Calle Angosta 2004

La libertad de cada uno - Otro Cantar

 LA LIBERTAD DE CADA UNO

 

   Quienes no pueden defender una idea sin hacer uso de la violencia, atentan contra su propia razón y actúan como si en verdad descreyesen de lo que afirman. Es lo que sucede con los “fundamentalistas” de todo signo,  sean ellos políticos, como Bush o Bin Laden, o religiosos, como quienes condenaron a muerte al escritor Salman Rushdie, o asesinaron al director de cine Theo van Gogh –en ambos casos por “ofender” al Islam-,  o mucho más cerca, y más recientemente, irrumpieron en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, donde se ofrecía una muestra retrospectiva de León Ferrari, destruyendo varias de las obras expuestas, luego de que el cardenal Bergoglio los alentase mediante una denuncia por “blasfemia”.
    Ante ello caben, por lo menos, dos reflexiones. Una, sobre la condición del arte, que nunca puede merecer ese calificativo. Es decir, puede insinuarse de modo sugerente o directo, figurativo o abstracto, intenso o apagado, simple o complejo, original o imitativo, etc., pero nunca puede ser blasfemo por la sencilla razón de que una obra jamás se completa sin la participación de quien la juzga; es decir, se configura, en principio, como una simple tela, una escultura,  una mezcla de colores, un objeto inánime y neutral,  cuya vida, es decir, cuyo sentido, sólo es alcanzable de acuerdo con la particular visión de cada observador independiente y libre. No puede ser “blasfema” si la “blasfemia” no está en la mente de quien lo mira.
    La otra reflexión es moral, y se relaciona con la libertad de cada uno. Primero, del creador, que si en vez de actuar libre de condicionamientos lo hiciera con sujeción a mandamientos exteriores  o a simples criterios de oportunidad, podría hacer un trompo o una cacerola, pero nunca una obra de arte. Y se relaciona, además, con  la libertad de los otros. Que a esta altura del desarrollo humano, no puede estar sujeta a la arbitrariedad o la omnipotencia de una minoría (ni de una mayoría) de “iluminados”.
    Sencillamente ocurre que hay distintas maneras de pensar, y si a eso no se lo conjuga con la práctica de la tolerancia, no habría vida social armónica; y toda relación se tornaría una suma de agresiones, donde los más débiles y los diferentes no tendrían otro comino que la resistencia o la extinción. O tal vez las dos cosas.  
    Una sociedad madura, sin embargo,  no se aviene con estos grupos que pretenden arrogarse el derecho a pensar por todos los otros, y a decidir qué es lo que cada uno puede o no puede hacer, opinar o sentir. Es legítimo que se opongan, por supuesto, si hay algo que les molesta. Que lo expresen y lo difundan por todos los medios propios de un debate de ideas. Pero no que hagan justicia por su propia mano, ya que eso es un camino que se abre con facilidad pero nunca se sabe de que modo -eventualmente tortuoso y prolongado- puede cerrarse; además de contener el germen de los errores irreparables. Decir, “nos equivocamos”, cuando las cosas ya no tienen remedio. 
      Quienes no lo entienden así, terminan contrariando sus propias ideas. León Ferrari tuvo ocasión de defenderse con esta lógica elemental: “¿No ven? Yo digo que en los Evangelios hay partes que incitan a la violencia y al odio. Esta gente que ha destruido mis obras no hace nada más que darme la razón”.
    ¿Y todo por qué? Aparentemente, lo que más irritó a estos profesantes del pensamiento único, fue un cuadro donde se ve la imagen de Jesucristo sobre un misil de los Estados Unidos.  Lo que la ofuscación no les dejó observar es que Jesús, en dicha obra, no participa como actor, sino como otra víctima. Él no conduce un avión ni está en el trono de la Casa Blanca. Simplemente se encuentra en la mitad del artefacto, preso, en la postura de crucifixión, condenado a estallar y perderse en un hongo de fuego. La crítica no se dirige, pues, al Nazareno sino hacia quienes, utilizando su nombre, dejan caer las bombas sobre los cuerpos inocentes. Y de paso  -como efecto de los mismos hechos- a quienes, subidos a un credo del  que se creen únicos e infalibles intérpretes, han dispuesto, con alcance (esta vez) mínimo, pero exhibiendo la misma lógica “justiciera” imperial- blandir el escarmiento.


