Calle Angosta 2005

Un cogollo para Bush - Un Cogollo para Bush

UN COGOLLO PARA BUSCH

 

    Con frecuencia, los hombres que han alcanzado posiciones de mando o que por alguna causa han sido señeros en su medio o han probado, simplemente, un manejo artístico del diálogo social, se rindieron a la tentación de las grandes formas. Monumentos colosales, sepulcros fastuosos, jardines colgantes, pirámides, murales, o edificios que compiten por su espectacularidad. Un hotel en Dubai, por ejemplo, que es el único en el mundo de “7 estrellas”, donde el cuarto más barato cuesta 1.500 dólares por día. Y cuyo helipuerto, ubicado a 320 metros de altura –que se adaptó como cancha de tenis para una exhibición de Federer y Agassi-  parece una isla navegando en el aire.
    La magnitud no sólo se ha buscado en el terreno de lo visual. También las letras y la música han dado muestras de su capacidad para trascender las dimensiones comunes.
Desde la primera poesía que se acompañaba con un sencillo laúd, pudieron separarse y asumir “el desborde”, los cantos homéricos, la Divina Comedia, los Nibelungos, o el Eugenio Oneguin en la forma de Pushkin o de Tchaicovsky. Desde un susurro, una melodía intimista, hasta los mega-recitales de la modernidad.
    En ocasiones eso es bueno y es útil. Produce a Mozart o a Guayasamín. Produce Machu Pichu o el parque de Mendoza. Produce “Piedra Infinita” o “La Consagración de la Primavera”. Otras veces es absurdo. Dispone la muerte de miles de cautivos y esclavos para erigir la tumba de un faraón. Promueve la venta de 55 millones de discos de Ricky Martin. O produce el aeropuerto de Anillaco.
    El equilibrio se logra cuando el sueño de magnitudes opera en consonancia con el hombre anterior. Y el objeto buscado guarda armonía con las fuentes en que se nutre.
    En Cuyo hay una pieza que tal vez en términos académicos sea de “poesía menor”, pero que se revela óptima para medir aquellos equilibrios. A mitad de camino entre los primeros cantos, esos que aún en su simpleza expresaban un profundo sentir colectivo, y los modernos, inscriptos en el espacio aéreo, floral, de la decantación de un lenguaje. Se llaman, simplemente, “cogollos”. Han tomado el concepto de la parte más íntima y dura de una vegetal, en su tránsito a expresar, en cualquier tema, aquello que quiera destacarse.
Así supo decirlo un trovador anónimo:

Mis títeres no se mueven
si razón no les alcanza;
sin ver la cara que ponen
tiro puyas y alabanzas...
Con su luz, el lamparero
a paso en la noche avanza...

    Armando Tejada Gómez, en su arte de acomodar las palabras para alumbrar, con nueva belleza, los más antiguos sentimientos, entre docenas, dijo este:
El viejo viento de otoño,
Compadre de los nogales,
Me trae, cuando regresa,
La dulce voz de mi madre.
De tanto cantar tonadas
Ya soy pariente del aire.
   
El insigne peruano César Vallejo, también los alude, justamente en un poema que se llama “Intensidad y Altura”:
Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.
   
Se usan, habitualmente, como “notas al margen” de un tonada, para saludar y agasajar a una persona. Tal vez pudieran usarse para lo contrario. Y decir por ejemplo:

    Ha llegado a visitarnos,
    de gala y tan miserable.
    Con su misa en la mañana
    y sus bombas en la tarde.
    Debajo de la sonrisa
    le asoma negra la sangre.

 

 

