Calle Angosta 2007

Saludando a Vonnegut

    Todo poder genera resistencias, diría Focault, aunque siempre haya trabajado más sobre lo primero que sobre lo derivado. Igualmente, todo poder máximo produce oposiciones máximas. Un poder como el de Estados Unidos, que puede bombardear impunemente ciudades abiertas, es pasible de recibir en su propio terreno una parte de ese mismo fuego. Y también de producir figuras prominentes en la expresión de una cultura inversa, una suerte de “contra-cultura”. Por eso Estados Unidos, como formas de resistencia al ideario de Estado produce voces como las de Noam Chomsky, James Petras, Michel Moore o Kurt Vonnegut. Justamente, la muerte de este último, ocurrida hace diez días, cuando contaba 84 años de edad, ha disparado una notable revisión su obra literaria y de sus módulos de pensamiento, que resuenan como un réquiem global, con toda su ironía contaminante, su agudeza crítica, y mucho de visión profética.
    Tal vez haya sido un escritor por accidente. Siendo soldado en la 2da Guerra Mundial, fue apresado por los alemanes y encerrado en el sótano de un frigorífico, tres piso debajo de la superficie, en la ciudad de Dresde. Esa ubicación de “privilegio” lo salvó de la matanza gigantesca que produjo la aviación aliada, en solamente dos horas de ataque, con un saldo de 135.000 muertos –la mayoría civiles-, casi al fin de la contienda, en febrero de 1945.
    Su salvación, entonces, fue accidental. Pero todo lo que vino después fue lúcido, deliberado, y de naturaleza claramente política: -Cada escritor –dijo- debiera ser un agente de cambio. Los escritores son células especializadas dentro del organismo social. Y son células evolucionistas. La humanidad todo el tiempo está intentando convertirse en otra cosa; está experimentando con ideas nuevas todo el tiempo. Y los escritores son el medio por el que esas nuevas ideas son introducidas.
    Dentro de tal concepto, y luego de un largo período de elaboración, publica, en 1969, “Slaughterhouse-Five” (Matadero-5), una novela que tiene como eje la destrucción de Dresde, de la que él fuera sobreviviente. El libro, que plasma de un modo terrible los fines y los actos de guerra, coincidente con el ingreso de su país a la de Vietnam, se convirtió en una biblia del movimiento pacifista, y atrajo para Vonnegut la adhesión de los grandes sectores, sobre todo juveniles, involucrados en todos sus perjuicios y en ninguna de sus ganancias.   
    Con posterioridad, el militarismo y el enfrentamiento de su país contra cualquier oposición a su poder hegemónico, tuvieron siempre la marca de su pluma. Pero su visión no estaba limitada a sucesos puntuales, que pudieran resultar independientes a un relato histórico. En una célebre conferencia, pronunciada en un homenaje en la casa de Mark Twain, leyó: -Lincoln era sólo un congresista en 1848, cuando dijo lo que estoy por citar. Se sentía descorazonado y avergonzado por nuestra guerra contra México, país que nunca nos atacó. Nos estábamos adueñando de California, y de un montón de personas y propiedades, y lo estábamos haciendo como si perpetrar una carnicería contra soldados mexicanos que sólo defendían su patria de los invasores no fuera asesinato. ¿De qué más nos apoderamos, además de California? Bueno, estaba Texas, Nuevo México, Utah, y partes de Colorado y Wyoming. Abraham Lincoln dijo entonces sobre Polk, que era el presidente del país, el comandante en jefe de las fuerzas armadas: "Confió en escapar del escrutinio al procurar que la mirada pública se fijara en la brillantez de una gloria militar; ese atractivo arco iris que surge después de las lluvias de sangre; en ese ojo de serpiente que hipnotiza antes de destruir. Por eso es el presidente se arrojó a la guerra".
    Es obvio el paralelismo con Bush. Los seguidores de Focault podrán decir, el acontecimiento no tiene una relación histórica, solamente tiene “persistencia”. Pero en la práctica es igual. La misma sustentación macabra del poder de minorías totalitarias en la sangre de pueblos inocentes.
    La obsesión de Vonnegut por el destino humano fue absoluta. -¿Para que estamos en este mundo? –solía preguntarse-. Hay alguna figura preeminente que le de sentido a todo esto, un dios que después de todo, a pesar de hacer sufrir a la gente, les quiera bien?
    Últimamente su actividad había disminuido, no tanto por una cuestión de edad, ya que se mantenía crítico y lúcido, sino ganado por la sensación de impotencia. En una de las últimas entrevistas que sostuviera, respondió: -El caso es que la literatura ya no importa.  En una época importaba, y mucho. Durante la Gran Depresión era el lugar en donde se debatían los temas de la economía y de la política. Y en la posguerra nos interrogábamos sobre el tipo de país que hubiera podido llegar a ser los Estados Unidos. Después llegó la televisión y todo se acabó.

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