Calle Angosta 2007

Bailando por un sueño

    Uno quisiera no hablar de la televisión, pero es difícil. Medio omnipresente, se filtra en las casas, la calle, los sitios de trabajo, a pesar de toda resistencia. Participa de una corriente abrumadora, contagiosa, inevitable. No se puede dejar de recibir noticias y comentarios propiciatorios, y hasta de ver con los ojos ajenos, ciertos acontecimientos que por absurdos y banales que sean, presionan con fuerza sobre las realidades domésticas. Que si Boca, que si Maradona, que si Gran Hermano, y últimamente, de una manera “catástrofe”, como un gran tsunami que descabeza a millones de seres inocentes, “Bailando por un sueño”.
    Hay, por cierto, como siempre ha sido estilo de su inefable conductor, un profundo sustrato demagógico. ¿Quién puede ver mal que una persona trate de cumplir un sueño altruista, como sostener un comedor infantil o construir una residencia para ancianos  o que un ser querido pueda hacerse una operación costosa, etc.? Con tal legitimidad, el gran público defiende y acompaña. ¡Hasta parece una obra pensada para el bien común!
    Sin embargo no es así. Debajo del pequeño juego escénico, con tan escasos momentos de apariencia artística que no pueden compensar, ni remotamente, el previsible clima bufonesco que le imponen el animador jefe de barra brava y los jurados “técnicos”, subyace la cruda, desolada y escondida verdad. Ella consiste en realizar un negocio privado descomunal a un costo productivo irrisorio, ya que la ingenuidad pública carece de precio.
    Pero además de esa falsa filantropía sustentada con dineros que no son propios, y absolutamente desproporcionados en cuanto a lo que entra y lo que sale, el programa juega con la ilusión de los participantes, condenados de antemano a una desproporción idéntica. Cada uno de ellos pone todo de sí para subir la audiencia, lo que determina el nivel de los ingresos económicos. Pero solamente uno habrá de constituir un costo, es decir, habrá de recibir un premio. Su necesidad los condiciona. Son expuestos como posibles beneficiarios de una gracia y concluyen como mano de obra gratuita, realizando un trabajo arduo, sin compensaciones, para un negocio millonario. El cumplimiento del sueño es aleatorio. La contribución al gran suceso comercial es, en cambio, segura.
    Hay otra falacia implícita. El programa intenta un maquillaje grosero de la realidad, presentando como una alternativa corriente, abierta, libre, lo que constituye, en rigor, un hecho excepcional. Un camino ultra-minoritario y caprichoso como una forma natural de acceder a logros superiores. En esencia, la misma técnica perversa de los juegos de azar, idealizados por la posibilidad de alcanzar objetivos que de otro modo serían irrealizables, ignorando el riesgo, mucho más probable, de perder.
    El grotesco cumple otro efecto: le quita al sueño su dimensión virtual. El lugar de los sueños grandes, los sueños colectivos con que se han fundado y crecen los países mientras se los nutre, se los     alumbra, se los renueva, se les acuerda vida, es relegado por el sueño pequeño, individual, que aún siendo valioso, tiene otra clase de perspectiva. Porque en definitiva, si alguien accede por fin al sueño de montar un comedor infantil, ¿socialmente que ocurre? Hay miles de comedores que funcionan mal o que serían necesarios.  El logro de uno nuevo no implica un éxito cabal. El planteo superador hubiera sido que ninguna de ellos fuese requerido. El sueño colectivo de que la ocupación y los ingresos fuesen de tal orden que todos los niños argentinos pudieran comer en sus casas, con sus familias. Y no por la suerte de un premio azaroso.
    Desde la perspectiva de quienes promueven, realizan, y sobre todo, lucran con  esta clase de programas, la fiesta es completa. Un pueblo entero resigna el movimiento.
Y se conforma viendo por televisión el curso de los sueños mínimos, mientras se olvida de los propios.

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