Calle Angosta 2007

Dos razas


     Muchas diferencias en los modos de pensar podrían atenuarse, y hasta en algunos casos,  desaparecer, si ciertos conceptos teóricos, ciertas abstracciones, cedieran al peso de las actitudes, es decir, a  las respuestas que cada uno brinda, en forma concreta, frente a los hechos reales. Se produce, por ejemplo, un accidente de tránsito, y una persona que necesita ayuda. Ante esa situación hay quienes reaccionan procurando ayudar. Y no importa bajo que premisas lo hagan. Pueden hacerlo por una formación religiosa, un imperativo de conciencia, un hábito solidario, un gesto de simple humanidad. Pero lo hacen, mientras que otros, que también tienen su discurso de “amor al prójimo”, y formación humanística, y cultura ciudadana, prefieren alejarse, prudentemente, evitando cualquier implicancia.
Ante cualquier necesidad social, cualquier reclamo activo o silencioso, se puede razonar con objetividad, discutir soluciones, prioridades, formas de laborioso equilibrio. Y sería posible, con esa práctica realista, una mejor comprensión de los problemas y un acercamiento hacia el otro, los otros, humanizar, en fin,  la convivencia.
     Sin embargo, en la moldura externa de cada persona, prevalece el anclaje de las abstracciones; como si ofrecieran cierta garantía de  comodidad. Así evitan caer en ese terreno donde las conductas requieren una constante adecuación, y donde la realidad impone ir revisando constantemente las nociones de compromiso.
La cultura del presente ha impuesto, por ejemplo, en el concepto de que todos los hombres son iguales ante la ley, y cuentan con los mismos derechos y obligaciones. Sin embargo, eso no es real, es una abstracción que puede servir para tranquilizar conciencias, para eludir responsabilidades, pero cualquiera podría descubrir, sin demasiado esfuerzo, si verdaderamente se lo propusiera, que eso constituye una absoluta falsedad. Hay una ley para quienes tienen recursos para defenderse y otra ley para quienes carecen de tales recursos. Y entonces, existe uno, que resulta absuelto, y existe otro, que recibe un castigo muy severo, aunque ambos hayan cometido el mismo delito.
     Lo mismo pasa con cualquier otro derecho humano, en especial con el más primario y sagrado, es decir, el referido a la vida. Ante una misma enfermedad, hay quienes cuentan con la posibilidad de acceder a las mejores terapias, y otros que no pueden hacerlo. Usualmente, en un centro de salud, la primera pregunta no pasa por saber si existen los medios, las técnicas y los medicamentos adecuados, sino que pasa por saber si el paciente puede o no pagarlos.
     Esas diferencias van conformando un vasto tejido de contradicciones. El derecho a la educación calificada y gratuita, el derecho a un trabajo digno, la defensa del medio ambiente,  la prohibición del trabajo infantil,  etc., difieren por completo según se los formule desde la “abstracción” de una ley, una promesa, un orden moral, o se los observe desde la realidad de los hechos.

     La abstracción procura, desde lo ficticio, sostener la paz. Las asimetrías de lo real conducen a la lucha. En el medio se encuentra la razón.
     La gran esperanza de la razón es que las fuerzas primarias del respeto al otro, de la solidaridad, las asociación en torno a las necesidades reales comunes, prevalezcan sobre las abstracciones que devienen pura fachada, pura frase vacía,
y terminan negando, desvirtuando, la vida real.
    Mientras tanto las razas humanas son solamente dos. Y se diferencian por su actitud concreta ante las incomodidades del mundo. Los grandes y pequeños infiernos supuestamente irremediables. El hombre que no tiene trabajo, la familia que no tiene donde vivir, el niño abandonado que duerme en la calle…¿son hechos naturales, con los cuales simplemente hay que convivir sin una perspectiva de cambio concreta? ¿O son hechos derivados de una estructura que se puede cambiar? Según sea la respuesta que cada uno de, esa es la raza a la que cada uno pertenece.
 

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