Calle Angosta 2006

Cultura Mercosur - Terrorismo

CULTURA MERCOSUR

 

    A comienzos del siglo 19,  la tendencia natural de cada nación de Sudamérica era hacia la dispersión. El sueño de Bolívar era una perfecta utopía. Es decir, algo aceptable en la idea pero imposible de ser realizado con inmediatez; enfermo de romanticismo, aunque sin embargo, profético. Dos siglos después, la situación es distinta. Los nuevas formas de comunicación y transporte, la experiencia acumulada en común -llena de lecciones pagadas con derrotas y sangre-, los condicionamientos inmediatos planteados desde los grandes centros mundiales de poder, y las prácticas que, aunque sea parciales e imperfectas, ya se llevan realizadas en materia de integración –a las que no son ajenos los grandes artistas, escritores y pensadores del continente, desde Sarmiento a Martí, desde Mariátegui a Neruda o a César Vallejo o a Eduardo Galeano-, conforman una nueva realidad, donde la unión no sólo puede, ahora sí, en términos históricos y geopolíticos, realizarse, sino que además resulta imprescindible, porque a la vista hay un dilema que ya se plantea en términos dramáticos:  Alineamiento común o Decadencia irreversible. 
    No se trata de una alineación formal, sino efectiva, comprometida, que se plantee respuestas concretas a todos los problemas que son comunes: el atraso tecnológico, la mejor administración de los recursos estratégicos, los requerimientos financieros y de inversión. Pero que, además de lo económico, se articule sobre una base cultural que le suministre, como las mallas y el cemento de cualquier edificio, el entramado de sustentación.  Los manejos que pueden observarse, en tal aspecto, en el gran imperio hegemónico actual, suministran datos y ejemplos irrefutables.
    Un informe de la UNESCO describe que, entre 1980 y 1998, el comercio internacional del sector cultura creció de 95.340 a 387.929 millones de dólares, pero sólo cinco países, Estados Unidos, Japón, Reino Unido, China y Alemania, concentraron el 53 por ciento del total de exportaciones. De acuerdo con la misma fuente, “las ventas internacionales de productos culturales (películas, música, programas de televisión, libros, revistas y productos de software) pasaron a constituir el primer segmento de exportación de los Estados Unidos, superando los sectores tradicionales de agricultura, automóviles, espacial y defensa (..) mientras las industrias basadas en la propiedad intelectual aumentaron en los Estados Unidos tres veces más rápido que la tasa anual de crecimiento económico.” Por su parte, la industria norteamericana del entretenimiento llegó a generar un consumo de 480.000 millones de dólares. El sector específicamente cultural,  según cita de Néstor García Canclini, “representa más del 6 por ciento del PBI y emplea 1,3 millones de personas, más que la minería, la policía y la forestación.”
    Pero fuera de lo que la cultura puede hacer en tanto materia aplicada, o industria,
está lo que puede hacer como “cultura en sí”, por aquello que pueden expresar, en función de su ideología y su contenido simbólico, los productos y servicios culturales. Hacer, en especial,  lo que no puede hacer la economía. Lo que hizo la imprenta democratizadora. Lo que hizo la religión industriosa. Lo que hoy hacen (por Estados Unidos) Disney o Levi’s o la Coca-Cola, y por lo cual, su la política mercantil converge exactamente con su política cultural, buscando convertir, al unísono, el “estilo de vida americano” en la cultura general del mundo.
    En el caso del MERCOSUR, lo que puede y debe hacer la cultura es articular la conciencia de un estado de necesidad, y soldar las piezas rotas, dispares, contrapuestas, de los intereses económicos. Sólo culturalmente, por un proceso de aprendizaje y asimilación, se pueden superar los escollos que para la economía y la política resultan insalvables. Los intereses económicos nunca son exactamente complementarios. Hay asimetrías, insuficiencias, y hasta competencia directa entre los propios países miembros del Mercosur, además de toda la presión que llegará “del Norte”, tratando de instalar el concepto de que esta “unión de pobres”, “es inútil-difícil- riesgosa-innecesaria”.  Por eso, solamente un profundo debate ideológico, con eje en el dinamismo cultural, puede sostener que sí, que la integración está llena de problemas, pero que ellos son secundarios y salvables. Y que en dicho proceso la Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, y todos los pueblos de América latina se juegan su futuro.
    El ex presidente chileno, Eduardo Lagos, ha opinado, con meridiana claridad, sobre el papel de la cultura: “No podemos asumir el camino de ser meros receptores pasivos de objetos y valores culturales que se producen en otras latitudes. Para que la globalización sea un diálogo entre culturas y no hegemonías de una cultura sobre las restantes, es preciso que nos apliquemos ahora a las tareas para estimular y favorecer nuestra propia creación, incrementar nuestro patrimonio, favorecer la participación de todos nosotros”.  Para ello, “el debate de los bienes culturales pasa a tener un rol fundamental, y hay que saber defenderlos bien. Porque la hegemonía se ejerce en muchos campos, pero, en último caso y en último término, las ideas, la belleza, la forma de pensar, lo que nace de nuestras raíces, son lo que persevera y lo que permite un diálogo entre civilizaciones… La cultura es la base, el componente, la meta del tipo de desarrollo de cada sociedad, de cada país... La cultura está en el centro de toda civilización, de toda sociedad.”

