Calle Angosta 2007

Kerouac. La gente que arde.


    Hace cincuenta años, se produjo la primera edición de “En el Camino”, de Jack Kerouac ( Massachussets, 1992 – Florida, 1969) quien lo había escrito, en realidad, hacia fines de la década del 40, cuando era apenas un joven veinteañero. El libro acreditaba diversas rarezas. Escrito de corrido en menos de un mes, sobre un rollo de papel usado para teletipos, que como un inmenso papiro moderno imponía una absoluta continuidad mecánica y una extensión previsible. Era, además, una novela sin invenciones. Solamente una extensa narración de tono autobiográfico, que incluía, naturalmente al autor (como Sal Paradise) y a una serie de amigos del camino real, como Allen Ginsberg, William Burroughs y Neal Cassady . Despareja en cuanto a la calidad del relato, ofrece sin embargo el tono desgarrado de una generación trágica y el testimonio de una época, irradiado, con diversos efectos, desde el gran centro emergente del poder global hacia el resto del mundo.
    Su vibración histórica, absolutamente natural, la fuerza nostálgica de una búsqueda poderosa, y acaso la inconsciente lamentación de una “chance perdida”, es decir, su correlato con un tiempo político que pudo producir otra historia, le acuerdan a la obra cierto valor simbólico, que excede lo estrictamente literario, y prolonga su vigencia efectiva. Se lee de otro modo, claro, que cuando era la “Biblia” de los movimientos hippies y pacifistas, pero se lee. Lo que no excluye, acaso, cierto relectura estética. La simple trama de contar hechos menores (y la vez  totales) y la más diversa descripción de tipos humanos que atraen a los viajeros de viajes absurdos, de Nueva York a Los Angeles, a Denver, a México, a San Francisco, miles y miles de kilómetros en tren, en bicicletas prestadas, en camiones destartalados, habitando tugurios, hoteles mugrientos,  ahora alcanza otra visión del vértigo y del propio simbolismo del viaje. Es difícil hallar un texto que, bien o mal dicho, pueda exponer, en el menor espacio textual, tanta cantidad de notas sobrepuestas. Es exactamente el ritmo de las acciones presentes. Pero además, su mismo trasfondo adquiere una nueva transparencia. Lo que se busca no es la mera satisfacción física, fugaz,  de un trago, una mujer, una ración de “yerba”. Es la negación de un sistema que se iba transformando en una moledora de carne humana, una manera de huir, de esconderse, y aún puestos en la trampa, ayudarse, gritar, morder la mano de quien muele. Una visión de libertad en medio de un apocalipsis de coerción sistemática.
    En estos días se ha estado recordando también otro aniversario recurrente, el de la muerte del Che. De tal modo, mientras se releía la obra de Kerouac, se fueron mezclando ciertas asociaciones. Por lo pronto, hay una experiencia común entre los viajes de “On the Road”, y los que hiciera Guevara, partiendo desde la Patagonia argentina y que virtualmente no cesaron hasta la Sierra Maestra, o más aún, hasta la selva de Ñancahuazú.  Sólo que al Che los libros que cargaba y no dejaba de leer lo conducían a la vida. Mientras en Kerouac era su vida la productora de lo literario. En uno afirmación y convencimiento. En otro idas y vueltas obstinadas para volver hacia un vacío cada vez más grande. Pero los dos, a su manera, suicidas en el nombre de una pasión mucho más grande que sus propios destinos. Y ambos muertos en juventud, deteniendo su imagen en zonas de leyenda.
    Uno y otro debieran ser vistos en una perspectiva más abarcadora y más limpia.
¿Por qué permanece el Che, se preguntan, a veces con verdadero interés,  intelectuales esclarecidos? Prefieren responden, sin embargo, acentuando la exigencia de la no-ideología. Ha devenido parte del comercio, dicen. Subsiste porque se vende. O si no lo asimilan con una nueva forma, “misteriosa”, de religiosidad. “Los campesinos que rechazaron su propuesta política, ahora lo llaman San Ernesto y le rinden tributo en rústicos santuarios de la selva”.  Les cuesta admitir que aún en lo que ello pueda tener de cierto, no se trata de vínculos  autónomos sino que son efecto de una causa. Y  entonces todos los valores morales del Che, extrañamente potenciados por lo  desmesurado de su sueño, y la consecuente, nítida, proporcional,  magnitud de su fracaso, lo transforman en el símbolo carnal de una utopía congénita del hombre. Se pueden vender millones de posters con la cara del Che, pero nunca se podría hacer lo mismo con la cara de Condoleezza Rice. Y se podrá incomprender la “fortuna histórica” de quien cambió honores y poder por un fracaso anunciado. Pero nunca impedir que, en cada lugar del mundo donde un desposeído, un explotado, un marginal, reclame un derecho, no se vea la foto que Alberto Díaz (Korda) le tomara al Che, en una tribuna de La Habana, cuando miraba el horizonte de una revolución que parecía posible.
¿Por qué existen lectores de Jack Kerouac? ¿Porqué, con la misma lógica comercial de la estadística de ventas, hay editores que siguen vendiendo “On the Road” y jóvenes que no dejan de leerlo con deleite? Tal vez por causas parecidas. Por ese “algo más” agazapado que navega en sus páginas, el interés de un hombre por el otro aunque sea entrando por la ventana de su casa o fijando amores sin explicación, que se podían eternizar o disolver, en un solo día, sin dolores ni culpas. Cada uno actuando como criatura fugaz, inmerso en situaciones irreversibles, aunque procurando, siempre, distanciarse del mal. Porque lo malo no eran las celdas de castigo donde había que dormir sobre una losa dura, ni la bisexualidad, ni la fumar “porros”, ni la inconstancia de cualquier emprendimiento,  ni los pueblos de cartón con un mar al fin de cada calle, ni lo espantosamente largo de cada destino. Lo malo era el armamentismo, las guerras, los carceleros, los censores, la policía americana. En un desfile de aviones B-29, de artillería pesada, de lanchas de desembarco, lo único destacado era un pequeño bote salvavidas, que recordada la endeble propiedad de un amigo borracho.
    Y es que Kerouac, de un modo sencillo, informal, jocosamente intrascendente, exalta los derechos, la gloria, si se quiere, de cada vagabundo de la tierra. Y construye  la utopía de la libertad de cada vida mínima. “… Bailaban por las calles unos trompos enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”.

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