Calle Angosta 2006

Escritores - Derrotas

ESCRITORES

 

   Casi todos los gremios o actividades tienen su día, no parece mal que los escritores tengan el suyo. Eso da lugar, como recientemente se ha producido, a celebraciones y comentarios alusivos, de acuerdo con una agenda más o menos uniforme. Se trata de una situación que, pese a ser difícilmente modificable, reinstala, por lo menos, cada año, la posibilidad de hacer algunas reflexiones por parte de quienes de uno u otro modo están cerca del tema.

Por lo pronto cabe expresar algún reparo sobre los dos nombres que sirven, básicamente, para marcar el Día del Escritor, es decir, Lugones y Borges. Con respecto al primero se podría hacer un largo debate sobre su verdadero rol dentro de la cultura y las letras argentinas. Pero si lo analizamos de acuerdo con el Lugones final, el que precede (o conduce) al suicida abatido, el que dice su "última palabra", es obvio que no constituye una elección feliz, porque ése es el poeta que abjura del pensamiento, reniega de la materia básica fundamental de quien escribe, es decir, la palabra, que simboliza el diálogo y la razón, y adhiere fervorosamente a una dictadura que venía a reemplazarla por la espada. No una que se alzara por la justicia y el progreso, como pudo hacerlo la de San Martín o la de Güemes, sino la espada traidora, la que se tomaba del propio pueblo para quitarle sus derechos. ¿Puede ser ese un legado que contribuya a la honra de Lugones? ¿Puede ser entonces ese nombre el que respalde mejor a un escritor?

Con respecto a Borges se produce otra clase de prevención. No existen dudas, naturalmente, en cuanto a su grandeza como escritor. Pero sí las hay en cuanto a los alcances de una idealización que trasciende lo estrictamente literario. Y que, de la mano de sectores alineados bajo la idea excluyente, fundamentalista, de un arte puramente ficcional, a-histórico, abstracto y desligado de la realidad, se corporice bajo su nombre un modelo de escritor ideal que excluya o postergue a quienes desarrollan otra clase de vínculos con lo real, lo social y lo histórico concreto. Borges no es del todo inocente en esta confusión, pues con frecuencia puso su voz, su poderosa voz, en actitud de desdén o silencio ante expresiones de literatura más carnal, más próximas, temáticamente, a los conflictos y las necesidades inmediatas del hombre. Para él, cualquier hecho terrenal y cercano, aunque involucrase a un pueblo entero en la elección de un destino, no tenía más realidad que la Biblioteca de Alejandría. Lo cual no compromete, por supuesto, su calidad literaria ni el derecho sabiamente ejercido de pensar y expresar su mundo de la manera que él quisiera. Ni es tampoco algo que uno tenga en cuenta en el momento de vivir horas de felicidad leyendo cualquiera de sus relatos. Pero sí compromete el concepto de hombre total, que uno admira y rescata en la mayoría de los grandes escritores de cualquier época, y bajo cuya proyección humanista, hubiera sido, tal vez, más apropiado, buscar para esta fecha el referente canónico.

Bienvenida la literatura ficcional "pura", el deleite de la palabra sin lugar y sin tiempo, y aun sin hombres, mientras sea buena literatura, pero sobre todo, mientras no se la quiera imponer como la única posible, la única que acuerda "títulos de grandeza", que es el error al que puede conducir el endiosamiento de Borges, quien, por otra parte, no era un ser a-político, o indiferente a la política, ya que, muchas veces expuso sobre ella, y hasta llegó a protagonizar gestos tristemente elocuentes.

Hay entre ellos uno notable, sobre el cual tal vez Borges no haya sido plenamente consciente, pero que lo marca con dureza. Es su visita a la Junta de Comandantes que acababa de iniciar un proceso tristísimo de la historia argentina, y sobre la que él abría una carta de esperanza, mientras otros escritores, como Rodolfo Walsh o Haroldo Conti, pagaban su oposición con la vida, o bien, como Antonio Di Benedetto, eran condenados a la prisión o el exilio.

No es lo mismo que se equivocara un relator de fútbol, a que lo hiciera, tan malamente, un escritor, que además, en otros terrenos, era increíblemente lúcido. Por eso, la pretensión razonable es que haya un mínimo de equilibrio. Ni Borges era el escritor execrable del izquierdismo "realista" de hace tres o cuatro décadas. Ni es el paradigma absoluto del actual coro (casi) unánime. Él mismo lo previó en su momento:

-Yo no soy importante, ni merezco el cielo o el infierno. Lo mejor es pasar desapercibido. ¡Imagínense si después de esta vida todavía tenemos que afrontar un juicio!

