Calle Angosta 2004

Eliana Molinelli - Malas Palabras

  ELIANA MOLINELLI

 

  Que los metales fuesen capaz de transmitir el dolor humano, pero al mismo tiempo la esperanza -es decir, un correlato necesario-. Por allí andaba su búsqueda, absorta en una visión de inmensidad que ahora sigue, en sus obras, latiendo con el mundo.
    Ella debió entender, primero, la existencia de un “más allá” lejano, una superficie de lava tan inabarcable por su extensión como por la ausencia de ojos y de palabras, un calentamiento tan intenso que solo habría de aplacarse con siglos de lluvias y huracanes helados, y todavía, un envoltorio de piedras y de fuego dormido, hasta llegar a la raíz de los metales.
    Después debió entender que ellos vivían. Y que, del mismo modo que un águila, un poema, un amor, un témpano, un crepúsculo, la profusión perenne
de objetos y de sensaciones que se producen y se transmutan entre sí, los metales también tienen alguna cosa que decir,  y agradecen, igual que un caminante ciego o un pájaro sin nido, el calor de una mano.
    Y entonces el arte, el único lenguaje que hace del universo un hogar común,  y de su rumbo un viaje comprensible, junta manos, metales, adioses,
pensamientos, y habla para una comunidad entera, para una edad concreta de la razón y la sensibilidad de los hombres. Elige, entre sus luces, a Eliana  Molinelli, descubre cadenas de una hamaca que una vez tuvo niños, persigue unos rieles por donde vagones y locomotoras incontables descargaron su aliento, un reguero de esmaltes, una máscara inquieta,  una pequeña cinta de aluminio que yacía en la tierra, sin destino, y con ellos aloja en el espacio una forma que le estaba faltando, en la que cientos de ojos hallarían, asombrados e incrédulos, una justificación de la mirada.
    Pero aún hay algo que excede a la mera reconstrucción de la belleza,
y a su encuadre histórico. Es su dura consistencia y lo que ella implica, una suerte de “más acá” simbólico y definitivo. Los materiales que se transforman en una arquitectura de la modernidad provienen del pasado, más exactamente de los deshechos de ese pasado. Y lo viejo y hasta lo salvaje de esa suma de hierros retorcidos y chapas y alambres oxidados le conceden a quien los ha reunido y entramado con la tenacidad y el genio de los creadores míticos, el privilegio de ofrecer una cosecha deslumbrante. Para un ojo, los nuevos objetos alcanzan una dimensión humana, es decir, llegan a entender o ellos mismos componen el sabor de un ruego o de una lágrima.  Para el otro, la carne de los hombres, en sí mismo frágil, perecedera, vulnerable, adquiere, con feliz orgullo, la entereza del metal y del fuego.


MALAS PALABRAS

 

Se han dejado escuchar, hasta en el ámbito legislativo, algunas voces críticas sobre un texto incluido en el programa de promoción de la lectura, que desarrolla la Dirección General de Escuelas de Mendoza, por medio de su área cultural. Se trata, más precisamente, del cuento “Kilómetro 0”, de Mempo Giardinelli, al que se le atribuye el uso de “malas palabras”. Es decir, una culpa tan extraña como la del pecado original. O la “culpa” de la desnudez. Porque las palabras no son “buenas” o “malas”, sino claras y bien ligadas para la expresión de un concepto, o no. Cada una de ellas, igual que cada ser humano, nacen en estado de inocencia absoluta. Y su destino se construye después, en la confluencia del lenguaje y de los hechos que explican o elaboran.
    Pueden alegar, algunos, que son textos dirigidos a gente muy joven,
sin suficiente capacidad de análisis. Pero justamente de eso se trata. Porque la lectura no consiste en la simple relación de letras, la “m” con la “a”, “ma”, etc., para componer una palabra, y luego con ellas una frase. No es distinguir un sujeto y un predicado, en medio del aburrimiento colectivo. La enseñanza de la lectura implica, necesariamente, la interpretación de lo que se lee. Qué es lo que un autor ha querido decir, en qué contexto lo hizo, qué proposiciones, qué mensajes, pueden contener esos dichos más allá de la literatura como una simple técnica o de una palabra como expresión semántica.
    Lo mismo que en el habla de la vida doméstica, suele suceder que dentro de una narración literaria (o hasta de un poema) ciertas “malas” palabras reflejen un clima o un hecho con una contundencia que de otro modo no podría lograse. Hay  escritores que las evitan, es cierto.  Pero en todo caso es una cuestión de estilo, de la diversidad con la que cada autor elige su modo de expresarse. Y no una regla por la cual deban reprimirse los preceptos que modelan una creación, esos que buscan, justamente,  en cada obra creada, literaria o artística, un salto hacia a la diversidad.  
    El cuento en cuestión, por otra parte, como todos los textos elegidos, se inserta en un plan de lectura interactiva, encauzado por maestros y profesores, donde la actividad de leer se resuelve y expande con un estímulo de partida y un trabajo posterior de análisis que ayude a estudiar las diversas posibilidades interpretativas de un texto. En tal enfoque, parece hasta risueño pensar que la existencia de una supuesta “mala” palabra pueda decidir la calidad de un relato. Nunca se leen palabras sueltas. Se leen obras. En este caso, un cuento de Giardinelli –que es un grande de la literatura argentina, reconocido y premiado dentro y fuera del país-  tomado de una selección hecha por Ernesto Sábato, para jóvenes de entre 14 y 18 años. Es decir aquellos iniciados a quienes una fuerte corriente punitiva los declara aptos para todo -para trabajar, para discernir, para ser plenamente imputables por cualquier delito-, mientras al mismo tiempo, bajo el juego de pinzas de una moralina de exclusión, otra gente (o la misma) los pretende “inaptos” para un aprendizaje estético.
    Las consecuencias de las restricciones a la creatividad en el proceso educativo son bien conocidas. Entre otras, el analfabetismo funcional, que se verifica, con frecuencia, en los exámenes de ingreso a los ciclos terciarios, donde las respuestas producen tanta hilaridad que llegan a tapar el horror. En esencia,  porque la mayoría de los estudiantes no entienden lo que leen. ¿Será eso lo que buscan los inquietos censores?

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