Calle Angosta 2007

25 de Mayo, Sinfonía Inconclusa

    La gesta del 25 de mayo de 1810, que condujo a la sustitución del virrey español por una junta de gobierno local, y que la historia posterior consagró como el origen de la independencia argentina, no fue un acontecimiento de masas, en la forma que pudieron serlo el 17 de octubre,  el “Cordobazo” o la movilización popular de las Pascuas de 1987.  Al cabildo abierto del 22 de mayo asistieron menos de quinientos vecinos, en una ciudad de casi cuarenta mil habitantes.  A la asamblea popular congregada frente al Cabildo, el mismo 25, habrían asistido, como máximo, mil quinientas personas. Las riñas de gallos, el juego de pato o las carreras de caballos, que acaparaban, en las orillas de la ciudad, el interés del pueblo, no tenían una convocatoria menor, y también producían efusiones vivaces. 
    Los hechos tuvieron, sin embargo, una profunda trascendencia. Y marcaron una relación de protagonismo que habría de repetirse, luego, con frecuencia. Elites ilustradas y revolucionarias que suponen actuar en representación y beneficio del pueblo, representantes del poder comercial y financiero que, aún bajo mascaradas de cambio, procuran la defensa de sus intereses específicos, y los sectores más vastos de la población, a veces inquietos, pero por lo común, pasivos y distantes.
    Uno de los momentos claves     en la semana de mayo, se vivió en el cabildo abierto del día 22. El obispo Lué, defensor acérrimo del orden que representaba el virrey Cisneros, adujo ante los cabildantes que nunca se había visto a una nación conquistada sublevarse contra una nación conquistadora. Juan José Castelli se burló entonces de semejante afirmación, respondiendo que si eso fuera cierto, porqué los españoles no se rendían a Napoleón. Desairado el clérigo, se dispuso celebrar una votación, aunque todavía sin acuerdo sobre la manera de hacerlo. El mismo Castelli propuso que fuera el pueblo a través del voto quien eligiese una junta de gobierno; mientras que Cornelio Saavedra,  jefe del regimiento de Patricios, planteaba que lo hiciese el Cabildo, pese a que este era un cuerpo con mayoría de españoles, adictos al virrey.
    En una primera elección, esa incongruencia se hizo manifiesta.  El Cabildo designó efectivamente una junta de gobierno presidida por Cisneros e integrada por cuatro vocales: los españoles Juan Nepomuceno Solá y José de los Santos Inchaurregui y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra, desconociendo por completo la voluntad popular. Esto provocó la reacción de las milicias y de grupos civiles movilizados por los patriotas más activos, como las “legiones infernales” de Domingo French y   Antonio Beruti. Se suele citar, especialmente, la reacción de Belgrano. Según lo relatado por Tomás Guido, en sus “Memorias”, don Manuel, encogido por largas vigilias, observando la indecisión de sus amigos, se puso de pie, súbitamente, y a paso acelerado, con el rostro sanguíneo, entró al comedor de la casa de Rodríguez Peña, y apoyando su mano derecha en la cruz de la espada, profirió un juramento: -Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por la ventana de la fortaleza.
    La incertidumbre se trasladó al día 25. Pasaba el tiempo, hacía frío, y las discusiones continuaban tan obstinadas como la lluvia.  El cabildo había convocado a los jefes militares y estos le informaron al cuerpo, por medio de Saavedra, que era imposible sostener a la Junta del 24 porque sus tropas no lo acatarían. La mayor parte de la gente, sin embargo, se iba retirando, lo que animó al síndico del Cabildo a salir al balcón y preguntar: -¿Dónde está el pueblo?-. Entonces Beruti irrumpió en la sala de sesiones, seguido por algunos “infernales”, y contestó: -Señores del Cabildo: esto ya pasa de juguete; no estamos en circunstancias de que ustedes se burlen de nosotros con sandeces. Si hasta ahora hemos procedido con prudencia, ha sido para evitar desastres y efusión de sangre. El pueblo, en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toque la campana y si es que no tiene badajo nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de ese pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto, señores decirlo ahora mismo, porque no estamos dispuestos a sufrir demoras y engaños; y si volvemos con las armas en la mano, no responderemos de nada.
    Electa, finalmente,  la Primera Junta de gobierno, quedaron consagradas también las distintas maneras de entender el cambio. Por un lado, los dueños del ingreso (comercial, territorial y aduanero), y los sectores conservadores del Ejército, lo entendieron como un simple cambio administrativo, donde ellos reemplazaban a los representantes de la corona. Mientras que, por otro lado, los pensadores democráticos, lo entendieron como un hecho revolucionario, que admitía distintos grados de participación popular. Para algunos, sus alcances debían resolverse en los términos de un nuevo contrato social, mediante acuerdos negociados entre todos los sectores con poder. Otros, como Belgrano, Moreno y Castelli, iban más lejos. Eran admiradores de la resistencia incásica, retomaban la mística y la heroicidad de las insurrecciones de Tupac Amaru, y de otros jefes incas, y pretendían una modificación radical en las relaciones productivas y sociales internas, y en el modo de parar el país frente a las grandes metrópolis de Europa. Ese movimiento, como el de muchas sinfonías memorables, permanece inconcluso, latiendo con la prédica exacta, todavía, de Mariano Moreno: -Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce, lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía.

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