Calle Angosta 2005

Ser cultos para ser libres - Acerca de lo Bello

SER CULTOS PARA SER LIBRES

 

    Esta expresión, que acuñara José Martí, el “apóstol” de la tardía independencia cubana, se suele citar con abundancia sin que genere, al menos visiblemente, objeciones notables.  Sin embargo, los dos términos son ambiguos. ¿Qué clase de conocimientos se requieren para ser “ser cultos”? Y ¿qué significa, de verdad, “ser libres”?
    El de cultura es un concepto cambiante. En el latín que hablaban los romanos significaba, simplemente, “cultivo”. Cultivo de la tierra, y luego, por extensión, cultivo de los hombres. Lo contrario de ser “culto” era ser rústico, ignorante, salvaje. En el siglo XVIII, el pensamiento romántico lo tradujo como cultivo de las facultades intelectuales, la elevación mental por sobre los atractivos materiales, la educación sistemática, el gusto por el arte y las letras, el refinamiento de los sentidos. En los tiempos modernos, la antropología ha instalado el concepto como referencia del conjunto de los actos humanos en una comunidad dada. La manera de vestir, de comer, de comunicarse, etc., conforman la “cultura” de un pueblo.
    Pero la versión romántica pareciera ser –con todo su tufillo elitista- la más reconocida. En general no se  piensa la cultura como un bien ligado a la posibilidad de ser más libres, sino como una suma de hábitos o conocimientos que concede a sus poseedores cierto halo, no siempre certero, de respetabilidad. Ese no era, naturalmente, el concepto de Martí, ni antes, el de Sarmiento. Justamente, el sanjuanino supo establecer la jerarquía de los términos, excluyendo de “lo culto” las apariencias y la falsa erudición. “Es la educación primaria -decía- la que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Todos los pueblos han tenido siempre doctores y sabios, sin ser civilizados por eso.”
Tanto es así, que mucha gente formalmente “culta”, esto es, “leída”, amante de la ópera y de los museos, con instrucción superior o igualmente versada en temas importantes, se muestra incapaz de lucir un pensamiento propio, de interpretar fenómenos que se vienen repitiendo desde que el mundo es mundo, de comprender los efectos que tiene sobre una sociedad y sobre cada mente, el poder y las doctrinas hegemónicos. Maniqueos del bien o del mal, no captan las causas originarias ni la interacción de los hechos. Y no advierten el proceso de subordinación ideológica del que primero son víctimas y después, muchas veces, difusores entusiastas. En vez de mirar hacia adelante con una visión propia, se dejan aplastar por las piedras de la tradición o bien se olvidan de ella  -por que no la toman por lo vital sino por su pelaje seco- y acaban seducidos por las luces (o las lamparitas) de afuera. El cine “para distraerse” del tipo que produce Hollywood,  el arte serial de exhibición decorativa, el acceso al primer mundo por la ruta de los celulares o la puerta de los “shopping-centers”. 
    Para esto, pasaron previamente muchas cosas. Nunca casuales sino plenamente tramadas y cumplidas, como la degradación del pensamiento en sus principales centro formativos. Uno de ellos, la Universidad, que fue diseñada desde los años ‘60 del siglo pasado de acuerdo con los lineamientos propuestos por Rudolph Atcon, un hombre del Departamento de Estado norteamericano, que incluía, entre otras cosas, la privatización y el acceso selectivo de los estudiantes, el reemplazo de la formación humanista por las doctrinas de exaltación del mercado, el desarrollo de carreras cortas en conexión con las demandas coyunturales de la producción, el re-diseño arquitectónico de los espacios para hacerlos “de tránsito” y no de “permanencia” -en busca de la incomunicación estudiantil-, la fragmentación de los enfoques sobre la realidad, la disociación entre las técnicas y la políticas –es decir, entre los medios y los fines-, etc.
    Por eso, ser cultos hoy significa otra cosa. Significa disponer de datos y experiencias para intentar una explicación de los hechos corrientes. Observarlos dentro de su curso, tratando de aprender por donde pasa lo esencial y lo accesorio que ellos ofrecen. Cual es, en términos más o menos lógicos, su dirección posible, utilizando para ello una relación mínima con la historia. Al menos en el sentido de asumir que si se repiten los mismos errores no se pueden lograr  resultados distintos; que en la vida de los pueblos no hay azar ni magia sino acciones concretas.  Que no puede haber cosecha sin siembra. Y que no hay siembra verdadera si no se hace con buena semilla sobre una tierra fértil.
     Esa interpretación de “ser culto” resuelve al mismo tiempo las dudas sobre “ser libres”. Que no significa la libertad de hacer lo que individualmente se quiera, sino la de actuar y decidir de acuerdo con otras formas de integración, las de una comunidad de trabajo, de un barrio,  de una sociedad  entera. La libertad de elegir con quienes asociarse y en quienes creer; no por su brillo “intelectual” sino por los intereses a los que cada uno sirve.  Una cultura básica que permita no dejarse engañar, y que aún mientras no garantice la proposición de “ser libres”, permita estar más cerca. Y conocer, por lo menos,  los hombres y las causas que se le oponen.

