Calle Angosta 2006

De Amor en Vendimia - El Arte y la Memoria (Carpani, Venturi)

FILA DE COPAS Y MUJER

Vino para triturar con dientes de granos de maíz
vino para la multiplicación de los panes
vino para el oficio de la santa misa
vino para los pecadores incorregibles
vino para las fiestas anunciadas
vino para el momento de morir
vino para pensar
vino para luego
vino para nadie
vino para las heridas de guerra
pero sobre todo vino para vos
para que mojes tu enaguas blancas
para que caiga sobre tu vientre
como caen la luna y los estambres
sobre los miedos de la noche
para que muera ahogada toda lágrima
y tu lengua solo entibie caminos
con tus flores de alcohol.

DRACULA

Desaforada mía
puro jugo de abejas calcinadas
puro viento.
Ya no sé que mirarte
desmesura
deshollejado tuyo
te me vas de las manos
me sumerges
inagotable mía
puro cielo de arena
me fugas te renaces.

Pero lo mismo no tienes salvación
voy a morder las alas
que pliegan tu silencio
tu dulce yugular todo tu vino.


LOS RELAMPAGOS EBRIOS


Ah, desbordada noche de relámpagos ebrios.
Bebamos ya las últimas burbujas
y ese fuego que corre detrás de las ventanas.

Destellos de cristal
y otra vez el trago del insomnio
sobre el cielo de tu vientre duro.

Y más debajo de tu vientre:
algas, algas, algas.
Algas carnívoras.
Frutos del mar vencidos por la sal de las lenguas
y la bebida espesa que duerme entre los dedos.

 

 

EL ARTE Y LA MEMORIA

 

 El arte, como todo producto humano, no es obra exclusiva de un ser individual, aislado, indiferente a su contorno. Por más que parezca, en lo inmediato, que las obras son fruto del sentimiento interior, de la inspiración y el trabajo de sus creadores, siempre están relacionadas, tanto por sus temas, sus efectos, su propio tramado de aceptaciones y rechazos,  con algo mayor, un cuerpo social en movimiento, una historia.

    De tal modo cada obra termina ofreciendo, por debajo de su propia forma, una visión de alguien en su relación con los otros, que aunque no busque incidir sobre los hechos, lo hace, pues instaura un nuevo objeto real, con su cuerpo, su mirada, sus interrogaciones, sus respuestas, y siempre en danza sobre las olas, librado a un juego eterno de conflictos y de armonías. Por supuesto, algunas se destacan sobre las demás, adquieren vida propia, y definen una hora y un punto en el camino que los hombres, en su largo trayecto, van abriendo, primero a fuego y a machete, y afianzando, más tarde, para el uso común.

    A veces, hay momentos de extravío y confusión. Y los colores y el dibujo no encuentran lo que debe decirse, y se sostienen en los intentos de la forma pura. O en la imitación de modelos exteriores, que muchas veces persuaden con la fuerza del halago fácil o la seducción de los precios. Otras veces, en cambio, los artistas se alejan de la comodidad de una moda o de las circunstancias puramente mercantiles, y buscan expresar los anhelos de una comunidad, proponiendo una estructura de sentido, opuesta por completo a las señales que llegan desde los centros de poder.

    En realidad,  siempre ocurre un poco de cada cosa. Es decir, los conflictos, como las olas, son siempre perpetuos. Sólo que hay circunstancias en donde una tendencia, en mejor armonía con el estado de ánimo social, y el propio de los núcleos artísticos, prevalece sobre las demás. O también circunstancias donde los picos de tensión se vuelven mucho más intensos.

    Es lo que pasó en el país alrededor de los años setenta, cuando la efervescente situación social halló en numerosos artistas una forma de representación estética que produjo obras de alto nivel, que hoy resultan insoslayables para el entendimiento de la época. Entre ellas, cabe nombrar las de quienes como Ricardo Carpani habían compuesto el mítico grupo “Espartaco”, y en particular, las de Franco Venturi, por haber sido el primer artista plástico desaparecido,  poco antes del golpe militar del marzo de 1976.   

    Esto permite observar los objetos construidos por el arte desde otra perspectiva.
La de una obra ya decantada por el tiempo, libre de las urgencias inmediatas, pero con toda la fuerza de su dramatismo histórico. Y entonces se advierte, con mayor claridad, la diferencia entre los trabajos que se pueden pensar como hechos “por alguien”, “para sí”, y aquellos pensados con un ideario de sentido, y ejecutados con audacia, con riesgo –no sólo intelectual sino además, en casos extremos, físico- y también sin cálculos de recompensa material o de favores de cualquier tipo.  Uno es arte fugaz, que con el tiempo se desvanece. El otro es arte verdadero. Es materia con cimientos y con ideas, cuya creación ha sido hecha “para algo”. Y que después de treinta años o de cien, reciben y celebran todos aquellos que buscan entender la historia.

    Es cierto que debajo de tanta tierra, todos los muertos se parecen. Pero la paz de cada uno es diferente porque ella les alcanza  (o no) de acuerdo con la forma que supieron vivir. El arribista muere como fugaz. El miserable como miserable. Pero el artista lo hace como artista. Con la certeza de su dignidad. Así, Franco Venturi,  en su minuto final, debió pasearse por sus visiones -las mismas que hoy se han hecho memoria- y habrá sentido entonces la luz, la libertad, la absolución, del último relámpago.

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