Calle Angosta 2006

Centro Atrás - El Canto del Viento

CENTRO ATRAS

 

    El título corresponde,  en verdad, a un tema musical (Luciano Rudman, Zenta Trío), pero resulta muy apropiado para la evocación de atributos perdidos,  ese tipo de cosas que alguna vez fueron moneda corriente, y ahora lo son cada vez menos; que se han convertido en una “rareza”. Por ejemplo aquellos conceptos sobre la lealtad en el juego, que formaban parte de su espíritu, sin los cuales una victoria ni siquiera merecía festejarse. Ahora, en cambio, se han impuesto las reglas del “vale todo”,  los golpes arteros, las demoras grotescas, y en general, las formas más variadas del engaño: simular una falta, gesticular más que producir, o procurar, como si fuese otro aspecto natural del deporte, el error de los jueces. Lo grave de tales conductas es que gradualmente han ganado consenso. Lejos de constituir hechos reprobables, ya cuentan con aceptación pública. Se han convertido en un “estilo”. Hay jugadores a quienes se les reconoce, entre sus “virtudes”, la habilidad teatral. El primer gol de Maradona frente a los ingleses, en el Mundial del 86, no convertido con la cabeza sino con la mano, es recordado, dentro del género,  con los brillos de un estoque maestro.
    Hace pocos días, se produjo un hecho inverso y desusado. Un futbolista argentino, Delgado, que juega en “Cruz Azul”, de México, fue víctima de una aparente falta dentro del área contraria, por lo que el árbitro sancionó la ejecución de un tiro penal. Sin embargo, el jugador, incorporándose del suelo, le dijo que no se había producido ninguna infracción, y que en realidad él se había caído solo. Ello dio lugar a  la rectificación del fallo. Pero el hecho, tal vez por su carga de indebida rareza,  no tuvo mucha difusión. Quizá por el pudoroso cuidado de no reconocer su infrecuencia o acaso para evitar que cunda como un  “mal ejemplo”.
    Sin  embargo los contrastes existen. Y el fútbol, como enseñaba un periodista deportivo de olvidada docencia, Dante Panzeri, “es una muestra gratis del país”. Naturalmente,  la visión modélica de un escritor como Panzeri se halla tan ausente, en estos días, como los “wines” del medio gol. Fue célebre –y valga como ejemplo- una lectura que hizo sobre Rusia, en las páginas de “El Gráfico”,  hacia comienzo de los 60.  Rompiendo los “códigos” de la “guerra fría”,  él tuvo el atrevimiento de hablar sobre un país desconocido. Dijo lo que vio, ganándose las críticas del medio. De parte de la derecha  tradicional la acusación de “comunista”. Desde la izquierda pro-soviética,  el agravio de ser  “un detractor irresponsable”. Anticipándose a todos, Panzeri había explicado: “No es posible que un periodista deportivo, que hace un viaje de tamaña distancia, y tiene la fortuna de haber atravesado una cortina de hierro, se limite a comentar las incidencias de un partido de fútbol”. Ahora hay cientos, acaso miles de propagandistas del fútbol y el deporte global. ¿Pero de tantos, quien tira un centro atrás como Panzeri? Hoy, cualquiera enviado de las grandes cadenas, podría tranquilamente relatar un juego en Irán,  y repetir mucho “peligro de gol” y ni una sola vez  “peligro de guerra”.
    Tal vez en Argentina no haya una actividad como el fútbol para espejar su realidad. El aumento de la violencia,  los duelos sin freno por una cuestión privada y secundaria, la exaltación desmedida de la competencia,  el oprobio de cualquier derrota, la falta de creatividad del escenario informativo, el torpedeo de información superflua, dominados por “la previa”, el “aguante”, el “minuto noventa”,  la “última palabra”, o ese canto a la idiotez que ocupa varias horas de televisión dominical transmitiendo las caras de los que miran un partido. Todo sumado para producir, primero, el triunfalismo más exacerbado, y después, cuando los hechos no resultan en concordancia, la condena feroz. Y en cualquier caso el  oportunismo inequívoco. A la larga, todo habrá de suceder como ya se “había dicho”.
    Y entre tanta profusión de “centros a la olla”, los vaivenes de la conciencia pública, que en 1978, por la boca de las “hinchadas”,  se burlaba de las Madres, y manifestaba, ante una delegación internacional, “somos derechos y humanos”. Y treinta años después ha impuesto, en las tribunas, un coro diferente: “El que no salta es militar”. 
    Pero los aciertos (igual que los errores) son circunstanciales. La visión flaquea como las ambiciones de gol. Y prevalece, en cambio, la estridencia irrespetuosa, burda, amenazante, de que a los otros -convertidos en enemigos por el solo hecho de simpatizar con otros colores-,  “lo’ vamo’ a reventar”. Es cierto que no es mayoritaria, pero se impone. ¡Espejo de un espejo! La sociedad también se ha quedado sin “wines”.


