Calle Angosta 2004

Olimpia - Fahrenheit 451

OLIMPIA

 

   Si los Juegos Olímpicos se estuvieran desarrollando en otro sitio, tal vez no serían tema para una columna cultural. Pero están ocurriendo en Grecia. Y entonces es distinto. Porque allí  comenzaron, hace dos mil setecientos ochenta años. Y adquieren de pronto la carga de un tiempo perdido entre la historia y la leyenda, involucrando testimonios como los de Homero o Hesíodo y las instrucciones deportivas de Galeno o Pitágoras. Además, aunque predomina la referencia de un origen en el año 776 a.C., en la ciudad de Olimpia, luego de un acuerdo entre los reyes de Elede, Esparta y Pisa, ya había antecedentes destacados, como los Juegos Píticos, un festival de canto, danza y juegos en honor de Apolo, en la isla de Delos; o los Juegos Fúnebres, en homenaje a Patroclo, amigo y escudero de Aquiles. Y también anteriores, como los que organizaba el mismo Aquiles, en pausas de la guerra, al pie de las murallas de Troya.
    Los antiguos Juegos Olímpicos se repetían cada cuatro años, en un estadio construido en homenaje a Zeus, con capacidad para cuarenta y cinco mil espectadores. Luego de un comienzo muy breve, con una sola carrera de velocidad de 190 metros, se fueron agregando disciplinas, como salto de longitud, lanzamiento de disco y jabalina, lucha libre, carreras de resistencia, que se integraban en una prueba de pentatlón, como asimismo competencias hípicas (en cuadrigas tiradas por cuatro caballos) y con armas, y la más excitante, una forma de lucha que admitía todos los recursos posibles (menos morder) y que sólo concluía por agotamiento o rendición. En forma paralela, se realizaban competencias o exhibiciones artísticas, sobre música, teatro y poesía. Los Juegos llegaron a tener tanta importancia, que imponían tregua en situaciones de guerra, y libertad, aunque fuese momentánea, a esclavos y prisioneros. Los vencedores recibían como único premio una corona hecha con ramos de olivo, pero se convertían en auténticos héroes, admirados por el pueblo e incluidos, con fervor, en la memoria lírica.
    Luego de la conquista de Grecia por parte de los romanos, los Juegos dejaron de cumplirse en Olimpia, que más tarde fue abandonada y se hundió, finalmente, bajo las aguas. En el año 80 a.C., Lucio Cornelio Sila designó como nueva sede a la ciudad de Roma, donde las competencias fueron perdiendo brillantez. Las grandes consignas de mente sana en cuerpo sano, de honor y de justicia, también decayeron. En la edición 211º  de los Juegos, Nerón decidió que debía intervenir personalmente. Temiendo el castigo que podía alcanzarles, todos los adversarios renunciaron a intervenir. De tal modo el emperador participó sin rivales y se convirtió, con insupera facilidad,  en campeón olímpico de las carreras de cuadrigas. En el año 394 d.C., Teodosio I los prohibió definitivamente, alegando su carácter pagano.
    En 1896, por inspiración de Pierre de Coubertain, se celebraron los primeros Juegos de la era moderna, bajo la consigna de que participar era más importante que vencer. Pero, no obstante su creciente difusión, sólo interrumpida en los años de guerra mundial, una serie de hechos negativos fueron minando su autenticidad. Intromisión de la guerra fría, dopaje, profesionalización desmesurada, sobornos y atentados,  bajo una trama de comercialización sin freno, produjeron la gradual pero sostenida desnaturalización de los juegos. Hasta que, en la actualidad, la grandes empresas mundiales de las bebidas, la indumentaria deportiva, los aparatos electrónicos y audiovisuales, los seguros, las finanzas, se han convertido en los nuevos dioses tributarios de los beneficios que se producen en varias semanas de confrontaciones deportivas. Esas multinacionales conforman el estrado de los dioses modernos, para cuyo honor y en cuyo provecho, atletas de todo el mundo ofrendan sus méritos dispares.
     Pero como se ha dicho, se trata de Atenas. Algo, pues, de aquel espíritu agonístico con que Homero y su más ilustre descendencia revistieran la estampa de los griegos antiguos, debería irrumpir con su brisa en los estadios, las pistas o las bocas marinas. También algo de aquel Filípides –fuese real o inventado por Robert Browning, es lo mismo- corriendo  cuarenta y dos kilómetros desde Maratón hacia la muerte o hacia Atenas o hacia la gloria -también sería lo mismo-, sobre un camino que ahora volverá a transitarse, en lucha menos trágica, pero lo mismo agobiante y brutal, siempre con la respiración a punto de cortarse. Y entonces, del mismo modo que los malabaristas callejeros rehacen una y cien veces su liturgia de bolos y de ensueños casi a cambio de nada, y los artistas en todas sus variantes creadoras desafían día tras día la incredulidad pública, y los verdaderos maestros lo siguen siendo aún frente a la incontinencia social y la distracción de los gobiernos, también unos atletas, desde su mínima divinidad, los que se entrenaron contrayendo deudas, los que han viajado con un precario permiso laboral, los que saben desde el principio que van a estrellarse contra el escudo de los poderosos, podrán decir tal vez que lo más importante de estas historias que cuestan diez mil millones de dólares y se han programado para cuatro mil millones de espectadores, aún en los momentos de vacilación y derrota, siguen siendo los hombres. El músculo tenso, la piel ardiente, la concentración cerrada, el llanto, el grito, los abrazos. Y el regocijo, fugaz pero imborrable de -al menos, una vez- haberlo dado todo.

