Calle Angosta 2005

Madres - Palabra Viva

 M A D R E S

 

    El calendario de recordaciones se aproxima a uno de sus días preferidos,  el de “la madre”. Los comercios se van a disputar por varios días el amor y la caja de de los hijos conscientes. Y ofrecerán, como es lógico, toda clase de novedades y sugerencias afectivas, en contra del olvido y el desinterés. Un lavarropas automático, una planchadora de pelo, un tratamiento de belleza, un perfume importado, una licuadora con filtrador de jugo o una cámara digital con memoria para quinientas fotos. Nadie habrá de merecerlos mejor que una madre y no habrá hijos que puedan resistirse.
    Las madres, mientras tanto, completamente al margen de estas propuestas candorosas, siguen produciendo sus diarias enseñanzas, en cualquier sitio del mundo, en defensa de otros espacios y de valores más notables. El milagro de las vidas que han dado las trasciende. Y cada vez que resulta necesario, una sola madre basta para enfrenar  la realidad y poner en ridículo el discurso de los mercados y la fuerza aciaga de los dictadores.
    En Argentina fueron las principales denunciantes del “proceso” de Videla y de Martínez de Hoz. Inmensamente frágiles, y sin embargo, poderosas. Voces que apenas podían escucharse. Cuerpos condenados a morir que, sin embargo, como Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Eugenia Ponce,  pudieron regresar, casi treinta años más tarde,  con  su razón multiplicada.
    Ahora son la nube que observan los halcones de Washington, en la figura la Cindy,  la madre del soldado Casey Sheehan, muerto en la guerra de saqueo del petróleo de Irak. Comenzó, hace unos meses,  ella sola, con una protesta elemental; acampando frente al rancho de la familia Bush, en Texas, y emitiendo una serie de interrogaciones tan terribles como las bombas que le dieron origen, porque no se pueden responder sin mentir. Entre ellas: - porque George Bush mató a mi hijo? ¿Cuál fue la noble causa por la que murió? Y si el presidente piensa que esta causa es tan noble, ¿por qué no alienta a sus hijas para que vayan a Irak, y tomen el lugar de un soldado que se quiera volver?
    Sheehan procede de una familia de clase media de Los Angeles. Nunca había cumplido prácticas de activismo político. Su vida transcurría tranquilamente, entre la religión y la piedad. Pero la muerte de su hijo despertó su interés por las implicancias del fanatismo bélico. Y desde entonces repite con vehemencia: -No creo que una guerra de agresión contra un país que no era una amenaza para los EE. UU. sea una causa noble”.
    En junio de este año, Cindy pudo verse con Bush, integrando un grupo de quince familias de soldados muertos, a quienes recibió el presidente. “No quiso mirar las fotos de Casey –dijo después ella-. Ni siquiera conocía su nombre y cada vez que intentaba hablarle de él y contarle lo mucho que lo echamos de menos, cambiaba de tema”.
    Hace pocos días, Cindy Sheehan, estuvo atada con un cordón umbilical de 25 años a las vallas de la residencia presidencial, en la Avenida Pennsylvania, del Estado de Washington. Y otra vez, con ese simple gesto inofensivo y primario, puso en jaque al orgullo del maquinismo militar, como si fuera un ojo de agua, límpido y sereno, que al verse ante el embate de tormentas oscuras, se levanta y encrespa. Se mide contra el cielo y ruge con un furor que lo supera. Le basta con decir: -Quiero que el presidente Bush dedique una hora de su tiempo para reunirse conmigo, antes de que el hijo de otra madre muera en Irak.
    Por aquel acto y esta modesta pretensión, fue detenida, llevada en vilo por la policía, y temporalmente encarcelada, junto con otros militantes anti-bélicos. Y hasta las cadenas mediáticas de su país debieron vacilar, entre el prudente y redituable silencio y los riesgos de una difusión mínima, el enquistado patriotismo y las primeras señales de la saturación de la guerra. De tal modo, la imagen de Cindy izada del suelo por los guardias adquirió, imprevistamente, un valor emblemático, acentuado por el coro de sus acompañantes que repetía,  con firmeza, “todo el mundo nos mira”.
    Es que las madres son incorregibles. Empiezan con un hijo. Y después, como hizo Cindy hace dos sábados, encabezan una manifestación de cien mil personas, luchando por la paz. Y no sólo pisan sin miedo el césped del National Mall -el gran parque extendido entre la Casa Blanca y el Congreso- sino que destrozan, al mismo tiempo, las mentiras de los falsos profetas.

 

    No todas las palabras lo consiguen. En realidad la mayoría son simples piezas de olvidables relatos, de citas rutinarias, de comunicaciones sin trascendencia. Pero cuando se lo proponen, y además aciertan, las palabras se integran a la dimensión del tiempo. Y se yerguen sobre cualquier prodigio material del hombre y sobre la estructura de cualquier poder.

    Cuerpos secuestrados, heridos, sometidos a humillaciones y padecimientos físicos y morales, mutilados, muertos con mínima piedad o borrados del mundo como si nunca lo hubieran habitado, desparecidos, afantasmados. Y sin embargo, recurrentes. Obligando a que no se los deje de escuchar, y poniendo de nuevo como un pan o un vino en un trance de resurrección, los mensajes que se habían dejado en los huecos de un piso de madera o en el filtro de un cigarrillo o en los pliegues de una camisa izada como  bandera del adiós.

PALABRA VIVA


    “PALABRA VIVA” es un libro ejemplar. Se escuchan voces susurrantes pero verticales. Voces condenadas pero a la vez libres y serenas, como si en ellas habitase, todavía, un ideario que respira y humea. Algunas corresponden a nombres que ya eran prestigiosos y reconocidos antes de ser víctimas del “terror del Estado”, como  Héctor Oersterheld,  dibujante, creador de “El Eternauta”. Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, narradores. Miguel Angel Bustos, Paco Urondo y Roberto Santoro, poetas. Rodolfo Ortega Peña, Silvio Frondizi, Alicia Eguren de Cooke, ensayistas políticos, Raymundo Gleyzer, cineasta. Ignacio Ikonicoff, científico. Carlos Mugica y Enrique Angelelli, sacerdotes. Otras voces provienen de una juventud de artistas en proceso de formación, cuyos trabajos dan prueba de una gran reserva creativa, inteligente y sensible.

    Entre ellos hay un poema doblemente significativo, tanto por su carácter premonitorio como por su visión exacta sobre la vitalidad de la palabra. Lo escribió José Beláustegui, cuando apenas tenía trece años, diez antes de desaparecer:  “Sé que algún día dejaré de pertenecer al mundo, / y nunca más podré escribir, / ni hacer el amor, / ni disfrazar la naturaleza con un poema, / ni viajar en los libros, / ni exponer mis ideas. / Por eso en este poema  dejo mar, cielo y luna / mariposas, besos y sirenas, / y me dejo a mí, / porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos.”  

    A pesar de cierta inevitable atmósfera de tristeza, el libro la consigue diluir, hasta imponerse como un canto de vida y esperanza. Y es, además,  un retorno a la fuente de las significaciones, a la  literatura original, aquella creación fresca y espontánea donde todos los nombres eran puestos por primera vez. Y lo sustantivo, lo verbal, la música de los adjetivos, parece que estallaran como en los tiempos de iniciación del mundo. 

    Desde cualquier milagro secundario la palabra brota como milagro superior.  Bajo la forma de un poema, de un recuerdo, de una queja ante lo irreparable, de una despedida, de una carta de amor. Pero en todo caso como una llama, como un aliento consagrado, que puede cabalgar invicto sobre las horas del olvido y la muerte.

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