Calle Angosta 2007

Enorme Cronopio


    Avenida Louis Lepoutre, en Bruselas. Termina cortada por una pequeña plaza, luego de la cual se alza la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación. La divide una doble formación de castaños. Entre ellos, y justo enfrente de la casa donde naciera, se encuentra una gran cabeza de Julio Cortázar. Las picaduras en el bronce le conceden el aire de la respiración. Se muestra, además, como una estatua donde los ojos miran con tibieza humana. El escultor, Edmund Valladares (Buenos Aires, 1932) reafirmó en esta pieza su estilo expresionista. “..Él era una persona que te miraba con respeto –dijo-; no te medía ni preguntaba quien eras. Por eso traté que esta cabeza tuviera el rostro de un hombre con mirada universal”. La captación de Valladares es perfecta. El punto de fuga de los ojos no es un lugar, es todo. Y lo que ven no es lluvia ni pájaro ni azul, es puro pensamiento. En la pared de los números pares, hay una placa que refiere su circunstancia más antigua. Aquí nació Julio Cortázar, escritor argentino. Luego una fecha que no tiene importancia. Concluye definiendo: ENORMISIMO CRONOPIO.
               
    Alguien cercano, tal vez contagiado por el interés de quien escribe, pregunta sobre el significado de un término tan extraño, tan intraducible, como “cronopio”. El cronista piensa, y a su vez, pregunta: -Te podrías imaginar un hombre a quien le cortan la cabeza y sigue viviendo, y no sólo eso, sino que a partir de sus manos, de la intensificación del tacto, va recuperando, gradualmente, los demás sentidos? Te imaginarías a un señor adulto des-tendiendo una mesa con un rastrillo? Imaginarías la ceremonia de posar un tigre en el centro de una habitación, sobre dos tablones cruzados y unas jarras de barro, que se quedara inmóvil, complaciente, hasta el final del juego? Podrías convivir con obsesivos extraños, como esos que coleccionan estampillas, estudian el comportamiento de las hormigas o consumen los días buscando objetos extraviados, o al revés, se ocupan de perderlos para gozar con el hallazgo de los otros?
    -No -fue la respuesta-, no me imagino que nada de eso sea posible.
    Entonces el cronista forzó que la charla eludiera el absurdo trascendental y variase a temas más concretos. El color de las hojas de los castaños, el estado del tiempo, la dureza del euro; mientras pensaba: -No te veo descubriendo cronopios.
           
    Ante situaciones así, uno en cuanto puede toma distancia de la pura razón, de lo que puede explicarse, de lo que se ve a primera vista, y corre a los archivos escondidos. Las venas de un íntimo “aleph”, el corazón invisible de un “pen drive”. Y busca, bebe, hace gárgaras con su necesidad de Cortázar. Y quisiera, más tarde, transmitir todo lo encontrado. Aunque deba conformarse con una extrema reducción; apenas el cierre de sus  “instrucciones para dar cuerda a un reloj”: - (..) Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. Qué más quiere, qué más quiere? Atelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la sangre fría de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

 

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