Calle Angosta 2006

Palabra y Poesía - Utopías

PALABRA Y POESIA

 

    La poesía es palabra dentro de la palabra. En el primer lenguaje, las palabras fueron naciendo como un invento vertical, una sobre otra, para ir nombrando los objetos y después las sensaciones, las ideas, irguiéndose y ampliándose desde lo concreto hacia lo abstracto, desde lo simple a lo complejo. La poesía llegó más tarde como una recreación del habla, y el influjo de una melodía. Con ella, las palabras ya dadas se reunieron de un modo diferente, y elevaron su capacidad de sugerencia y de tensión, es decir, la intensidad de los significados. Dos hombres pueden amar a una mujer, pero si uno se llama Neruda le podrá decir, además, que “inclinado en la tarde, tira unas redes tristes redes a sus ojos oceánicos”.. El hecho seguirá siendo el mismo. Pero a la vez, distinto.

    Si bien su elaboración literaria es hondamente subjetiva, tanto la materia prima que utiliza un texto poético –otros hombres, relaciones, cosas, cualidades-, como las conclusiones a que llega, tienen origen y destinos externos. ¿Pero qué raro tratamiento, qué alquimia alucinante se manifiesta en medio del proceso, en el interior de cada poeta?
¿Cómo podría explicarse ese proceso lleno de misterios y conflictos, que no trata, solamente, una serie de elecciones formales –el sonido preciso, la metáfora comprensible- sino que exige, además, el consumo de las propias fuerzas del creador, el aporte de toda su vocación reveladora, todo su conocimiento, toda su capacidad para sentir y emocionares?

    No hay quien lo diga, porque no es posible. Lo único que se observa, en tanto correlato estético de aquella metamorfosis, es la negación de la lógica formal. Los poetas elaboran y entienden esas formaciones donde los árboles pueden ser negros y los animales tener pensamientos y los hombres alas, y donde, como mostraba Chaplin, los cordones de zapatos pueden comerse como si fueran tallarines. Pero en cambio se olvidan o desdeñan o rehúsan entender esos discursos plenamente lógicos, como el de quien gana veinte sueldos, y le pide comprensión y paciencia a los que, poseyendo sus mismos derechos y sus mismas necesidades, tienen que vivir con uno.

    Lo que perdura, en todo caso, es la incitación perpetua de las grandes obras hacia el valor de la belleza y el hallazgo de caminos más altos. Ese abordaje se sustenta con paciencia labriega, y el instinto, a veces adivinatorio, de los cazadores. Todos los laberintos del general Bolívar para descubrir que “la desesperación es la salud de los perdidos”,  todas las constelaciones de Luis Franco para saber que “el soldado helado en la garita no murió de frío sino de soledad”, los ojos insomnes de Alejandra Pizarnik para entender que “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”. Poemarios enteros, en suma, para tener el gusto de encontrar, en su textura enmarañada, en su atmósfera de provocaciones, las palabras que iluminen por dentro, la fortuna de compartir la vida, la felicidad de elegir con quien se la comparte.

    A veces sobrevuela la trampa de preguntas que se articulan con la lógica de los mercados, como esa que interroga sobre la “utilidad” de la poesía. Es obvio, ante ella, que si se plantea para qué “sirve” en términos similares a un kilo de carne o un litro de leche, se debería responder, sencillamente, que no, que no sirve. Pero la poesía, como la literatura en general y las artes, debe ser tratada en su ámbito específico, que es el ámbito del pensamiento humano. Y es en ese lugar donde la poesía y el arte pueden servir o no servir, pueden acompañar o no a las grandes aventuras del hombre.

    En tal sentido, una poesía que enseñe que ninguna forma de opresión puede ser eficaz ni duradera, que una flor es infinitamente más bella que el jarrón más lujoso que pueda contenerla, que un hombre no vale por lo que tiene sino por lo que es, una poesía así, sobre todo si está bien hecha y alcanza cierta difusión, puede ser tan importante como el pan.

 

UTOPIAS

 

    “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Sirve para eso, para caminar.” (Eduardo Galeano)


    Se suele presentar a las utopías, en general, como teorías o concepciones situadas en un plano irracional, o en el orden de las cosas “descabelladas”, “locas”, “risueñas”, carentes de toda posibilidad de realización. Se descalifica, en consecuencia,  cualquier clase de proyecto que no ofrezca posibilidades de realización inmediata. Y no se confrontan argumentos sobre si se trata de buenas o malas proposiciones. Se afirma, simplemente, que sus metas son “irrealizables”. 

    Si alguien planteara hoy,  por ejemplo, la supresión de la moneda para los intercambios económicos, se diría, casi sin objeciones, que eso es imposible, “utópico”, con la misma vehemencia que alguna vez se dijo lo contrario. O se sostuvo que la tierra era inmóvil y plana, y que más allá de los mares inmediatos no había tierra firme sino abismos y un vallado de monstruos. O que la sangre no se movía dentro del cuerpo o que el hombre no podía volar o que nunca se estaría en condiciones de producir alimentos para toda la gente que tuviera “la culpa” de nacer.

    Lo justo, en rigor, sería situarse en la naturaleza de cada utopía, porque las hay, ciertamente, de todo tipo. Las que plantean la hermandad de lobos y  corderos. Y las otras, aquellas que tienen un sustento de racionalidad.  Porque lejos de oponerse a la razón, lo “utópico” en realidad la complementa y se aviene con ella en el hallazgo de un “para qué”, de un sentido para sus búsquedas.

    De todos modos la utopía en es tanto un fin como un camino. Aunque objetivamente sea de verdad inalcanzable, determina las metas hacia donde una idea, un proyecto, procuran dirigirse. La utopía de que el hombre se vuelva inmortal, por ejemplo, en términos puramente racionales, no podría sostenerse. Pero sin embargo, gracias a ella, es decir por la fuerza de no aceptar los límites que tenía a la vida,  la ciencia ha trabajado sin desmayo y así hay enfermedades que se van extinguiendo, hay cirugías irrealizables que ahora se realizan, y  las expectativas de sobre-vivencia, tanto en su extensión como en su calidad, no dejan de agrandarse.

    Las utopías encierran, además, otro secreto dinámico, el de invertir los ciclos naturales. Todo ser vivo nace, se reproduce o modifica, y después muere. Así un glaciar, un rayo, un pez, un hombre, una magnolia.  Las utopías en cambio nacen del temor y la desesperanza, nacen en el territorio mismo de la muerte.  Es decir, primero hay algo en fase terminal, y de ese agotamiento, deviene algo que nace, la utopía. De los cuerpos exánimes los sueños de resurrección, de la vaciedad de la tierra los paraísos celestiales,  de las montañas de salitre la insistencia del agua, de los claustros oscuros la imitación de la luz, de las instituciones petrificadas por la injusticia la llama de los cambios sociales, del cansancio de los pies y la brevedad de un horizonte, la gestación del vuelo. Y en el fondo de todo ello, dándose otra vez mano con la razón, frente a un mundo ruinoso y –finalmente- perecedero, las iluminaciones del espacio infinito.

Copyright  Power by PageCreative