Calle Angosta 2005

Realidades - Humano se nace

REALIDADES

 

    Hay gente que puede darse el gusto de ignorar los detalles menos agradables de la realidad. No madrugan ni hacen colas para conseguir turno de trámites o servicios. No tienen que hacer búsquedas ni gestiones en las oficinas públicas. No necesitan cumplir con esperas o esfuerzos especiales para dar con la persona que buscan. No tienen que discutir los cargos indebidos de los bancos o de las compañías privatizas o de las tarjetas de crédito. No tienen que justificar sus enfermedades, ni abrir su equipaje en las aduanas ni aprender un glosario de faltas viales, ni tienen que usar la mesa de ayuda de la Afip. No se mojan, no pasan frío, no reciben multas, no les faltan amigos bien dispuestos.  Y no tienen que ir a procesiones, las procesiones van por ellos.

    Son altos miembros de los poderes del Estado, del mundo empresarial y financiero; son deportistas famosos, figuras de la televisión, legisladores, etc. En buena medida es inevitable que sea así, son formas que no están en discusión. Es natural que un juez, un ministro o un gerente de empresas no se ocupe de hacer y perseguir una llamada telefónica, o de ir personalmente a firmar la transferencia de un auto o de bajar al llano y discutir con el mecánico del lavarropas.

    Lo malo ocurre cuando se pierden los contactos con la realidad y entonces ni se recibe información ni se procede con una noción básica de las perspectivas. Sobre todo cuando quienes habitan en esos bolsones de irrealidad son los llamados a decidir sobre los aspectos prácticos de la vida corriente. Los funcionarios de transporte que nunca se han subido ni esperado un micro. Los diseñadores de programas y de circuitos que nunca los recorren como usuarios. Los que exigen el cumplimiento de deberes que ellos no tienen  -o que en verdad tienen pero desconocen-. Los difusores de modelos donde no participan, porque ellos no viven de un sueldo de convenio ni realizan sus compras comparando marcas y centavos. Los que legislan sobre políticas de empleo como si la desocupación fuese un simple dato estadístico, y sin saber exactamente de que se trata porque nunca han sido ni serán desempleados. Los maestros en educación matrimonial que tienen prohibido el matrimonio. Los que producen y venden lo que no se animarían a consumir.  Los que disponen un orden, un plan, un mecanismo  para los otros, distintos de los que determinan para ellos.

    De tal modo se legisla y reglamenta mal. Y se peticiona peor. Así es que aparecen los jubilados sin edad mínima, los que reciben jubilaciones sin aportes previos y congruentes, los que perciben sus dietas y sus emolumentos libres de la deducción de impuestos que los demás, los seres reales, pagan. Aparecen las reglamentaciones y los usos por los cuales es muy fácil ingresar a la instancia que sea (una suscripción, un débito automático, un alta fiscal) y muy difícil, cuando no imposible y traumática, la disolución o el cambio. Aparecen las campañas punitivas contra los empleadores sistematizados mientras sigue el agujero negro de los empleos sin registro. Aparece el reclamo de infra-minorías fantasmales que se atribuyen sus propios fueros e impiden el tránsito de cientos de miles de ciudadanos que no son sus rivales ni tienen derechos inferiores. O aparecen los jueces que defienden a capa y espada la indexación de sus haberes, es decir,  la legitimidad de un privilegio que ningún otro trabajador podría sostener.

    No es todo. Por debajo de estas cuestiones más o menos visibles, subyace lo peor. Esto es, el hecho cultural. El surgimiento de una sub-cultura de las diferencias arbitrarias, la que, una vez modelada, se reproduce a sí misma, y le ofrece a la sociedad sus pichones terribles. Los hijos, los vendedores de almíbar, los tontos inocentes, y aquellos que todavía no son nadie dentro de los andamiajes diferenciados,  pero están dispuestos a realizar cualquier cosa para serlo. Entre todos consuman una alquimia perfecta. Las burbujas parecen tierra firme. Y los irreales parecemos nosotros: los que hacemos, simplemente, el mundo.

 

HUMANO SE NACE

 

