Calle Angosta 2004

Maldoror - Congreso-s de la Lengua

 MALDOROR

 

               “su paso es una llaga en el rostro del tiempo”
                                          (Olga Orozco)
   
    Un país que cuenta con la mayor fuerza económica y militar del mundo, también irradia una influencia cultural en concordancia con dicho poder. Todo perfectamente entrelazado. Al lado de un Citi Bank o de un “club de amigos de la deuda impune”, nunca ha de faltar un Mc Donald o un centro Mastercard, así como no faltan, para las horas de ocio, alguna de las infinitas variaciones de la misma única película que produce Hollywood, con su carga emocional coleando entre conos de maíz blanco y un botellón de coca-cola. De aquel lugar del Norte pareciera provenir la vida. No está de más entonces preguntarse, sobre todo ahora que la “mitad más uno” del electorado de los Estados Unidos, en representación de 6.300 millones de personas, acaban de reelegir al mismo presidente global, ¿de qué clase vida se trata?
    Por lo pronto es una clase de vida que, aún revestida con valores de “religión” y de “moral”, demuestra una falta absoluta de conciencia crítica. Su lógica concluye desairando el derecho de las vidas ajenas y aceptando el veto a decisiones mayoritarias de la comunidad de naciones, desde temas tan próximos como la guerra o la paz, hasta cuestiones donde se trata nada menos que la vida futura de la especie. La administración Bush ha rechazado, por ejemplo, con dureza,  alegando que no es “una buena cosa” para su país, el Protocolo de Kioto, que proyecta una caída progresiva en la emisión de gases de efecto invernadero. Con lo cual, quien más los produce es el primero que se opone a reducirlos, transfiriendo al mundo otro de los costos del “modelo relista” que ciertos opinantes “descubren” ahora entre las enseñanzas del 2 de noviembre.
    Justamente las voces mediáticas están ofreciendo una penosa competencia por
“adecuarse” al resultado electoral. Y todo el contexto anterior deviene prescindible. No importa que se haya decretado una guerra en base a información falsa, que se haya impuesto el exterminio de poblaciones indefensas, que se haya infringido a los prisioneros de guerra un tratamiento vejatorio, ignorando las convenciones humanistas más elementales.  No importa nada de lo que antes estaba mal, si ahora ello se ve respaldado por una mayoría de votos. Si la gente vota por el horror, éste se vuelve un néctar democrático. Y muchos “formadores” de opinión, un ejército meramente retórico, siempre dispuesto a la justificación de la barbarie que luego, a la hora del padecimiento común, se volverá causa de sus lamentos. 
    Pero es inútil. La clase de vida del “sueño americano” –el de ahora, este que parece venir de los ancestros esclavistas del sur- se apoya, finalmente, en el gasto militar, es decir, en la producción de bienes cuya última fase, el consumo, representa la muerte, de otros bienes, de hombres, de flora, de fauna, de ríos, de historia humana materializada en los más diversos objetos y expresiones culturales. Para ello ejerce las formas más degradantes de sometimiento: la ocupación y el uso por la fuerza de recursos y derechos impropios, las matanzas masivas e indiscriminadas como prédica democrática, la justicia como proceso unilateral y sin apelaciones, y la tortura como instrumento pedagógico. Vale decir, un terrorismo institucional, público, ostentoso, visible, que excede con largueza la capacidad destructiva del terrorismo sectario y clandestino;  y constituye, en realidad, la chispa detonante de los grandes negocios.
Por eso es que se lo defiende y desarrolla. El gasto militar de los Estados Unidos para el año fiscal 2004-2005 llegaba –con la prudencia de un manejo pre-electoral- a 500.000 millones de dólares. Al mismo tiempo, no como ironía inexplicable, sino como sub-producto de una irracionalidad tan desmesurada, la cantidad de norteamericanos que viven bajo la línea de pobreza ha crecido a 36 millones, mientras el conjunto de la población ya experimenta, como “otra cara” de su forma de vida, un recorte severo en los presupuestos de educación y  de salud pública. La carencia de ciertas vacunas –como las antigripales- son de tal magnitud, que a la población más vulnerable le resulta muy difícil conseguirlas; poco tiempo atrás, un condado próximo a Washington, que sólo contaba 800 dosis de vacuna para una población de casi un millón de habitantes, dispuso adjudicarlas de acuerdo con los sorteos de la lotería.  Con unas bombas menos -de las que caían libremente sobre el pueblo iraquí- se hubiera evitado ese bochorno. Tales contrastes, proyectan una gran fuerza inversa. Ella enlaza a la mayoría de la opinión pública mundial con la mitad menos uno de los votantes de los Estados Unidos y con su artistas e intelectuales más comprometidos (incluido el gran  Christopher Reeve -no sólo “super-hombre” en la ficción-, que aún muerto simbolizó la lucha por la investigación de enfermedades que podrían ser curables si se dejara trabajar a la ciencia, y dejó su apoyo, simbólico pero conmovedor, hacia quienes prometían hacerlo). El afianzamiento de tal fuerza es hoy una exigencia de la paz.
Tan en concordancia con estas líneas como a contramano de quienes imaginan ahora un Bush “más responsable” y rebuscan alguna “lógica” para su victoria, se ha conocido on line un mensaje alusivo de Michael Moore, donde el cineasta reafirma la voluntad de no renunciar a la nueva fuerza que debería constituirse a pesar de la derrota electoral.  En él divulga 17 razones para  “no cortarnos las venas”. Una de ella dice:  La mayoría de los adultos jóvenes votó por Kerry (54 % contra 44 % de Bush) probando una vez más que sus padres siempre están equivocados y que nunca deberían escucharlos. Lo cual es mucho más que una muestra de humor.

