Calle Angosta 2007

Ilusiones del voto


    “¿Siempre ha sido así?”, suelen preguntar los votantes más jóvenes…y uno, como “mayor”, como persona que lleva varias décadas de observación intensa de lo real, siente el impulso de decir que sí, que la practica del sufragio electivo constituye la gran herramienta del ilusionismo político. Aunque no se trata de una circunstancia “nueva”. Comienza, en verdad, desde la propia Constitución, cuando establece que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes…” Es decir, los gobiernos advienen por delegación. Hay “otros” individuos, unos pocos, que administran el derecho de los demás, de “todos”. No existen mecanismos de participación continua, de control efectivo, de revocatorias de poder, ni nada semejante a la bilateralidad de un compromiso explícito. Y si bien la misma Constitución admite instituciones como la “consulta popular” o la “iniciativa popular”, ellas se han suprimido de las prácticas reales, convirtiéndose en pura letra muerta. El gran sustento modélico de un sistema de gobierno democrático se reduce a la facultad de elegir, y posteriormente, ratificar o rectificar, en forma periódica, los mandatos dejados a la suerte.
    Pero esa facultad registra, además,  fuertes condicionamientos o restricciones. Nunca se practica con plena libertad, ni nace, como debería corresponder, desde abajo hacia arriba. Hubo tiempos donde los presidentes del país surgían de un acuerdo cerrado entre los poseedores del poder real. Otro tiempo, donde la elección se resolvía solamente con el voto de ciertos sectores sociales, o mediante el fraude “patriótico”, donde muchos trabajadores debían cederle el documento a su patrón para que éste votara por ellos. Ahora las formas son distintas, pero la política sigue siendo parte del realismo mágico. “Realismo”, porque es lo que es, y no hay posibilidad de que se modifique. Y “mágico”, porque nunca se sabe quienes son los gobernantes reales, y qué habrán de ofrecerle, en realidad, a los electores cautivos, cuando los hechos ocupen el lugar de las palabras.
    En efecto, los ciudadanos concurren a un acto electoral -el único e hipotético acto de gobierno activo que la democracia contemporánea les concede- sin conocer a la mayoría de quienes elige, ni el compromiso concreto que los candidatos asumen, porque cada vez son menos explícitos los proyectos de acción, reemplazados en cambio por una pirotecnia de acusaciones recíprocas, imágenes teatrales y  promesas abstractas. Y en absoluta carencia, además, para impedir desviaciones o revocar mandatos desvirtuados. Este último punto termina siendo una reducción al absurdo de todo derecho potencial. Tiempo atrás era impracticable por la misma debilidad del sistema, pero últimamente porque ni siquiera existe la enunciación previa de un programa, es decir, ese cuasi-contrato que debiera ser esencial entre electores y elegidos. Los compromisos son de tipo etéreo, y por lo tanto no hay una materia sobre la cual puedan controlarse. “Juntos podemos”, “Vamos a luchar por lo nuestro”, y otros lo mismo pero “de verdad”, o sea que, en términos de acciones concretas, lo que cada candidato puede realizar, después de ser electo, es cualquier cosa. Y así, se ganan elecciones, como en 1989, cuyo gran vencedor tan sólo expuso, como propuesta excluyente, una mera consigna, igualmente válida para cualquier decisión: -Síganme, no voy a defraudarlos.
    El clima de desinterés instalado frente a las próximas elecciones tal vez responda a una sensación de inutilidad y de impotencia, causada por un acto delegatorio sin objeto, vale decir, la vaciedad ideológica del compromiso político. Pero cualquier alternativa de cambio a la cual eso pueda conducir, no debiera dejar en el olvido la historia todavía fresca y doliente del país. El hecho de votar, la hipótesis de estar “eligiendo algo”, parecen figuras ilusorias, es cierto.  Pero las ilusiones son vida. Y la mera oposición sin argumentos puede ser muerte. Una cosa es un derecho, ganado en una lucha de siglos, aunque sea imperfecto. Y otra cosa es su negación absoluta; el absolutismo y su fundamento, el terror, que todavía guarda, entre las sombras, apologistas emboscados.
     Algunas dramáticas “ficciones de lo real”,  de grandes escritores de América, como “El señor presidente”, de Miguel Ángel Asturias, “Yo el Supremo”, de Roa Bastos, o “El otoño del patriarca”, de García Márquez, posiblemente sean lecturas apropiadas para las vísperas del voto, puesto que ayudarían a rescatar su dimensión posible. Y aunque menguado y restringido, un instante de celebración. Igual que en la última de aquellas,  cuando, desaparecido el patriarca omnímodo, se abrían, sobre la tierra en júbilo, ilusiones propiciatorias. Y las multitudes anunciaban al mundo “la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había, por fin, terminado”.



       

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