Calle Angosta 2006

Fusilen al poeta - Sangre de Gaucho

FUSILEN AL POETA

 

     El 17 de julio de 1936, el general Franco encabezó un levantamiento contra el gobierno democrático de la República española, dando comienzo a una guerra civil que habría de durar tres años. Un mes después, en Granada, Federico García Lorca, una de las plumas más gloriosas de la lengua castellana, era detenido e inmediatamente fusilado por fuerzas fascistas, leales al militar insurrecto. ¿Cuál había sido su delito? ¿Cuál su falla, su terrible pecado?
     El era, en verdad, una persona inofensiva. Apenas un autor de teatro, un músico, un poeta, un dibujante.  No era un soldado dispuesto a la pelea, ni un trabajador alzado en armas contra la miseria. Había elegido, sin embargo, con quienes compartir el arte que lo desbordaba, ocupando un tiempo, siguiendo un camino, derivando una forma hacia el lugar exacto. Allí donde estaba el oprimido, el pobre, el engañado.
     Las dictaduras de cualquier pelaje tienen, bajo el escudo de su ferocidad, una pupila abarcadora y atenta. Ella se puede dirigir a todos, pero se fija, especialmente, en algunos sujetos “indeseables”, esos que llevan la explicación, la causa, el argumento, al espacio que pueblan, como diría Frantz Fanon, “los condenados de la tierra”.
     Por eso Federico muere hace sesenta años, pero había empezado a morir mucho tiempo antes. Cuando escribe, por ejemplo, el drama “Mariana Pineda”, en homenaje a la heroína libertaria detenida y muerta bajo el absolutismo de Fernando VII; y se atreve a estrenarlo, además, en plena dictadura de Primo de Rivera.
     Cuando publica el “Romancero Gitano”, instaurando una poética nueva y trascendental, donde lo lírico, lo simbólico, se apoyan sobre las huellas humanas, sobre lo más fino y decantado de la memoria del pueblo.
    Cuando reside en Nueva York, y descubre sus venas en conflicto. La soledad, la angustia de los desocupados, los negros, las grandes masas escondidas bajo la geometría de los rascacielos y la voracidad escandalosa de los mercaderes sin ley. Y lo escribe en sus poemas.
    Cuando crea el teatro universitario ambulante “La Barraca”, con el que se ofrece, a “la gente sencilla del pueblo, a los trabajadores, a los estudiantes”, las grandes obras del teatro español clásico. “Hay millones de hombres que no han visto teatro –decía-, pero ah, ¡cómo saben verlo cuando lo ven!”     
     Cuando colabora para crear, en toda España, clubes teatrales, siempre con el mismo objetivo, poner el teatro al alcance de quienes no lo han visto, porque en ellos se anidaba, según su concepción, el sentimiento de lo trágico, que sostiene toda su vitalidad.
     Cuando se burla del “arte por el arte”, y asegura: “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír junto a su pueblo”. Cuando estrena “Yerma”, con Margarita Xirgú, desafiando las amenazas y protestas de los grupos fascistas.
     Cuando participa en actos políticos a favor del Frente Popular. O cuando formula su opción, sin eufemismos,  ante la guerra próxima: -YO SIEMPRE SOY ESTARÉ EN EL PARTIDO DE LOS POBRES. SIEMPRE SERÉ PARTIDARIO DE LOS QUE NO TIENEN NADA Y HASTA LA TRANQUILIDAD DE LA NADA SE LES NIEGA (…) EN EL MUNDO YA NO LUCHAN FUERZAS HUMANAS SINO TELÚRICAS. A MÍ ME PONEN EN UNA BALANZA EL RESULTADO DE ESTA LUCHA: AQUÍ TODO TU DOLOR Y TU SACRIFICIO, AQUÍ LA JUSTICIA PARA TODOS. Y ENTONCES, AÚN CON LA ANGUSTIA DEL TRÁNSITO HACIE EL FUTURO QUE YA SE PRESIENTE PERO SE DESCONOCE, YO ELIJO ESTE PLATILLO, Y DESCARGO MI PUÑO.
    Por este tipo de cosas lo mataron. No por error, no por la simbología de sus metáforas ni el vuelo de sus musas. Lo peligroso era su pasión,  su voz, su sangre en movimiento. Pero si las dictaduras suelen ser certeras en la elección de sus victimarios, no pueden fusilar al tiempo. Siempre la verdad se abre paso y las víctimas vuelven a cantar, vuelven a ser parte fecunda de la tierra que amaron.