 

FAHRENHEIT 451

 

En vez de quejarse, Ray Bradbury se debería sentir reconfortado con la película de Michael Moore que utiliza partes del nombre y el efecto de “Fahrenheit 451” –uno de los libros más exitosos del célebre autor de ficciones científicas- para enmarcar el contenido de su última obra,  “Fahrenheit 9/11”, con la que obtuviera la Palma de Oro en el reciente Festival de Cannes, y un éxito inmenso de taquilla, luego de sortear el abandono de su distribuidora original (la  Disney Co.) y las presiones ejercidas en su propio país. No se trata, en absoluto, del uso de un título prestado como un recurso mercantil, sino que el cineasta se ha valido, simplemente, de toda su carga simbólica, para situar en otro momento histórico y con otras técnicas, el mismo mensaje original, en contra del irracionalismo y a favor de la libre expresión de las ideas. 
     En su momento, Bradbury se refería a los grados Farenheit (equivalente a 233 grados centígrados) a los que arde el papel, proponiendo una historia donde los gobernantes de una sociedad habían prohibido la lectura, y destinaban enormes recursos y energías a la quema de los libros. En el caso actual, el aditamento “9/11” –aludiendo al 11 de setiembre de 2001- representa, de acuerdo con Moore, “la temperatura a la que arde la libertad”. No hay oposición, pues, entre ambas obras, sino continuidad y semejanza. Así, por ejemplo, en la novela -escrita en 1953, pero que describe una sociedad donde los medios audiovisuales ejercían por completo el control del pensamiento colectivo- un jefe de los bomberos incendiarios, enseñaba: “Lo que se debe hacer es abrumar a la población con tal cantidad de información que les haga pensar que realmente se les muestra un reflejo de lo que es el mundo, pero información inútil, que no sea sino una máscara de la realidad”.  Mientras que ahora, en la película, se llega desde aquella ficción al territorio donde se concreta. El tiempo donde lo anunciado se hace parte de la realidad.
     En el film se describe, inicialmente, las irregularidades producidas en las elecciones presidenciales del año 2000, en los Estados Unidos de América, que no determinaron la victoria de quien había conseguido la mayor cantidad de votos, sino de quien tuvo a sus favor las mejores influencias, George W. Bush. Luego se entretiene con las andanzas presidenciales, sus continuas y disipadas vacaciones, la frivolidad social de su rancho de Texas, y su absoluta pasividad en momentos del atentado a las torres gemelas, luego de recibir la noticia que el país se hallaba en estado de guerra por ataque de un enemigo externo mientras él permanecía en charla con alumnos de una escuela infantil. Prosigue analizando las relaciones entre las familias Bush y Bin Laden, el montaje de una amenaza inexistente (responsabilidad de Irak en el gran atentado, tenencia de armas químicas, etc.) para instalar en la mente del norteamericano medio la necesidad de una invasión “preventiva”, y termina ofreciendo, mediante el ensamble de reportajes, testimonios y relatos de los hechos bélicos, un alegato impresionante en contra de la guerra, y exponiendo sus verdaderos motivos. En un cuadro, alguien de la dirección de una magna industria de tanques blindados, explica: “Las oportunidades que se nos abren son muy buenas, podemos hacer negocios excelentes.” Y enseguida, consultado sobre ciertos cuestionamientos de la opinión pública, se defiende: “Sólo tenemos que lograr que invirtiendo 60 o 70 mil dólares en acciones se pueda tener una ganancia de un millón. Entonces vamos a ver que dice la opinión pública...”
     La posibilidad anticipada en el Fahrenheit de Bradbury se ha instalado, según Michael Moore, como una situación real, compuesta y dirigida desde los grandes centros hegemónicos, comenzando por la Casa Blanca de Washington. De tal modo, una maquinaria gigantesca, por medio del engaño y la parálisis del pensamiento, inventa guerra monstruosas, fortifica la industria de armamentos en perjuicio de la creación de bienes y servicios de uso social,  y se adjudica, a cambio de la sangre y la marginación de cientos de miles de personas -pero con la pretensión de un título de justa causa- un nuevo avance en el dominio de los recursos energéticos del mundo, y con ello, en la concentración de la riqueza y el poder.
     La obra de Moore es una sátira directa. No se contiene dentro de ciertos cánones elípticos y en las vertientes sugestivas que se anidan en un arte de proyección, ni se reviste con la falsa “objetividad” del estilo mediático. Su valor futuro será el de un testimonial histórico. Su valor presente el de una batalla fragorosa. Pero no es una obra ingenua, como cierta crítica pretende descubrir, diciendo que no se puede sintetizar en una sola persona, aunque se trate del presidente del país más poderoso del mundo,  la malevolencia de una estructura de poder. De ningún modo puede ser ingenuo un hombre que viene produciendo trabajos como “Roger and me” y “Bowling for Columbine” (documentales, el primero hecho hace quince años),  y los libros “¿Colega, donde está mi país?” y “Estúpidos hombres blancos”.  Sucede, simplemente, que las próximas elecciones presidenciales en USA se van a efectuar en noviembre de este año. Y entonces Moore no tiene tiempo para sutilezas. Aplica, pues, las mismas armas que el rival. Contra el apocalipsis de un Terrorismo al que en vez de combatirlo se lo enciende, el apocalipsis de una Mentira que aunque se pinta con humor se prueba con artillería pesada. Contra la arrogancia de quienes exaltan -con la voz de George W- la “protección de la patria”, un grito para el “despertar de una nación” cuya grandeza le fue dada por otra clase de maestros.

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