 

CONGRESO-S DE LA LENGUA

 

    Siguiendo un historial marcado por Zacatecas (1997) y Valladolid (2001), acaba de realizarse en Rosario el “III Congreso de la Lengua Española”, con la presencia de ciento sesenta ponentes, más de quinientos periodistas acreditados y numerosos escritores reconocidos por el gran público, entre ellos, Carlos Fuentes, José Saramago, Ernesto Sábato y Ernesto Cardenal, quienes resultaron, tal vez sin habérselo propuesto, los mayores heraldos del encuentro. Saramago, uno de los más requeridos, hizo declaraciones de amplia difusión, en particular acerca del tema de la identidad, sosteniendo su claro escepticismo. “No creo demasiado en la identidad de los pueblos –decía-. Yo creo en el tránsito de las generaciones, esas que recrean situaciones, placeres, padecimientos y sueños...que se encuentran en constante cambio”. Fuentes, por su parte, defendía la “impureza” del español, y lo celebraba como una cosa buena: “El inglés, por ejemplo, es una lengua que en un 60 por ciento deriva de otras, como el francés, el normando y otras lenguas germánicas y escandinavas. Es una de las lenguas que más ha absorbido, tomado e imitado de otras, lo que la convirtió en una de las más poderosas. Particularmente, no creo en la pureza sino en la impureza de las lenguas. De hecho, con el español está ocurriendo algo similar al inglés”.
    Esta clase de opiniones conexas, fueron divulgadas con énfasis por los servicios mediáticos internacionales y del país. En cambio, sobre lo central de la convocatoria, no se tuvo la misma firmeza informativa. Siguiendo un curso previsible, las ponencias fueron discurriendo a la sombra de un gran montaje escénico -que incluyó la presencia de los Reyes de España-, y dentro de una temática variada y compleja como la enseñanza del español en el mundo, el idioma estándar y sus variantes en los medios de comunicación, en las corrientes migratorias, etc., pero sin producir conclusiones que pudieran esgrimir una validez objetiva o que implicasen efectos prácticos inmediatos.
    Lo que sí introdujo una fuerte polémica, fue la realización, también en Rosario,  de un  “Congreso de las Lenguas”, paralelo al organizado por la Academia Española, y planteado en base a la inclusión de los idiomas “nativos”. Una propuesta en general silenciosa ante los aspectos constitutivos del lenguaje, pero con una preocupación muy nítida sobre la condición de quienes lo utilizan: Dominantes o dominados, excluidos o integrados, beneficiarios o sobrevivientes de un largo proceso destructivo de las antiguas culturas. El presidente honorario de este Congreso, Adolfo Pérez Esquivel –premio Nobel de la Paz 1980-, dijo en su discurso de apertura: “Nos están ofreciendo elegir sólo la salsa con la que nos quieren cocinar. Para evitarlo hay que resistir con conciencia crítica y coraje. La dominación nunca empieza por lo económico sino por lo cultural”.
    No hay dudas en cuanto a que la capacidad expansiva de una lengua tiene un sentido político. Pero no está mal que dicho crecimiento sea buscado desde la mira del idioma español. Al poder avasallante del inglés en el mundo no se lo va a enfrentar con una multitud de lenguajes mínimos y cerrados. Puede haber oposición, por cierto y es bueno que la haya. Pero a partir de la suma, no de la diferencia. “El español Y..” en vez de “el español O..” De otro modo: Defender la dignidad de lo autóctono, lo local. Pero además procurar su integración con la lengua más importante de la misma raíz o de mayor cercanía con los intereses de cada sitio. Y no descartar, si fuese preciso, la marcha hacia parcialidades bilingües. Hay países, como Bélgica, donde existen dos idiomas nacionales (el neerlandés y el francés) y sus habitantes se comunican sin ningún tropiezo. O la misma España, donde junto al castellano (que injustamente lo llaman “español”) coexisten lenguas regionales importantes, como las que hablan catalanes, vascos y gallegos. O ya entrando al campo de las relaciones económico-políticas, el crecimiento espectacular de la CEE, constituida por más de veinte países que utilizan lenguas diferentes.
    En síntesis: Contar con un idioma común fuerte y expandido, aunque sea práctico, no asegura por sí solo ausencia de conflictos o desventajas. Basta tener en presente los casos de Repsol o de Telefónica. Hablar, dentro de cualquier negociación, una misma lengua, es una circunstancia favorable. Lo esencial, sin embargo, siguen siendo los objetivos que se trazan. Y todavía, para millones de analfabetos y de hambrientos del mundo, con o sin Congresos idiomáticos, el sueño sigue siendo las palabras que se pueden comer.

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