Calle Angosta 2007

Al filo de la ley

    ¿Qué significa, realmente, “al filo de la ley”? Alguna vez fue el filo de las espadas que se batían a duelo o que se alzaban en busca de venganzas. O el filo de las hachas guerreras, que fundaban la legalidad de los actos. O el filo de las guillotinas, que hacían rodas cabezas sin demasiado juzgamiento. O el filo del facón de un gaucho justiciero, que luego de matar a la china traidora y cortarle sus trenzas se tomaba un tiempo para extraer el corazón del cómplice. Se podría llenar todo el diario con ejemplos de las leyes de facto, que se incuban debajo de un poncho, y al salir a la luz salen cortando. Pero ello implicaría la aceptación de un juego ya disparatado. La ley de los Estados modernos no presenta un “filo” al cual acercarse sino un “cuerpo” que se debe cumplir. Un cuerpo compuesto por normas y doctrina insertas en un articulado escrito, con piezas objetivas en su trazo y en su acatamiento: leyes, decretos, constituciones y todavía, por si eso no bastara, el derecho internacional y los tratados concurrentes.
    Decir, ahora, “al filo de ley”, equivale a decir al filo del incumplimiento, al filo de forzar las interpretaciones de la norma por parte de quienes no tienen para ello atribuciones ni muchas veces conocimiento. E implica un retroceso en el continuo batallar del hombre por una sociedad más justa y más civilizada.
    Se podría admitir, acaso, que quien introdujo la expresión en un debate surcado mucho más por la exaltación y las arengas de tribuna que por el sustento científico,  podría haber usado una metáfora poética. “Al filo” vendría a decir, entonces, “al borde de”, o “próximo a”, lo cual sería propicio para aludir a un infarto, a un ataque de nervios, a un engaño amoroso o a la pérdida de categoría en un campeonato de fútbol. Pero no para referirse a los derechos de un ciudadano, al hecho concreto de que se los respete o se los desconozca. ¿Cuál sería, en rigor, el sentido práctico de la expresión? ¿Usted está próximo a tener un derecho? ¿O usted está al borde de que le sea negado?
    La mayor parte de la clase política, sobre todo cuando se halla en  vísperas electorales, produce actos y declaraciones fantásticas. ¿Se acuerdan de de la Rúa cantando tangos? ¿O de Macri posando para una foto con una niña pobre? Esta expresión “filosa” se inserta dentro de ellos. Y forma parte de una reacción  espasmódica, desproporcionada, y meramente declarativa, ya que no apunta hacia ningún proyecto que sirva para tratar, con seriedad, un problema sumamente profundo y expandido.     Y además denota confusión. Porque se sigue tomando lo episódico como esencial, e insistiendo con proposiciones que ya se han revelado inconducentes.  Si hay picazón, rascarse. Si duele la cabeza, tomar una aspirina. Pero nunca inquirir por las causas. Porqué hay picazón, porqué duele la cabeza. Si no se procura conocer la realidad nunca se hará camino hacia soluciones de fondo.
    Tampoco se puede solucionar nada cuando se deja afuera del debate a vastos sectores real o potencialmente involucrados. Cuando no se escucha ni se busca actuar sobre las condiciones de vida en los ámbitos que ofrecen una mayor propensión al delito. Si a miles y miles de personas en estado frustración vital, de absoluta desesperanza, no se los escucha, no se les otorga derecho a la palabra, se les está diciendo “ustedes no son nada, ustedes no existen”. Con lo cual se los induce, en muchos casos, a la respuesta irracional: “Ustedes nos desconocen, nosotros hacemos lo mismo”.
    Intentar soluciones para los vicios emergentes de la marginación,  desconociendo la realidad que la produce, es dar golpes de efecto para lo inmediato, y decidir problemas cada vez más graves a futuro. Situarse “al filo de la ley” conduce al doble filo de las acciones derivadas.  Hay circunstancias, por ejemplo,  en que un allanamiento es admisible. Y hay circunstancias que inducen a una sospecha fundada. Ambas son variadas, complejas, y requieren un examen, aunque sea raudo y elemental, de sus sustentos materiales. Un examen del cuerpo. Pero si el cuerpo resigna su espesor, si el cuerpo se convierte en una lámina delgada y filosa, todo el mundo se vuelve sospechable y todo allanamiento, y cualquier otra cosa, la discriminación, el pre-juicio, la “portación de rostro”, la denuncia infundada, las confesiones por tormento,  resultarían posibles.
    Esta nota se ha planteado, en verdad, a partir del cuidado de la palabra. Quienes escriben suelen frecuentar un trato especial con las palabras. Por eso procuran que no se perviertan. Y acaso, hablando bien, sea posible que se mienta menos.

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