 

SANGRE DE GAUCHO

 

    Ante otro aniversario de la muerte de D. F. Sarmiento, habrán de sucederse las recordaciones fluctuantes entre lo meramente anecdótico y la repetición de lugares comunes que, con frecuencia, conducen a la deformación o el bloqueo de su pensamiento.
    Con el sanjuanino pasa lo mismo que con San Martín, a quien se le despoja de su visión anticolonialista y revolucionaria, y se le borra su pelea contra la alianza de clases anti-populares de  Buenos Aires, erigidas en su tiempo como centro del poder del país; y así termina convertido en santo de museo, excelente padre de familia, sencillo, honesto, retirado y pacífico. Coincidentemente, el pensamiento conservador argentino difunde a Sarmiento como pro-hombre de un período de transición fundamental, entre “la tiranía” aislacionista, y el país moderno que ingresa al siglo XX, y del cual él sería uno de los artífices.
    Pero aquella Argentina concebida simplemente como estancia y granero del mundo, y atada a la rueda del capital financiero internacional, no era en verdad la que Sarmiento había buscado. “Roca hace y hará –decía en carta a Posse- todo lo que quiera, para eso tiene una república sin ciudadanos (..) sin otro propósito que buscar dinero por todos los caminos, con preferencia los peores en el sentido de la honradez. ¡Qué chasco nos hemos dado con la inmigración extranjera!  Estos gringos que hemos hecho venir son aliados naturales de todos los gobiernos ladrones por la buena comisión que cobran ayudándolos en las empresas rapaces”. Y agregaba: “mi rol es imposible en el mundo financiero que nos domina. Mi palabra es la voz en el desierto”.
    Este Sarmiento maduro, que comprueba el fracaso de su lucha contra el latifundio, y que advierte los peligros del endeudamiento público para la realización de negocios privados, expone sus temores sobre el destino pastoril y deudor del país, desde un punto de vista absolutamente desprejuiciado y nacional, volviendo en ocasiones de sus propios errores del pasado. Hay uno, en especial, que algunos críticos agitan con frecuencia. Está contenido en una carta a Mitre de 1861, en la cual le aconseja no ahorrar sangre de gaucho, que es lo único que tienen de humano. Esa expresión corresponde a la peor etapa de Sarmiento. Es incorrecta, sin dudas. Pero no es la frase de un dictador asesino, como los tantos que luego reinaron en el país. Es la frase de un pensador urgido por sentar las bases para el desarrollo material del país, y que, ante la inexistencia de una burguesía progresista, apuesta por los hacendados y terratenientes, los únicos a quienes veía con posibilidades reales de conseguirlo, los únicos que podrían estar interesados en el desarrollo de las fuerzas productivas, el mejoramiento de las razas pecuarias, la mecanización, el ferrocarril, el telégrafo, la industria naval, la matemática, la química, y en general todas las condiciones requeridas para construir la infraestructura de un desarrollo consistente.
Sarmiento hace, además,  en ese momento, una lectura dialéctica de la historia, y en particular el proceso de expansión  del capitalismo, que arrastraba a todos los pueblos del orbe, aunque a veces fuera por métodos bárbaros, a la órbita del desarrollo que nacía de su dinámica incontenible. “Este procedimiento terrible de la razón –decía el mismo Sarmiento- es, como la guerra misma, como la conquista. Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de un territorio privilegiado, pero gracias a estas injusticias se consuma el progreso…La población del mundo está sujeta a revoluciones que reconocen leyes inmutables”.
    Sarmiento podía equivocarse. Y lo hizo con frecuencia, siempre encendido, pendenciero, y muchas veces bárbaro y genial. Pero nunca se movió  en las nubes de la abstracción, el puritanismo “en general”, el desarrollo “en general”, sino en el terreno de los hechos concretos y del riesgo. Y aún sin partido y sin clase progresista donde respaldarse (como en los Estados Unidos lo fue su burguesía industrial) libró batallas memorables por la grandeza del país. Murió en el exilio, decepcionado y pobre, pero antes marcó a fuego a los culpables del atraso, los mi

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