Calle Angosta 2007

De Feria en Feria

    Los libros son escritos en soledad, y normalmente son leídos en soledad. Pensarlos entonces como materias de un Feria, implica un contrasentido, que solamente puede entenderse dentro del canon modélico de la cultura consumista. Esto es, el libro como un objeto de compra y venta, no como un bien de comunicación y de conocimiento. Y la “feria” como una espacio de intermediación gigantesco, donde todo es bueno para los números: los metros cuadrados de superficie, la cantidad de expositores y de objetos expuestos, la estadística de visitantes, el monto facturado; pero no tan bueno para las letras.

    Es cierto que la Feria constituye un gran acto movilizador. Y que lectores apasionados pueden tener el placer de tomar contacto directo con grandes escritores actuales. Pero aún esos actos, que pueden reunir a mil personas, son insignificantes, y se pierden, en la escala desmesurada del show, la presteza de los “barra-bravas” culturales, y la invariable “tiranía” del tiempo.  Para el lector convicto y entusiasta, sigue siendo preferible respetar el arma, es decir, el libro, y atravesar sus páginas en otro tipo de carreras, y buscar el disparo de un pensamiento en trincheras de intimidad, con una luz diversa a la soltada por el flash de una cámara.

    El contrasentido tiene otra variante, más significativa, más social, derivada de ciertos datos elocuentes. La mayoría de los argentinos lee ahora menos que hace diez años. El promedio general de lectura es de medio libro por mes, dentro de los cuales se computan los de temas esotéricos, de autoayuda o de técnicas diversas, desde lecciones de jardinería hasta manuales de reparaciones domésticas. Existe una percepción mayoritaria de que ha disminuido el hábito de lectura. Y si bien se editan más libros, el tiraje de las ediciones es menor. Sin embargo, frente a ese cuadro de raquitismo,  la Feria de Buenos Aires presenta una imagen que parece negarlo. Cientos de lugares repletos de libros. Multitudes ávidas de estar. Más de un millón de visitantes. Calles internas de tránsito pesado y rumoroso. Y la tarjeta postal de que la cultura del país sigue siendo un tesoro preciado.

    Tan contradictorio como los índices de pobreza y las invasiones turísticas de Semana Santa. Pero no es lo mismo. Esto se explica, sobre todo,  por la distribución desigual de la riqueza. En cambio para el “éxito” de las ferias de libros la explicación debe buscarse por otro lado, una mezcla, quizá, entre los restos de una buena memoria histórica, capaz de reproducirse en ideas como “ser cultos para ser libres”, y un falso concepto de cultura, que le adjudica al libro, no como bien de uso sino como de bien de representación social, atributos de los que carece. Tanto por parte de muchos escritores, que confunden cantidad y calidad, figuración con esencia, y quieren “triunfar rápido”, creyendo que vender es triunfar. Y por parte de muchos lectores, que quieren sumar utilidades con muy poco esfuerzo, cuando no se trata de comprar libros y responder que se   ha leído sino de leer. Y de leer pensando.

    Aflora, sin embargo, cierto valor simbólico. La Feria no es un injerto, una extravagancia social o una imposición mediática. Es revelación de algo que sucede en la vida real. Y de sus contradicciones inevitables. Todo tiene sentido, si se lo busca. Pero si no sabe hacia adonde se va, cualquier senda, cualquier libro, cualquier fulguración, es indiferente.

Copyright  Power by PageCreative