EL CANTO DEL VIENTO

 

    Con la inevitable arbitrariedad que implica referirse a una fecha de nacimiento que no sea la puramente biológica, sino la artística, se podría decir que Atahualpa Yupanqui
nació hace ochenta años, en 1926, cuando compuso “Camino del Indio”. Antes, había nacido en Pergamino (1908) y estudiado guitarra con Bautista Almirón, en Junín; viviendo un lustro, entre sus diez y quince años, en Tucumán. Más tarde se convertiría en un viajero crónico, habitante por años o días de infinidad de lugares. Jujuy, Bolivia, los valles calchaquíes, Entre Ríos, Uruguay, Brasil, Rosario, Buenos Aires, Raco (Tucumán), Buenos Aires, Santiago del Estero, Catamarca, Salta, Jujuy o Cochangasta (La Rioja).
En cada uno de ellos fue tomando directo con sus pueblos,  adquiriendo  lecciones que siempre recordó con afecto, y a la vez,  con invariable orgullo.
    De tanta mezcla salió su voz potente. Firme, sin altanería. Herida, sin rencores.
Esperanzada, sin engaños. Simple, pero a la vez profunda. Y siempre coherente en sus aspectos esenciales, tal como sostuvo en las “Coplas del payador perseguido”: “Yo no traiciono a los míos por palmas ni patacones”.
    Ignorado por la cultura oficial,  encarcelado y prohibido  por la intolerancia  y finalmente inducido al exilio, se supo interponer,  con la estirpe de los guerreros fundadores, entre la marginación y la gloria.  En la voz de Atahualpa, basada en el saber popular,  pero expandida por su trazo maestro,  se resume una conjunción nacida para cumplir la prueba de verdad de cualquier expresión artística: -Ya no está quien los dice, pero los dichos sobreviven.

    En “El canto del viento”, un libro de 1965, Atahualpa ya había previsto esta clase de sucesos. “Corre sobre llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso, que en una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros va a parar a esa hechizada bolsa de viento. Pero a veces la carga es colosal y termina por romper los costados de la alforja infinita. Entonces el viento deja caer sobre la tierra a través de la brecha abierta la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós..”  Después que pasa el viento “quedan solas, en los pastos, las hilachitas caídas en su viaje. Son cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades, según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden, otras quedan intactas, otras se enriquecen como si el tiempo y el olvido, la alquimia cósmica, les hiciera alcanzar una condición de joya milagrosa.”
    Eso ha sucedido, justamente, en estos días, con un álbum de cinco discos de aluminio, que se editara en Mendoza en la década del 50, guardando en cada cara un tema musical de Yupanqui. Había nacido como el reconocimiento de un grupo de amigos y posiblemente hubiese quedado, en el camino, como una de tantas “hilachitas caídas”. Pero un ejemplar llegó a las manos de Gustavo Fischetti, conocido profesional mendocino, quien se lo obsequió a Daniel Talquenca; éste,  por su parte, luego de un tiempo de veneración, acaba de hacer lo mismo, dejándolo en manos de Roberto Chavero,  hijo del autor, que al recibirlo afirma el ciclo más pródigo del viento. No ha recibido un álbum sino una “joya milagrosa”.

Copyright  Power by PageCreative