 

(24/06/2006)

 

 

DERROTAS

 

  Las “grandes vidrieras” de la sociedad, las referencias ejemplares del mundo moderno, se hallan ocupadas por una nueva raza humana que no se visualiza por su color, su historia, sus ideas, sino por sus “niveles de éxito”. Películas, revistas, programas de televisión, infinidad de alusiones en la parafernalia mediática, han instalado como paradigma a los “triunfadores” rotundos, los que se destacan sobre la gran masa de vencidos anónimos por las habilidades o circunstancias más diversas, desde amasar una fortuna económica hasta ligarse a los encantos de un pekinesa en una exposición de perros, desde ser quien asesta sobre un ring las mejores trompadas hasta brillar en un concurso que premia la dimensión del busto, desde poseer el karma de la seducción sexual hasta ser quienes mejor embocan una pelotita dentro de un hoyo, pegándole con un palo.
    Las proposiciones son vastas, pero el rigor de los resultados invariable. De un lado los que ganan, del otro los que pierden, es decir, aquellos ante quienes siempre es bueno tomar cierta distancia. No existen términos medios ni atenuaciones. De tal modo,  la condena social al derrotado –es un “loser”, suelen decir los jovencitos-, no sólo resulta desmedida sino también, muchas veces, inconsistente en su esencia, sobre todo cuando se establecen objetivos de supremacía arbitrarios y excluyentes; ajenos, por completo, al ideal de quienes resultan destinatarios del “castigo”. Así, se considera “perdedores” a quienes no acumulan cierta masa de bienes materiales, a quienes no se casan y desarrollan una familia “normal”, a quienes en un estudio no sacan las mejores notas, a quienes no usan ropas de ciertas marcas, etc., aunque tales “metas” nunca hayan estado dentro de sus búsquedas, es decir, aunque hayan ejercido su derecho a la diversidad,  rechazando esa manera de  competir, forzosamente, por cuestiones que no consideran sustanciales.
    Tampoco cuentan las diferentes situaciones desde las cuales cada uno parte,
y hasta han pasado a un segundo plano las exigencias éticas. Lo que importa es “ganar”,  y no la calidad de los recursos. Mentir, sobornar, intimidar, y otras acciones ilegítimas y hasta violentas, devienen aceptables en tanto conduzcan a los resultados que se persiguen. Sea conquistar un país, imponer un candidato electoral o acertar en las apuestas del “totocalcio”. Y a la inversa, la “condenación eterna” ha dejado de ser el destino de los herejes, los suicidas o los avarientos, para ser el destino de los “perdedores”.
    Hay determinados acontecimientos, como el que se acaba de vivir en torno a un campeonato de fútbol ecuménico, donde el “culto al éxito” se exacerba y alcanza niveles de dramatismo irracional. En Brasil, por ejemplo, hubo fanáticos que incendiaron la estatua del jugador Ronaldinho, consumando una doble ridiculez. Primero que se la hubiera construido, y segundo, que se la destruyera por algo tan insignificante como el resultado de un juego,  donde siempre existe un oponente tenaz, un rival que tiene exactamente las mismas chances y pretensiones que el equipo propio, y donde no existe, por lo tanto,  ninguna superioridad garantizada. En esta clase de competiciones la victoria nunca puede ser una certeza. Apenas es una posibilidad ligada al desempeño humano, que siempre tiene sus desniveles, sus accidentes y sus posibilidades de error.
    Se debería recordar, en  todo caso, el espíritu de la ciencia, que sufre cien derrotas antes de lograr un solo acierto –y aún así, provisorio y parcial-.  O volver al mismo sano, antiguo y olvidado sentido del deporte, donde el verdadero triunfo de cada uno consiste en haber dado lo mejor de sí, aceptando después, con hidalguía, los méritos de quien haya sido superior, sin que por ello su propio, supremo esfuerzo, se desmerezca. O los ejemplos de la historia, construcción  insoslayable de los derrotados. Desde Espartaco a Lincoln, víctimas del odio de los esclavistas.  O desde Jesús a Gandhi, caídos en la huellas de sangre  de los grandes imperios. O los otros, los más anónimos y repetidos, los de quienes todos los días se levantan al alba, encienden las luces, los hornos, las calderas, y sostienen, de derrota en derrota, una lucha invisible y eterna, la de sus fuegos alineados contra la frialdad el  mundo.

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