Calle Angosta 2006

Ecos del 24 de Marzo - Otro Judas

ECOS DEL 24 DE MARZO

 

   Los más diversos sectores, organismos y personalidades de la vida nacional, se han ocupado con largueza, en los últimos días, del golpe institucional llevado a cabo, hace treinta años, por la Junta de Comandantes Militares. No estuvo ausente, por supuesto, el campo de la cultura, en toda su diversidad expresiva. Artes visuales, letras, música, teatro, independientes o integrados, individuales o masivos, repartidos en la vasta geografía del país.
    Las demostraciones, en su conjunto, tuvieron un efecto contundente. Pero si cada pequeño o gran hecho conmemorativo tuvo su propio, intransferible valor, una visión global despierta, en cambio, ciertas prevenciones. Básicamente en torno a los riesgos de una lectura maniquea de la historia, y a las tentaciones de imponer posturas donde el revanchismo, que es una forma de anclaje al pasado, prevalezca sobre la necesidad de construir nuevas propuestas. Por los mismos medios -y en algunos casos, si se revisara bien, hasta por las mismas voces o plumas- se escucharon o leyeron condenaciones terribles. Las mismas que se usaban treinta años atrás, sólo que ahora se cambiaban los destinatarios. Y sobre todo insistiendo en la culpabilidad de los ejecutores de un hecho, mientras se decía muy poco sobre sus promotores y beneficiarios políticos. Así es que todas las tintas se cargaron sobre las cúpulas militares, y por un misterio incompresible poca y nada se dijo sobre personajes tenebrosos, pero sin jinetas, como Alfredo Martínez de Hoz.
    De ningún modo se alude a una degradación de responsabilidades sino a ubicar las cosas en un justo punto. No se trata de que al país, en un mal día, le nació un monstruo. Ese monstruo fue incubado por años, y hubo quienes lo concibieron, lo motivaron, lo ayudaron, y lo sostuvieron todo el tiempo en que les fue de utilidad; y lo recuerdan ante cada fracaso. De lo contrario no se entiende nada. Y hasta se puede creer que Isabelita era “buena”, que con la democracia -como mera  palabra-  “se come y se educa”, y que el arte no tuvo ciegos como Borges y Sábato.
    Hay un porcentaje minoritario pero no desdeñable de argentinos, para quien los militares vinieron a “poner orden” en una sociedad desquiciada. A ellos no se les puede decir, simplemente, que Videla era un dictador, ni muchos menos que la conducción política de comienzos de los ‘70 mereciera defensas. Hay que situar los hechos en su contexto real. Se vivía, exactamente, la crisis terminal de un modelo de acumulación económica, frente a la cual se iban enfrentando dos alternativas de reemplazo, insertas, por su parte, dentro de tendencias mundiales. Una socialista, propiciando -por primera para el caso argentino- estrategias de lucha armada, y otra de corte neo-liberal, con apertura de los mercados, concentración de la riqueza, reducción de los ingresos del trabajo, financiación por endeudamiento externo y alineamiento internacional con los Estados Unidos.  En esa pugna, los militares fueron instrumentos de un plan global. Y si hoy aparecen como “perdedores” es por su colosal yerro en Malvinas y las aberraciones de sus métodos, pero no por el rumbo económico que abrieron con sus armas. Dicho rumbo,  tras diversas oscilaciones,  tuvo su consumación en la década del 90, bajo un gobierno ungido, por increíble que parezca, mediante voto popular. Las “pruebas de verdad” recién llegaron con el colapso absoluto de fines del 2001. Desocupación superior al 20 %,  traslado gigantesco de ingresos a favor de los grupos económicos más concentrados, industrias ociosas, éxodo de mano de obra calificada, y entre otros indicadores, una deuda externa que, siendo de 7.800 millones de dólares en 1975, se situó alrededor de los 180.000 millones, bajo la mano de un hombre que, para la  simplificación de cualquier lectura, fue ministro de todos los gobiernos. La puerta de ingreso a ese horror económico fueron, justamente, treinta mil desaparecidos.    
    No se puede construir un país si su cultura elude la verdad. Si los fracasos no dejan enseñanzas. Si se olvida la historia. Pero hay un momento en que los culpables ya no tienen ninguna significación personal. El mismo terrorista supremo, el que dijo “los desaparecido no existen, no son”, ha sucumbido a su propia lógica, y se convirtió en nada. Lo mismo sus mayores y menores cómplices. No son nada. No merecen siquiera una palabra que reviva los restos de su viejo orgullo. Hoy el desafío más valioso pasa por otro lado, por elevarse sobre el infantilismo y la retórica de trinchera, y congregar, en paz, un pensamiento activo, para un país sin exclusiones.

