Calle Angosta 2006

Borges y el futbol - Aullido

BORGES Y EL FUTBOL

 

    La idea era efectuar algunas referencias sobre el fútbol, dado que ayer se ha iniciado un nuevo campeonato mundial, y hasta la cultura aparece atravesada por el frenesí caótico que, luego de cuatro años de preparación, estalla con la fuerza de un Apocalipsis; y difiere, por treinta días, todo intento de relación normal. Hasta gente habitualmente seria, bien pensante, que observa los hechos de la vida con lúcida inquietud, se desmorona, y alza banderas nacionales, discute, canta el himno, asume con excluyente triunfalismo la natural posibilidad de ganar o perder que tiene cualquier juego, y no descarta que luego de la gran guerra deportiva se pueda vivir en un país mejor o no según la suerte de los resultados.
    Pero también sucede que hoy el tema del suplemento es Borges. Por lo que también se abría la idea de aludirlo, y además, como si ello fuera posible, de alguna manera original. Por lo que, aún desechando (por irrealizable) este último objetivo, se ha planteado ligar los dos temas.
    Valga, como primer recuerdo, que justamente cuando comenzaba el Mundial del 1978, en Argentina, Borges expuso su disconformidad, apelando a la única arma que sabía usar, la del gesto irónico. El mismo día y a la misma hora de iniciación del campeonato, el escritor, en disputa con Kempes o Fillol, y de algún modo inconsciente con la propia Junta Militar, convocó a una conferencia simbólica. Su tema,  “la inmortalidad”, no preocupaba a nadie, pero alzaba, al menos, una voz,  con el encanto de la disonancia.
    Poco después, ante la convocatoria de una revista de moda, la presencia del autor de “Inquisiciones” coincidió con la de del técnico de la selección argentina, César Menotti. Al retirarse, Borges habría comentado: - No entiendo a este muchacho, tan inteligente que parece, y se pasó todo el tiempo hablando de fútbol..
    En otro reportaje, a Borges le preguntaron sobre su infancia. El periodista le dijo:
-Pero cuando usted era chico, habrá salido de su casa, habrá jugado con otros niños. ¿Nunca jugó al fútbol?- La respuesta, como era habitual en él, fue casi burlona, pero llena de humor: - No, eso era cosa de los niños bien de los colegios de Lomas o de Belgrano. Yo en aquellos tiempo sólo soñaba con ser un cuchillero..
    En la “Historia de Rosendo Juárez” (“El Informe de Brodie”, 1970) dice algo en concordancia: “Aprendí a vistear con los otros, con un palo tiznado. Todavía no nos había ganado el fútbol, que era cosa de los ingleses”. Y por la misma época, en el capítulo IV de “Evaristo Carriego”, se lamenta: “Ya la gimnasia interesaba más que la muerte: los chicos ignoraban el visteo por atender al football, rebautizado por desidia vernácula el fobal”. 
En otro momento busca definirlo: “Me parece una forma del tedio. Además al argentino no le gusta el fútbol.  Le gusta ver ganar a tal o cual cuadro. Fútbol en sí, no. Yo nunca he oído decir a la gente: ¡Caramba, yo soy de San Lorenzo de Almagro, pero qué bien ha ganado Boca! ¡Qué contento que estoy! Entonces el fútbol no le interesa.” Y enseguida sostiene, ya en tono de condenación:  “Algo ha pasado en esta patria, que antes la gente estaba preocupada por el duelo, por el honor, y ahora todos los hombres corren tontamente detrás de una pelota de fútbol”.
    Otro escritor, y además fino humorista, Alejandro Dolina, creyó oportuno replicarle:
“ ..sería lo mismo que considerar a las obras literarias como una mezcla de litros de tinta con kilos de papel”. Lo cual es cierto, pero demasiado obvio. Dolina respondió con seriedad a lo que Borges, fiel a su estilo, había dicho como un divertimento. Al cuchillero frustrado no le importaba la justicia sino la razón -cubierta, para el caso, con la inocencia de una metáfora.
    Esa era la manera de Borges, hasta para los temas importantes. ¿No habría de utilizarla para una cosa menor, y accesoria, como el fútbol?
    Borges estaba absolutamente convencido de sus afirmaciones. Pero “por las dudas”, dado que a pesar de auto-disminuirse trabajaba para la inmortalidad, y sabía del valor relativo de cualquier certeza, buscaba disminuir su rigor. Convocaba para su equipo personal a la duda, los puntos suspensivos y su propia, proclamada, “ignorancia”. Sin embargo y a despecho de su incapacidad para entender la dialéctica de los procesos de cambio, dejó la cancha llena de genialidades.
    No se llevaba bien con la realidad, es cierto. Siempre se refirió a la democracia, al rol de los sujetos históricos, a la formación de la conciencia popular, etc., como simples oposiciones de lo blanco y lo negro. Sin embargo, la realidad se ha llevado bien con él.   Lo bueno de Borges le resulta tan maravilloso que basta y sobra para el olvido de sus tropiezos. Tal vez con el fútbol sucede lo contrario. Lo malo -su irradiación compulsiva y sin proporciones,  su función anestésica- conforma un núcleo tan enfermizo y banal, que diluye la gracia de sus grandes magos.

