Calle Angosta 2006

Con la luz de Bayer - Noam Chomsky

CON LA LUZ DE BAYER

 

    Acaba de realizarse una nueva edición de la Feria Provincial del Libro, un hecho que ha recibido algunas críticas por la supuesta baja participación de escritores locales. No parece, sin embargo,  que ellas sean contundentes y justas. Es obvio que no existe el Di Benedetto vivo, ni el Tejada Gómez vivo, ni el Fernando Lorenzo vivo. Vale decir, esa clase de escritores que “no pueden faltar”. Estuvieron presentes, de todos modos, varios autores mendocinos destacados, por lo que no podría hablarse de exclusiones notables, y mucho menos, maliciosas. La mirada correcta debe hacerse, pues, en base a las presencias y no a las omisiones –que, además, nunca pueden evitarse, ya que aún actuando con la mejor calidad electiva, no es posible invitar a todos quienes lo merecen y menos todavía que tales merecimientos sean aceptados de manera unánime.  
    La Feria tuvo, por otra parte, un invitado con golpe de “knock-out”. Uno de esos nombres que hubieran bastado, por sí solos, para justificarla. Fue Osvaldo Bayer, quien gracias al auspicio de la librería “Florencia” y del Centro Cultural de la Cooperación, vino a presentar dos libros, “Historia de la crueldad argentina” (tomo I), y “30 años, un país. El pañuelo sigue haciendo historia”. Y en sendos actos,  multitudinarios y casi litúrgicos, dejó en Mendoza la claridad y la fuerza de su palabra, la vitalidad de sus ochenta años, y sobre todo, la marca de su estatura ética.    
    Congruente con ella, hizo referencias muy duras con respecto al papel de los intelectuales durante el último proceso militar. Se refirió, por supuesto, a las conocidas reverencias que le hicieron a Videla, en su momento, Borges y Sábato. “Aunque Borges tuvo al menos la humildad de reconocer, más tarde, que se había equivocado -dijo Bayer- Lo que nunca hizo Sábato”. Por eso, siguió diciendo el guionista de “La Patagonia Rebelde”, “es incomprensible que se lo haya designado para integrar la CONADEP; lo mismo que pasó con la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, súbitamente democrática, luego de haber cumplido funciones de prensa al servicio Martínez de Hoz”.
    Elogió, en cambio, la actitud mantenida por Julio Cortázar, quien puso en funcionamiento toda su energía, sus influencias y su prestigio, denunciando ante el mundo lo que estaba ocurriendo en Argentina, y en especial, ayudando a los compatriotas exilados; por lo cual tuvo que recibir una fuerte campaña en su contra, “desatada por muchos escritores que buscaban afianzar sus nombres a la sombra de la dictadura, entre ellos Luis Gregorich, Abelardo Castillo o Liliana Heker”. Algunas expresiones de estos autores, reproducidas por Bayer, causaron hilaridad. Tal vez el resumen podría ser este: “No son tantos los escritores exilados, ni tan importantes; los mejores nos hemos quedado, y no estamos en el juego de quienes se empeñan en falsear la imagen del país”.
    Otro personaje recordado, no precisamente por sus antecedentes literarios, sino por su pasado mendocino, fue Julio César Santuccione, quien, en momentos de salir Bayer hacia el exilio, en 1976, era el Jefe del Aeropuerto de Ezeiza. “Hubo una larga demora, y seguramente muchas discusiones internas -contaba Bayer-. El caso es que no querían que yo saliera, pero tampoco podían enfrentarse con la Embajada de Alemania, que me protegía. Así que, finalmente vino Santuccione, me miró con dureza, y me dijo:
-Usted se va a ir, porque nosotros respetamos y admiramos a la Nación que le da asilo, cuyo pueblo luchó tan bravamente en dos guerras mundiales…Pero recuerde bien esto: Usted nunca, nunca, va a volver a pisar el suelo de la patria”.
     Sin embargo, ocho años más tarde lo hizo, aunque hallando, según su propio recuerdo, “un país distinto, convaleciente, sin esperanzas; nada que ver con el país que había dejado”. Y agregaba: “En otro intento por reconstruir mis relaciones, mis afectos, fui a la sede de la SADE, que yo había integrado y donde esperaba reencontrarme con algunos amigos, pero nada de eso pasó. Fui atendido por una secretaria que luego de subir a consultar volvió para decirme que no había nadie. Después me preguntó si yo era realmente Osvaldo Bayer. Le dije que sí. Y entonces me contestó: -Ah entonces, señor, aprovecho para recordarle algo, usted está debiendo ocho años de cuotas..”
    En otro pasaje se refirió a uno de los libros que estaba presentando, sobre el período roquista de las “crueldades argentinas”. “El General Roca –dijo Bayer- fue el primer gran genocida de nuestra historia. Y el gran trofeo de la conquista del desierto fue la tierra pública que distribuyó entre sus amigos. Sarmiento quería distribuirla entre cincuenta mil colonos que fueran la base de un desarrollo agroindustrial. Pero perdió. Roca la repartió entre cincuenta familias”.