OTRO CANTAR

 

                (Aludiendo a conceptos de Alejandra Pizarnik
                y Enrique Santos Discépolo, en respetuoso disenso)


    No es verdad, Alejandra, que la noche celebre su reinado perpetuo, y que no haya palabras sin ser dichas. Ni que todo sea igual, Discepolín. Cada uno mezclado en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches. No es verdad. El mundo repite los errores pero cambia, se dilata, exhibe orgulloso sus músculos de hierro. Y no niega que las voces trabajen, la tierra sea redonda, la sangre movimiento, la piel al aire una manera de vestirse. Ya no se queman brujas en hogueras ni se ahorcan herejes y mendigos en medio de los circos. Tampoco hay gente que muera de viruelas ni hay trata de negros o de blancas que exceda ciertos pudores mínimos. Los corazones se cambian y renacen. Y los frutos del mar y de los campos y de los brazos infinitos, sólo aguardan detrás de las vidrieras enrejadas. Es decir, los problemas son otros. Quien roba a quien. Cuántos dígitos son los apropiados para una calculadora de mano. Qué es lo que se considera una droga pesada. Para qué sirve una frontera. Cuál es el porcentaje de desocupación que se considera tolerable. ¿Qué se hace con el excedente? Se los sostiene con algún subsidio o se los expulsa con alguna fuerza? Y el resto de la sociedad, ¿tiene o no tiene responsabilidades? En fin, se discute sobre estas cosas. Porque el mundo ha cambiado, aunque no lo parezca. Y sus habitantes siguen de pie, no sólo usando medias y escuchando música, sino inventando sus variables propias. Es decir, los que cantan sin que les importe Gardel. Los que miran un paño de musgo disecado y enseguida lo sueñan cubierto de galopes o nieve. Los bebedores de nieve. Los que dibujan entre cuatro cadalsos la fuga de sus poemas. Los que alzan las banderas que otros dejan caer. Los que advierten todo lo que falta y entonces ahondan su mazazo en la piedra y le muelen su luz impenetrable. Le producen esquirlas, le liberan los siglos escondidos, como si de nuevo fuesen pensamientos. Y no dejan de hacer. Siembran un árbol donde hace falta sombra y no en los abanicos de la tierra gozosa. Y después lo riegan hasta desfallecer. Lo sostienen en cada quebradura. Y lo reponen las veces que haga falta porque no se olvidan del comienzo, que era la necesidad de la sombra.
    Si las palabras heredadas, si el reflejo de las cosas ya dichas no son los que una vez se intuyeron como posibles, entonces lo que falta, Alejandra, todavía, es tu prodigio verbal, las letras dispuestas de tal modo que puedan caer en los oídos como una gota de pólvora. Caer en los silencios donde suele reposar el mundo. Y ver a los que vuelven del infierno con el sudor azul. Y a los jóvenes que se resisten a perder y a los niños que todavía no han nacido que se resisten a perder. Y a quienes descubren, más temprano o más tarde, la diferencia en el cepaje de los hombres.
    Descubren, a su tiempo, que hay vinos encorchados con  el regocijo de los dioses y otros que apenas escurren sus hollejos aguados. Y también que hay un mundo para el goce menudo -el mundo de cerrar los ojos, el mundo de los robots y de las marionetas amaestradas, el mundo rendido a los designios del Apocalipsis- Y otro mundo, el de los hombres que hoy tienen veinte años y todavía no han hablado. El mundo de los seres que conspiran y cantan. Y ahora mismo, están haciendo tangos que son menos fatales, y piensan, más allá de sus quejas, la punta de otra historia. En los dos mil también, Dicepolín.

 

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