 

AULLIDO

 

   Hace cincuenta años, aparecía una de esas contadas obras poéticas capaces de reunir, en el breve espacio físico de un libro, el fermento literario y la captación de un momento histórico trascendental. Su autor, Allen Ginsberg, la llamó “Hwol” (aullido), y aunque su origen haya sido, en principio, libre, fortuito, individual, como el de cualquier obra, un conjunto de circunstancias la convirtieron en una expresión creativa única, una pieza clave dentro de las letras y la sociedad de su tiempo.       
    Las relaciones internas en los Estados Unidos alrededor de los años ’50, es decir, en la inmediata post-guerra, mostraban una sociedad de palpitaciones densas y contradictorias, que tensaba sus medios de irrupción en el mundo. Entre el orgullo por la victoria bélica y el apresto hegemónico, por un lado, y los temores frente al insinuante bloque socialista, por el otro, el ámbito cultural recogía el dilema de una visión imperialista indiferente a la suerte de cada hombre concreto –expresada, por ejemplo, en la “caza de brujas” del senador Mc Carthy-, y la angustia de quienes se preveían meras piezas irrelevantes, sustituibles, bajo el dominios del poder militar y las estadísticas económicas.
    En ese clima, se abría la necesidad expresiva del hombre que reconoce su condición  de vivir bajo la amenaza de una muerte instantánea por estallido atómico, una muerte ligada de las decisiones de guerra del Estado o bien una muerte lenta por saturación del conformismo, ante lo cual, la única respuesta consciente se presentaba en los términos de una fuga activa. Eran los actores del fenómeno “hipster” –según lo llamara Norman Mailer- cuya respuesta consistía en “divorciarse de la sociedad, existir sin raíces, y embarcarse en un viaje desconocido bajo los imperativos rebeldes del propio ser”.  El correlato artístico, básicamente musical y poético, fue el movimiento beatnik, cuya primera
y perdurable detonación fue precisamente “Howl”, grito terrible que Allen Ginsberg parece emitir desde las puertas de un despeñadero.
    Acá está  el caos, dice, sin intentar explicaciones ni definir enmiendas ni condenas. Sin entrever ninguna salvación, pero eludiendo cualquier forma de ocultamiento. El mismo poeta, lejos de ser un observador privilegiado, participa junto a quienes quiere y a quienes rechaza, de todos los horrores. Sus versos son cabezas coronadas con laureles de olvido. Son los que saltaron desde el puente de Brooklyn para perderse en calles fantasmales sin gozar siquiera de una cerveza gratis, los que arrojaron ensaladas de papas a los conferenciantes sobre dadaísmo, los que se fueron a cualquier parte sin dejar atrás corazones destrozados, los que alzaron tragedias “con luz de Blake, entre los eruditos de la guerra”, los que se arrastraban cada noche por las nubes de una dosis furiosa, los que se quemaron los brazos con la brasa del cigarrillo para repudiar la neblina de tabaco del capitalismo, los que caminaron con los zapatos llenos de sangre buscando las puertas entreabiertas a las salas del opio, los taxistas borrachos que atropellaban a los regimientos de la moda o a los fabricantes de clavicordios o a los animales y los huevos podridos. Y esos versos, unidos o yuxtapuestos o negados entre sí, son infinitamente algo más que la buena o mala cara de los hombres o de sus acciones, son los elementos con los que Ginsberg recrea "la sintaxis y la métrica de la pobre prosa humana". Los elementos que conforman el gran poema de la vida, que rehúsa los apremios estéticos  para no ser otra cosa que ardor de eternidad. Y justamente es el respeto por la magnitud del tiempo, el tono elegíaco con que Ginsberg describe las más diversas situaciones, lo que le acuerda a su poesía una suerte de vitalidad sacra, sin la cual ella misma sucumbiría en el gran proceso disolutivo del que participa.
    Entre el Infierno como una certidumbre viva y asfixiante, y el Cielo siempre presente aunque sea como referencia tácita, o si se quiere, como acechanza temporal, Ginsberg instala su cuña de poeta moderno, que elabora bajo el signo de la "profanidad sagrada": El dominio y la permanencia cotidiana de todo lo profano, y la sacralidad como una conjetura forzosa y vigilante de cada ser activo. Para ello convoca, una y otra vez, a sus amigos y sus fantasmas, y estalla en fragmentos épicos, como los del cierre de "Sutra del Girasol":

          -No somos nuestra piel mugrienta, no somos nuestra espantosa locomotora desolada polvorienta y sin imágenes, todos somos hermosísimos girasoles dorados en nuestro interior y estamos benditos por nuestra propia semilla.

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