HAROLD  PINTER

    La masa de información generada en torno al Premio Nobel de Literatura 2005, otorgado al autor inglés, Harold Pinter, ha servido como respaldo de sus propias afirmaciones sobre la manipulación de las noticias por parte de las grandes cadenas internacionales de prensa. Ellas se han basado en dos grandes aspectos. Uno, el meramente descriptivo, por el cual la inmensa mayoría de los diarios y otros medios difusivos del mundo repitieron sus datos personales básicos: a) nacido en 1930 en un barrio humilde del este de Londres. b) hijo único de una ama de casa y de un sastre de ascendencia judía. c) comenzó su vida laboral en la BBC y haciendo giras como actor por el interior de Inglaterra. d) casado con una actriz a quien, mientras la convertía en aparente musa de su obra, engañaba con una animadora de televisión, esposa de uno de sus amigos íntimos, y más tarde vuelto a casar con una meritoria historiadora. e) entre sus actividades sociales, entusiasta cultor del cricket. Etcétera. 
    La otra vertiente informativa se ha referido, naturalmente, a su trabajo literario. Su composición: 29 obras de teatro, más de 20 guiones para cine, una novela, unos cuantos poemas en su adolescencia, y un racimo de dichos sobre el mundo y la guerra. Su estilo:
vinculado al vanguardismo y el absurdo, en sintonía con Ionesco, Beckett, Sartre, Camus, Wesker y Darío Fó. Su personalidad: naciendo como parte de la generación de  “jóvenes airados” de fines de los ’50, y en la línea de tomar posiciones sobre hechos e ideas que no son estrictamente literarios. Etcétera.
Y si bien ha sido inevitable reseñar algunas de sus opiniones, como una donde trata a Tony Blair de “idiota engañado” y a Bush de “jefe de una pandilla de delincuentes”; ello ha sido acotado mediante alusiones a “posturas individuales”,  “ofuscaciones del momento”, o a la “contradicción” con que viven los “socialistas amantes del champán”.
    De tal modo, el texto explicativo de algo tan resonante como un Premio Nobel se disuelve en una narración sin médula. Se habla muy poco sobre las características de la obra premiada. Menos todavía sobre su integración con la realidad social contemporánea. Y menos que menos sobre las razones políticas con las que Pinter sustenta su tono “inconformista” y sus declaraciones “siempre polémicas”.
    El mismo Pinter había descripto el trasfondo de esa técnica informativa: “Las organizaciones empresariales se reúnen para formar máquinas de fuego antiaéreo empleando recursos financieros que aniquilan el esfuerzo de comunicación de los ecologistas, los grupos pro-derechos humanos y de cualquiera que sea crítico con el poder.”
    Con antelación a la invasión a Irak, Pinter envió una “Carta abierta al Primer Ministro Sr. Blair”, donde manifestaba las razones de su oposición. El diario inglés “The Guardian” la reprodujo, pero le puso como título “Escritor indignado”. En otra ocasión, ante el reclamo de pruebas que hizo Pinter sobre cierta improbable conjurada denunciada por “The Observer”, el periódico se avino a publicarlo, pero al igual que su colega hizo un pase de magia con las palabras, y editó la carta con este título: “Un dramaturgo despotrica”.  Y en alusión próxima, firmada por uno de sus columnistas, decía: “Pinter descontento..odiaba a Thatcher..no le gusta EE. UU…deplora a la OTAN..se disgusta cuando sus obras de teatro no son mostradas en el West End.. este hombre siempre está quejándose por algo”.
    Tales técnicas son fuertes y sistemáticas, y siempre giran en torno a poner en ridículo al inconformista. El investigador norteamericano Naom Chomsky, en su “Crónicas del disenso”, ha escrito sobre la lógica de ese tipo de críticas. “De alguna manera –dice- los periodistas de la prensa convencional tienen que librarse de los argumentos disidentes. No pueden enfrentar los argumentos, claro, porque en primer lugar tendrían que saber algo. Tampoco podrían responder a los argumentos, porque son correctos. Entonces lo que hacen es desecharlos de alguna manera. Así que montan una técnica.
Y dicen ‘es emocional’, ‘es algo irresponsable’, es enojo’.”
    Y aunque Pinter se remonte a Shakespeare y diga: “algo huele mal en  la política”. los escribientes uniformados, luego del impacto del premio, volverán a eludirlo. Dirán: “Esto no es nada nuevo”, “ya estamos cansados de escucharlo”. El premio Nobel puede hablar con visiones de su propia vida, por ejemplo de un mercado en donde se hallaba,  en una aldea de Serbia. Y contar, como lo ha hecho, que una mujer sostenía penosamente a un hijo de cinco años, cuando de pronto,  “comenzaron a caer bombas, bombas estadounidenses y el mercado se convirtió en un caos. Unas 40 o 50 personas murieron. La mujer buscó al niño que había salido disparada de sus brazos. Y apenas encontró su cabeza en una alcantarilla. Ni el Primer Ministro inglés ni el Presidente de EE. UU.  podrían reconocerla..” Entonces dirán: “Pero este tipo es un autor de teatro o qué? ¡Qué tiene un dramaturgo que andar hablando de política!”

 

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