Calle Angosta 007

Europa, Europa

    Dos visiones. Lo mismo que un amor tan intenso que un día no puede repetirse y parece otro. Lo mismo que una masa de agua que un día destruye toda oposición y otro día se rinde a los reclamos de la siembra. De pronto, ante los ojos asombrados, el despliegue de las cosas que tienden hacia la perfección. La descarga del agua de los tanques en su medida exacta, la graduación precisa de la luz. La basura clasificada: Los residuos plásticos en bolsas azules, ciertos orgánicos en bolsas blancas, otros tratados en los propios jardines de las casas;  los vidrios y cartones en contenedores comunitarios. El transporte que funciona con la frecuencia establecida. Carteles que indican la velocidad de marcha de cada rodado. Una mini-computadora para guiar al conductor, mediante control satelital, por calles y rutas desconocidas. La gente que paga sus impuestos. La automaticidad pugnando por nuevos espacios, incluso el manejo de la cosa pública, observada con escaso interés, que se cumple de acuerdo con manuales administrativos estables y uniformes.

    Pero debajo de tanta maravilla, otra mirada. La que busca la dirección del hombre que conoce los riesgos contenidos en el orden global, pero que actúa como si ellos ocurrieran en otra parte. La admisión de responsabilidades del europeo es selectiva y parcial. Y se corresponde con la ambigüedad ética. Un escandinavo puede denunciar a un padre que le de un chirlo a su hijo, pero no dirá nada contra una papelera de su país que contamine un río de Sudamérica. Alemania puede renegar del nazismo e Italia del fascismo y los yugoeslavos borrar de su memoria a Tito y disolver su federación de pequeñas naciones, etc. ¡Hasta el Papa puede admitir el error de condenar a Galileo! Pero como bloque, como pensamiento superador, los europeos nunca van a reconocer que su presente es en buena medida resultado del colonialismo, es decir, de un saqueo consumado por siglos, por lo menos desde los tiempos de Colón. Ese reconocimiento sería trágico, pues los situaría frente a un pecado original irredimible, y una carga compensatoria solidaria pero imposible de satisfacer.

    Europa, de todos modos, constituye una remota pero tal vez única posibilidad de instaurar en el mundo un sentido del equilibrio. El orden que hoy impulsa Estados Unidos como irreversible y final, con su despilfarro bélico, su discurso dominador y destructivo único a escala global, sostenido con la invasión de países, el derrocamiento de gobiernos, el terror atómico, solo puede constituir el preludio del caos, el Apocalipsis bíblico. La oposición que eso despierta es dispersa y escasa. ¿Cual es la confianza que puede inspirar Irán, China o la minúscula Corea del Norte? ¿Con qué fuerzas, con qué alianzas podrían sostenerse las declamaciones de Hugo Chávez?

    Por eso la responsabilidad de Europa. El continente de la Razón, de Descartes a Sartre. El mismo de los creadores ejemplares: Picasso, Chaplin, Brecht, Francis Bacon o Cesare Pavese. El que concede asilo o respetuoso acogimiento a escritores y artistas llegados desde los arrabales del mundo,  con su palabra disonante: César Vallejo, Miguel Angel Asturias, Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Ariel Dorfman, Juan Gelman, Mario Benedetti, Osvaldo Bayer, Laura Restrepo, Tahar Ben Jelloun, Gao Xingjian, Whole Soyinka, Maryam Namazie, Atik Rahimi... El que produce el milagro de reunir dos países como Alemania y Francia, que apenas medio siglo antes se habían despedazado en una guerra, como base de una nueva Comunidad. El que, tal vez por eso, un día pueda sobreponerse al modelo presente. Esa gesticulación que parece decir, “no jodan, nosotros lo tenemos todo resuelto”, acompañado por una risueña impavidez.

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