencia fraterna. Reivindica, además, su propio derecho a la tristeza y la nostalgia: “Yo no  voy a avergonzarme de ellas –dice-. Extraño la callecita donde mataron a mi perro y yo lloré junto a su muerte… existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso. ¿Acaso soy otra cosa?”
    Todavía en 1986, cuando ya se había reinstaurado la democracia y gobernaba Raúl Alfonsín, el juez Pons le inicia un proceso por “asociación ilícita” y lo declara “en rebeldía”. Y aunque luego de fatigosos trámites legales puede regresar, “condicionalmente”, en 1988, habría de recibir, un año después, por parte de Carlos Menen, un indulto injurioso. “Me están canjeando por los secuestradores de mis hijos”, dijo, aquella vez, con resignado desencanto. Y volvió a un oficio que juzga inevitable. El oficio de poeta:

No olvidar el exilio /
combatir a la lengua que combate al exilio!
no olvidar el exilio / o sea la tierra /
o sea la patria o lechita o pañuelo
donde vibrábamos / donde niñábamos /
no olvidar la razones del exilio /
la dictadura militar / los errores
que cometimos por vos / contra vos /
tierra de la que somos y nos eras
a nuestros pies / como alba tendida /
y vos / corazoncito que mirás
cualquier mañana como olvido /
no te olvides de olvidar el olvido.

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