    Tras recorrer en el ECA la muestra “Quino 50 años”, uno vuelve a las mieles de la “quinoterapia”, algo que supo recomendar García Márquez para momentos enfermizos.  Y
a recibir, al mismo tiempo, nuevos aportes para un tratamiento más abarcador del concepto de arte.
    Ante la historieta (o “cartoons” o “comics” ) –quizá por su falta de pasado- no existe todavía un juicio valorativo unánime. Para muchos constituye un pasatiempo sencillo, del rango de los folletines romántico o las novelas de vaqueros. Sin embargo, se ha venido conformando en las últimas décadas, una generación de creadores -con Joaquín Lavado (Quino) a la cabeza- que obligan a un replanteo de la dimensión artística del género. Es decir, a establecer diferencias por el sujeto, tal como sucede en la literatura o en la plástica. Existe, ya se sabe, una clase de versificadores ligeros y otros, como Abelardo Vázquez o Ramponi, que determinan una cosa distinta, que se llama poesía. Existen narradores de prosa de escuela primaria, y hay otros, como Antonio Di Benedetto que permiten decir, esto es un cuento, una ordenación de ideas y palabras que te puede taladrar el cerebro. Del mismo modo están aquellos dibujantes sin visión o aquellos visionarios de dibujo perdido, que pueden congelar la historieta en un subsuelo estético. Y están los otros, esos que marcan a sus lectores de una manera completa, esos que obligan  a pensar con la excusa de una distracción inofensiva.
    Entre ellos se destaca Quino, considerado, en muchos sitios, como el historietista en lengua española “más grande del siglo”. Aún omitiendo tal clase de valoraciones, que por su carga subjetiva siempre tienen algo de riesgo y arbitrariedad, resulta indiscutible que sus trabajos alcanzan nivel superlativo, y que ellos resultan suficientes para decir, “esto es otra cosa”. De pronto, el mendocino se revela como un narrador en el sentido literario, y a la vez, como un maestro del dibujo, y resuelve, en unos pocos cuadros, el falso conflicto entre la imagen y la palabra.  Hay cosas que no se puede decir mejor que con una imagen.  Hay cosas que no se pueden decir sin la palabra. Y hay cosas que se pueden decir maravillosamente combinando las dos expresiones, como lo hace, desde hace cincuenta años, este “paisano” célebre.
    Por eso “Mafalda” –la más conocida pero en verdad  sólo una parte de la obra de Quino-, nació como una tira que podía ser vista y leída, pero que además podía transmitirse de “boca en boca”. En lo personal se recuerda a un profesor de matemática, que llegaba todos los días con el diario “El Mundo” debajo del brazo, y empezaba sus clases de quebrados o de logaritmos con “el último chiste de Mafalda”. Después, naturalmente,  la historia se transfería a la casa de cada uno. De tal manera,  con unos cuantos años de navegación, sin apuro pero también sin pausas, las tiras y dibujos de Quino recorrieron el mundo. Actualmente han sido traducido a más de veinte idiomas, y se publican en los principales diarios de Europa y América Latina,  en cada sitio con su propia singularidad.
    En el mundo de habla inglesa, por ejemplo,  la penetración del mendocino ha sido (comparativamente) menor. Un poco, como lo dice el mismo Quino, por el tipo de humorismo mucho más directo y de lectura menos pausada al que ellos están acostumbrados, pero también –cabe la sospecha- por razones comerciales y por un estilo defensivo-expansivo de su propio modelo cultural. ¿Para qué estos hijos del subdesarrollo, estando Mickey y estando Buzz Lightyear? En China, por el contrario, los trabajos anduvieron muy bien. Pero, claro, con algunas variantes. Todas las tiras con alguna alusión al “peligro amarillo”, desaparecieron. Y el rol de Susanita se alteró. Su sueño de tener tantos hijos, en un país con fuerte planificación de la natalidad, transformaron a la niña frívola y egoísta en una figura casi subversiva.
    Como normalmente sucede en el arte, Quino no constituye el caso de alguien que siendo  niño toma un lápiz y luego decide ser un dibujante, aunque talvez su historia se pueda ver de tal manera. En realidad la cosa es más profunda y viene de más lejos. El futuro artista tuvo sus modelos, sus inspiradores nacionales, los que a su vez pudieron instalarse  y desarrollar una identidad propia dentro de un cauce abierto, principalmente, por las olas de la segunda guerra mundial. Ahí surgen los dibujantes y guionistas que quiebran la hegemonía de los extranjeros famosos, como Walt Disney,  e inician un proceso creativo autóctono. Están, por ejemplo, Lino Palacio y Divito. Y luego Oski o Luis J. Medrano, sirviendo para la sustentación del nuevo espacio creativo, y a quienes Quino reconoce, además, como verdaderos maestros.
    Él, por supuesto,  ha honrado dicha herencia, elevando el género a sus picos de mayor altura.  Pero cumpliendo antes con requisitos esenciales del arte: los estudios formativos, que lo llevaron (en la síntesis “pequeño lugar – mundo”) hasta Saúl Steinberg, “el gran padre” rumano del humorismo gráfico moderno; y la aceptación de que nacer humano significa ser parte de algo mucho mayor, una entidad sensible y multiforme, llena de carencias, que se conoce como humanidad, cuyo destino se va haciendo con sílabas y puntos. Y con ojos, que se borran y vuelven a intentar, cien veces,  la mirada perfecta.

Copyright  Power by PageCreative