 

NOAM CHOMSKY

 

    Desde fines del año pasado, luego de recomendar la lectura de “Hegemonía o Supervivencia”, del lingüista Noam Chomsky, estaba entre los borradores de “Calle angosta” una breve reseña de la obra. Pero recién ahora, y por derivación de un hecho externo, se concreta. Ha ocurrido, justamente, que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de reabrir el “cofre del tesoro”; y hablando en la Asamblea de las Naciones Unidas, lo recomendó a todos los estadistas presentes. Su foto, mostrando un ejemplar del libro, fue ampliamente difundida por la prensa mundial, dando lugar a un sorpresivo efecto mediático. En pocos días, según datos de Amazon -la mayor librería virtual del mundo-, subió desde lugares remotísimos al primer puesto en el ranking de ventas.
    La obra lo merece, ya que constituye un aporte trascendental para la comprensión de los sucesos históricos de las últimas décadas, y una pintura terminante del futuro que se tiene a la vista. Rigurosa, analítica, profusamente documentada, se desarrolla dentro de un cuadro de relaciones casuales, donde cada parte se inserta, con exactitud, dentro de un orden mucho más abarcador que las explica, y es la vez, explicado por ellas. Nada de lo que sucede en cada conflicto del espacio global, es independiente o fortuito. Y nada de lo que se discute es ajeno a la suerte de cada pueblo, ni puede sustraerse de la voluntad imperial de un solo país, convertido en regente del mundo.
    Sea desconociendo la autodeterminación de los pueblos, como en Cuba o en Nicaragua, o en Chile, donde contribuyeron al derrocamiento de un gobierno legítimo. Sea imponiendo sanciones económicas que afectan a poblaciones enteras y terminan fortaleciendo a los grupos que quieren desplazar. Sea propiciando o sosteniendo dictaduras sangrientas, “bendecidas” en tanto impongan a sus países una alineación subordinada. Sea promoviendo y armando a personajes como Sadam Hussein y grupos como los talibanes de Afganistán, que recién se vuelven terroristas execrables cuando se salen de control y persiguen sus propios fines.  Sea prodigando ayudas militares para el fogoneo de guerras civiles o el exterminio de opositores legales, como en Colombia y otros países de Centroamérica. Sea avalando el asesinato de cientos de miles de personas, en Timor Oriental, ejecutado por los militares indonesios. Sea instalando bases militares cerca de cada fuente de provisiones estratégicas, en infinidad de países. Sea dirigiendo sus misiles hacia objetivos civiles en Sudán, produciendo la muerte de millares de habitantes. Sea instigando el bombardeo de Kosovo, por fines supuestamente humanitarios, pero favoreciendo, en los hechos, la “limpieza étnica” de la población albanesa por parte del gobierno serbio. Sea, en fin, alrededor de todos los hechos destacados de la historia, desde comienzos de la guerra fría hasta el presente, el mundo se encuentra atravesado por la presencia hegemónica de los Estados Unidos, no por el efecto natural de un crecimiento, que alcanza y se refleja en otros países, sino por una férrea y clarísima decisión política imperialista,  cuyo objetivo es perpetuarse en el usufructo del dominio global, mediante el control de los recursos estratégicos del mundo, y por supuesto, su poderío bélico aplastante.
    Chomsky, por otra parte, como eximio lingüista, inunda el libro, y hasta le acuerda cierta forma de humor, con un glosario de falsedades verbales. Debajo de la retórica engañosa que se instala para cada ocasión, subyace la verdad de los intereses concretos. Las mismas acciones deplorables, si son realizadas por Estados Unidos o sus aliados, como Inglaterra o Israel, se ajustan a derecho y son humanitarias. Si las realizan “los otros” se convierten en puro terrorismo. El caso de Irak, la última y más atroz demostración de fuerza irracional, injustificada, y con efectos totalmente contrarios a los fines que originariamente se invocaran, es patético. Las fuerzas invasoras bombardearon ciudades enteras,  mataron miles de personas inocentes, destruyeron tesoros arqueológicos, impusieron gobernantes adictos y se apropiaron de su petróleo; pero…si algún iraquí ofrece resistencia, será tratado como un terrorista incorregible.  ¡Ni qué hablar cuando se trata de definir el concepto de “guerra justa”! Guerras justas sólo aquellas donde las fuerzas de USA “deben acudir, en defensa del mundo”. O donde participan sus socios. Los ingleses en Malvinas o los israelíes en el Líbano. Pero no son justas las demás. Ni la que librara Mandela en Sudáfrica en contra del “apart-head”, ni la que libran los palestinos, expulsados de su propia tierra. Chomsky recuerda una votación histórica que se produjo en la ONU, en 1987, en torno a este concepto, donde se admitía el derecho de resistencia de los pueblos sometidos por regímenes coloniales o racistas o por una ocupación extranjera. La votación se resolvió con 153 votos a favor de este derecho, una abstención (la de Honduras) y dos votos en contra: ¡Estados Unidos e Israel!
     La probadamente fracasada política de “contra-terrorismo” por agudización del terror no tiene plazos. Es decir, su ejecución no tiene fin, implica lisa y llanamente la guerra eterna, lo cual garantiza la primacía de quien ya tiene la fuerza máxima y puede acomodar a ella cualquier forma de la razón. “No sabemos cuántas guerras se necesitarán para asegurar la libertad en la patria”, dijo Bush. El mismo hombre que después se pregunta, con extrañeza, “por qué nos odian tanto”.
    Siguiendo a Ernst Mayer –uno de los grandes biólogos contemporáneos- Chomsky aporta el dato de que solamente una, entre 50.000 millones de especies, “alcanzó el tipo de inteligencia necesario para crear una civilización”. El hombre pudo haber sido, en consecuencia, “un error biológico”. La inferencia es obvia. Los líderes actuales, que anteponen el concepto de hegemonía al de supervivencia, y se muestran menos listos que las bacterias y las cucarachas, están haciendo todo lo posible para enmendar aquel error.

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