 

ACERCA  DE LO BELLO

 

   En el libro “Historia de la Belleza”, escrito por el semiólogo y novelista Humberto Eco, en asociación con Girolamo De Micheli, se realiza un meduloso
ensayo sobre las distintas “visiones” que los hombres han tenido del arte, estudiando los criterios que fueron marcando, en el curso de la historia,  las concepciones de “lo bello”.
   
    En lo central rechazan la idea de la belleza como “algo que gusta universalmente”. Y sostienen, por el contrario, que su centro se apoya “en la mirada”, siendo entonces, diverso, según los enfoques de cada persona, y por supuesto, cambiante, a lo largo del tiempo. Plantean, asimismo, que se debe disociar la historia de la belleza de la del arte. “En ocasiones –dicen-, lo bello era, simplemente, la naturaleza.”

    Tal vez, yendo un poco más lejos, se podría sostener que dentro de la naturaleza, la mayor belleza reside en los hombres.  Y más exactamente el hombre en el que luchan sus opuestos. Su ser real y su otro ser posible. Aquel que a veces se detiene a mirar y que tanto puede alegrarse como entristecerse con una puesta de sol, según cual de sus rostros esté siendo el vencedor o el vencido. O al revés, el que percibe toda la fealdad de un saco de basuras, pero también, en otra instancia,  toda su belleza: esa que le nace por el sólo hecho de que un hombre lo mire.

    El mundo seccionado por los filósofos, el de la materia o de la idea, el de la realidad o la ficción, no deja de ser uno solo. Porque cada hombre es lo que es, y al mismo tiempo el hombre convertido a los designios de su tiempo, de la cultura dentro de la que vive. Pero no puede presentarse en un mismo instante de dos maneras diferentes. Siempre es uno, aunque más tarde vuelva a ser el otro. Una veces dice o hace lo que verdaderamente siente, y es el hombre anterior, el puramente natural. Y otras veces se reprime, se adapta al esfuerzo de la convivencia, y es el hombre inventado, el partícipe de un pensamiento que en esencia es ajeno.  

    Las dos situaciones son alternativamente reales. Lo único ilusorio es la creencia de que eso pueda ser distinto. Y que algo prevalezca indefinidamente sobre su contrario. Sin embargo, sin esa ilusión, sin esa ficción, no habría un punto de sosiego ni horizontes, ni habría historia con posibilidad de misterio. Por eso hay un estado del hombre para cada vida posible. El inmediato, que se nutre y crea a partir de todos los conflictos, incluyendo, por supuesto, el que se produce dentro de cada ser individual. Y el utópico, que dibuja mundos imposibles, donde la virtud prevalece sobre el vicio, y la gente buena sobre la mala, y la eternidad sobre la muerte.

    Este tipo de contraposición ya estaba en los griegos. Por un lado, el ideal de “armonía” resumido en cuatro inscripciones expuestas en el templo de Delfos: “Lo más exacto es lo bello”, “Respeta el límite”, Odia la insolencia” y “De nada demasiado”. Mientras que, por otro lado, subyacía la belleza dionisíaca, opuesta al culto de lo establecido, perturbadora,  indócil, y siempre un paso más allá de los límites que una casta, un dogma, un Estado, o cualquier tecnocracia, le pretenden fijar al pensamiento.

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