 

TERRORISMO

 

    El lenguaje cuenta, entre sus objetivos, que los significados se puedan comprender en el sentido más general posible.  Para ello, una de sus técnicas consiste en evitar que una misma palabra signifique cosas diferentes. Así se logra que cada uno sepa de lo que habla el otro, y le pueda responder, entonces, de una manera consecuente. Muchas veces, sin embargo, esa misión se hace imposible, porque aparece sobre ciertos nombres una visión interesada que se los apropia, les modifica la significación, y los convierte en piezas incomprensibles de una mera retórica.
    Una de esas palabras es Democracia, que insumiría, por lo menos, otra columna bien extensa.  Otra palabra maldita es Terrorismo. Lo que sobre ella dicen los diccionarios de cualquier idioma carece de valor, por cuanto su lectura siempre está supeditada al interés de quienes la enuncian. Y en particular, a la capacidad de influencia sobre la opinión pública que tienen los grandes medios informativos mundiales.
    No obstante, cultores de la palabra, se han esforzado por atribuirle a la expresión  terrorismo un sentido inequívoco. Entre ellos, el poeta Juan Gelman, quien en nota muy reciente recuerda un concepto de Benjamín Netanyahu, donde el ex primer ministro israelí,  sostiene -en una ceremonia oficial de recordación de la voladura del hotel King David, en 1946,  llevada a cabo por una organización dirigida por Menahem Begin- que “la diferencia entre una operación terrorista y una acción militar legítima se expresa en el hecho de que los terroristas tratan de dañar a los civiles, mientras que los combatientes legítimos tratan de evitarlo”.
    Fuera de que en aquella acción –oficialmente celebrada- hubo decenas de muertos civiles, el argumento no pasa de ser una aproximación insuficiente. Sean civiles o militares, mayores o niños, los muertos son muertos. Son iguales. Son hombres que debieran vivir, y absurda, innecesariamente, mueren, como consecuencia de guerras que no han buscado, y que hoy, mediante un aprovechamiento racional de la capacidad de producción instalada en el mundo, podrían evitarse.
    El componente terrorista posiblemente se defina en base a LA DESPROPORCION MANIFIESTA, INOCULTABLE, ENTRE LOS FINES Y LOS MEDIOS. Lo que se busca con las acciones terroristas, provengan de grupos políticos o religiosos o de los mismos Estados, o aún de individuos enloquecidos, es hacer una demostración de poder superior al que realmente hubiera sido necesario o al poder que realmente se tiene. El Imperio romano, por ejemplo, después de vencer con sus legiones a los esclavos de Espartaco, le pone a la obra un broche de terror. Y sin ninguna necesidad ni justificación militar, expone solamente para enseñanza y escarmiento, en los caminos entre Capua y Roma,  seis mil cuerpos crucificados. El otro caso de desproporción se puede ver en cualquier terrorista minúsculo. Ali Agca, por ejemplo, un alienado solitario, atentando contra la vida de un Papa. Es decir, un hombre solo, sin proposiciones y sin motivos, se instala un día como una fuerza casi triunfante contra una organización universal de dos mil años y cientos de millones de fieles.
    En cualquier caso lo que se demuestra es lo contrario. La debilidad de un sistema en descomposición. La debilidad de quienes no pueden por medio legítimos sostener un poder. La debilidad de quienes carecen de temple y de razones para una lucha prolongada y consciente. Un hombre, un grupo de hombres, se llame ETA o se llame Al Qaeda, aplican contra el mundo acciones de terrorismo despreciable. Es su error, y en el mismo encuentran su castigo, el rechazo social, el fracaso político. Pero un Estado que se funda en leyes y normas, no puede hacer lo mismo. Ese es un error que desnaturaliza al mismo Estado y niega la trascendencia de las leyes que dicta.
    La cuestión se vivió con intensidad y claridad en la Argentina de los ‘70. Pero ahora, por su actualidad, resulta muy propicio el ejemplo de Hezbollá. Israel ya había invadido y ocupado el Líbano, durante 18 años. Y justamente esa ocupación dio nacimiento al “diablo” que hoy les tira misiles. Es la dialéctica inevitable entre quienes invaden y quienes son invadidos. Entre la impunidad del poderoso y la desesperación del oprimido.  De tal modo, el terrorismo de un Estado genera el monstruo terrorista cuyo crecimiento da lugar otra vez a un nuevo terrorismo de Estado, en niveles todavía mayores, del cual habrán de surgir otras respuestas terroristas,  prosiguiendo una escalada sin fin.
    Cuando se trata de luchas entre pueblos, la única respuesta eficaz es la política. Ningún grupo que incurra en actos terroristas puede sostenerse y crecer si lo que reclama no es justo y si quienes deben atender esos reclamos no persistieran en desconocerlos.  Y en lugar del diálogo, duro, difícil, para hallar las soluciones en común,  eligen responder a la violencia con más violencia, y al terrorismo con más terrorismo.
O elige que las bombas caigan sobre la semántica, como caen sobre las ciudades indefensas, las familias que huyen y los puentes que no pueden cruzarse.
    La sola palabra, en consecuencia,  ya no dice nada. Su lectura exige –aunque ello sea incómodo y tedioso- un nuevo aprendizaje.

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