 

OTRO JUDAS

 

    Tal vez se haya producido como parte de esas técnicas mercantiles que intentan la revitalización de ciertas fechas, y aprovechan la predisposición natural abierta en su contorno, para ofrecer nuevas variantes o nuevas ideas con relación a un mismo hecho central. O tal vez haya sucedido, simplemente, porque era el tiempo justo de su divulgación. Es difícil, en lo inmediato, conocer la verdad cuando ella transita, nunca libre de sospecha, entre los negocios y el conocimiento.  Pero el caso es que Judas Iscariote se ha instalado en estas Pascuas con un protagonismo superior.
     La “National Geographic”, organismo de reconocida trayectoria científica, acaba de reconocer la autenticidad de un papiro de mil setecientos años de antigüedad, hallado en Egipto en 1978,  que podría ser copia de un escrito hecho en círculos gnósticos alrededor del año 150 D. C., aludido por el obispo Irineo de Lyon en una obra del año 180 D. C., y según el cual discípulos de Judas, en lugar de considerarlo un traidor, lo reconocían como el más iluminado de los apóstoles, el elegido de Jesús. Esto constituye para la ciencia -al margen de las interpretaciones que suscite- una excitante novedad.
     Sin embargo, dentro de los alcances –y a veces verdaderas anticipaciones- de la literatura, esta lectura de Judas resulta menos novedosa. Ni siquiera un poeta magno, como Dante Alighieri, pudo perpetuar en el tiempo aquella imagen de Judas siendo masticado por las tres bocas de Lucifer en el noveno círculo del infierno. Y particularmente en el siglo pasado, se fueron instalando infinidad de visiones contrapuestas.  Posiblemente la primera en Argentina haya sido la de Borges, publicada dentro de “Ficciones”, en 1944. En su relato, Nils Runeberg, un estudioso de la teología, especula con que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma. Sólo Judas sabía lo que se encerraba dentro de Jesús. Y tanto como “el Verbo” se había rebajado a la condición de mortal, él mismo podía rebajarse a ser un delator, “el peor delito que la infamia soporta”. Refutado por todos los teólogos, Runeberg revisa y avanza sobre su tesis. Un elegido por el Redentor, dice, no pudo ceder a la codicia. Judas se consumó, en verdad, como un asceta del alma. Renunció al honor, al bien, a la paz, al reino de los cielos, como otros, menos heroicamente, lo hicieron al placer, y obró con gigantesca humildad, “se creyó indigno de ser bueno”. Llegó a pensar que la felicidad, como el bien, “es un atributo divino, y no deben usurparlo los hombres”.    
    Veinte años después, Abelardo Castillo publicó “El Otro Judas”, una obra de teatro donde sostiene que hubo un pacto entre Jesús y Judas, no una traición. Jesús le habría dicho a Judas que era el momento de entregarlo. Estaban en Pascuas, se reunían miles de judíos y se sacrificaban miles de corderos en los mataderos del Templo. Se daban, pues, la condiciones, para que líder mesiánico dijera: “Bueno, terminemos con el Imperio”.
    Como se ve, no se trata solamente de Judas. La literatura es en realidad la herramienta de sustentación del primer cristianismo. Donde no hay historia existe la invención humana.  Y el mismo Jesucristo, emerge de la duda histórica y se impone como maestro tutelar de los hombres, por su verosimilitud literaria. Se le atribuye (¡otra vez!) a Borges haber dicho, “porqué va a ser menos real un sueño que un subsecretario”. Eso es exacto. Y un punto máximo, cuando ficción y realidad no pueden escindirse, cuando ambas están expresando un mismo concepto, se producen milagros como el de Jesús. O acaso como Judas, quien desde antes del Evangelio que ahora se le atribuye, ya era un personaje llamativo. Incluso se podría decir que, en algún sentido, la historia de la humanidad es una suma de traiciones.  Por lo menos desde Caín y hasta el personaje más carnal y moderno que quisiera elegirse. La literatura también trabaja sobre tales historias, aunque siempre, con fidelidad a su riqueza de enfoques, les concede diverso tratamiento. Muy bien se puede recordar, entre inevitables lectores de “Martín Fierro”, el ejemplo de Cruz, que aparece en el poema como un “buen traidor”. Es decir, sugiriendo que la traición no es execrable en sí misma sino que debe medirse por sus consecuencias. En el caso de la obra de Hernández,  no habría sido incorrecto que Cruz traicionara a sus compañeros de uniforme y acabase defendiendo a un gaucho perseguido. La soledad y valentía de Fierro  no sólo perdonaban a quien había dejado (traicionado) el lado de la ley sino que le daban a su falta la calidad de un hecho justo y necesario.
     En la esa misma línea abierta por la literatura, también se podrían sostener otras visiones,  tal vez menos frecuentes. Una verdad parcial –aunque lo sea de un modo inocente-  también es una forma de traición a una verdad más abarcadora. Esta es la cara menos visible pero más grave de la traición. La de Judas, tanto fuese propia como ordenada, sirvió para la consumación de un hecho que de todos modos se hubiese producido. Es simbólica. Neutra en cuanto al resultado, pero patética en la reacción de su autor, que expía en la horca, impuesta por su propia mano, una culpa que juzga irredimible. En cambio la traición de quienes se aferran a sus verdades transitorias, y contra toda posibilidad de arrepentimiento, las quieren imponer a sangre y fuego –a fuego propio y sangre ajena-, la traición que nombra a Judas pero en rigor lo desconoce, la traición a la búsqueda de una verdad mayor, en fin, esa traición no expiada ni confesa, es la única que se debe temer.

 

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