Calle Angosta 2007

Hombres en Tierra


         Escribir la historia de un país, aunque sea “nuestro país”,  limita. Mejor es escribir la historia de un hombre porque son todos los hombres. Cada uno puede tropezar con otros como lo haría con caballos de música o de lluvia. Pero mirar atrás enciende los fuegos iniciales. De pronto, uno se dice, aquí, sobre esta tierra seca, en medio de estas piedras próximas y ceremoniales, caminando en lo que era un matorral salvaje, vivieron otros hombres.  Ellos abrieron un espacio sobre el que ahora se camina. Lo poblaron con árboles y pájaros. Le pusieron formas y colores, y dejaron dicho que las manos y los viñedos,  los bloques de adobe y las acequias, eran los latidos del arte concreto.   

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        Tal vez los eruditos hayan complicado las explicaciones.  El Arte es simplemente “lo que queda”. Pasan los siglos, pero los Cantos de Safo o el Jardín de la Delicias de El Bosco o el mármol alado de la Victoria de Samotracia, permanecen. A su lado, todos los hechos que tuvieron en tensión a pueblos y naciones, se reducen a un cuento que se ha vuelto ficción, una cita confusa de la historia. 

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       Sobre el “Guernica”, de Picasso,  se puede leer que “el autor utiliza la representación simultánea de varios planos en los rostros, forzando a que se los vea, al mismo tiempo, de frente y de perfil; de tal modo se produce una visión global que, además, al mostrarse solamente en blanco y negro, acentúa el dramatismo del cuadro; técnicamente tiene rasgos cubistas, ya que las formas naturales se reducen a forman geométricas, pero también emplea el expresionismo en los gestos extremos de los personajes, junto a una gran pureza y definición de líneas que recuerdan el neoclasicismo”. Y como ésta,  infinidad de cosas. Cuando uno, en realidad, al verlo, sólo siente una bomba cayendo en su cabeza.

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      Cada hombre son dos. El que busca todos los días lo que ayuda a vivir, y el otro, el que sabe que se está muriendo. El hombre que miente y el hombre que dice la verdad. El que forma parte de la cultura negadora de los mitos y el que no puede vivir sin ellos. El que se oye adulado por todas las cosas que "merece", y el que piensa que ningún ser merece lo que no sabe conseguir. El hombre que es un puro juguete del desorden ajeno, y el otro hombre, ese que vuelve a las raíces poéticas de la vida para constituirse a sí mismo, el hombre, en fin, que revela sus signos vitales porque come, duerme o sabe guarecerse de la lluvia, y el otro, el que debe amar, luchar, sufrir, el que debe soñar un mundo del que carece para saber que existe.                 
   
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      El arte es la disciplina que procura, y a veces alcanza, la armonización de aquel conflicto. Aunque siempre hay para el hombre que lo intenta, el artista, un doble resultado posible: la satisfacción o el tormento. Pero aún la satisfacción es el punto de arribo de un trabajo intenso y además, transitorio; pues será de inmediato la llamada de nuevos esfuerzos. En los campos de La Hulpe, cerca de Bruselas, contiguo a un famoso castillo (donde se filmó “El maestro de música”), se asienta la Fundación Folon, que reúne y muestra, en una impecable exhibición didáctica, gran parte de la obra de Jean-Michel Folon (1934-2005), un plástico y escultor poco conocido en estas tierras, pero de  calidad excepcional,  en cuyos trabajos se encuentra, junto a la síntesis perfecta de la ejecución con el concepto, el equilibrio que resuelve la eterna dualidad del hombre bajo la forma de un nuevo objeto creado. Esa clase de obra donde -aún cuando se muestra, a veces, con trazos de sencillez suprema- se refleja un convencimiento absoluto. Entre infinidad de explicaciones, Folón dice: - Yo pienso que uno empieza a juntar los colores con la esperanza de que esos colores vivan historias de amor. Para mí la acuarela es eso; es constituirse, ante todo, en el primer espectador de lo que se está creando, es descubrir por sí mismo la suerte increíble de ser el primer espectador de algo en movimiento. Pero la tragedia está en que ese movimiento lo vives mientras lo estás creando y que sabes que todo se secará y que la gente sólo verá una imagen que se ha detenido. De manera que el gran trabajo de la acuarela consiste en ofrecerle a quienes haya de observarla más tarde la ilusión de que la obra sigue viva.



 

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