Calle Angosta 2005

La France - Internet

LA FRANCE

 

   Hace unos años, Jack-Alain Léger, un escritor francés especialista en literatura comparada, publicó una novela, “Vivir me mata”, en la que narraba los infortunios de un joven magrebí francés, y planteaba, con ese don anticipatorio que suele ofrecer la buena literatura, la perspectiva de estallidos violentos, tal como ahora se observan en el punto terminal de la ficción, los hechos reales. Era un relato que viajaba entre la reclusión de inmensas poblaciones francesas de origen africano y una suma de violencia implícita, entre la igualdad escrita y la verdad cotidiana del menoscabo y las humillaciones, entre el derecho virtual a una ciudadanía y la negación de sus esencias, entre la revelación y la catarsis.  La carga irracional que siembra, exactamente,  la razón negada.

    De tal modo Francia entera se vuelve a mostrar como un heraldo de los grandes anuncios históricos, un oleaje de luz en el des-concierto del mundo. Tanto como en 1789, cuando su magna Revolución instaló para siempre en la conciencia moderna los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. O en la Segunda Guerra Mundial, cuando la caída y la liberación de París marcaron dos momentos cruciales de la relación bélica. O como en Mayo del 68, cuando una oleada de protestas que estremecieron a sus grandes ciudades, fijó un sacudimiento del andar histórico, como si un sol con otro brillo debiera contemplar el crepúsculo de un siglo en el que ya “todo” parecía haberse producido.

    Aquellos sucesos todavía forman parte de la memoria presente. Aún sin la obtención de un triunfo en términos de poder, marcaron un instante ideológico y participativo de vasto alcance, en cuya onda los jóvenes pintaban sobre las paredes o hacían ondear en sus manifestaciones proclamas contagiosas. “Sean realistas, pidan lo imposible”. “La obediencia empieza por la conciencia, y la conciencia empieza por la desobediencia”. “Mira tu trabajo, revela la nada y la tortura”. “Los que toman sus deseos por realidades, son los que creen en la realidad de sus deseos”.

    Aunque más tarde las aguas se aquietaron, la calma incluyó signos de un aprendizaje, de algo surgido en las lecciones de la conmoción. Y hasta muchos jóvenes rebeldes llegaron a integrar, años después, una dirigencia madura y ordenada. El mundo no se había cambiado, por supuesto. Pero Francia, dentro de Europa, parecía mostrar una cara de sensatez y racionalidad frente a los desatinos imperiales,  buscando, además, un desarrollo interno en armonía con los requerimientos sociales básicos.  

    Pero de pronto, en medio de un juego de oposiciones controladas, en donde transcurren, parsimoniosamente, cumbres y conferencias dilatorias de todos los problemas que socavan al mundo, sucede que unos jovencitos “magrebies, revoltosos” comienzan a incendiar varias centenas de autos cada noche. Es decir, como objetivo, autos, en tanto símbolos de una riqueza que no les alcanza, y contra ellos, la destrucción, como única forma de lo posible, es decir, la regresión ideológica hacia niveles de la pura barbarie. Francia, entonces, como metáfora de un lapso contenido entre dos corchetes históricos. Uno abierto hace décadas, profundamente esperanzador, que quería empujar un humanismo nuevo. Y otro de clausura, que se dibuja en estos días, como la marca de una  experiencia de orden mundial en su corpus agónico.

    Una experiencia que incluye al mundo en su conjunto. De nuevo ver a Francia es ver la historia humana. Igual que cuando Robespierre decía que “nunca un pueblo feliz ha sido revoltoso”, y fijaba una sospecha perenne, tan justa para una capital del mundo como para una villa suburbana que se cae del mapa. La violencia “sin sentido” tiene sus causas “con sentido”. Y en todas partes los ojos del poder interpretan y buscan resolver sus miedos con la misma ceguera. Luis XVI creía que un gran ejército global, armado por todas las monarquías de Europa, detendría el avance de los pueblos “facciosos”, y terminó pagando el error con su propia cabeza.

 

INTERNET

 

    En los comienzos de la era industrial, los trabajadores, en momentos de tensión, solían romper las máquinas que les causaban desempleo. Ellos veían al nuevo maquinismo como un fenómeno absolutamente perjudicial, que les cerraba el uso del único bien con que contaban, su fuerza de trabajo. Los hechos, sin embargo, resultaron irreversibles. Y además, en cuanto a su función histórica, no sólo negaron el efecto temido sino que situaron a la humanidad ante una realidad que por entonces, en los comienzos del capitalismo, resultaba impensable: la de producir todos los bienes que los hombres necesitan.
    Esta es una referencia apropiada para una aproximación a lo que hoy significa, en cualquier lectura del destino humano, el “fenómeno Internet”. Es decir, una visión en los términos del razonamiento dialéctico. Los hechos no pueden interpretarse en un punto inmóvil sino en su desarrollo.  Así, muchos efectos que a primera vista parecen “malos” o parecen “buenos” más tarde cambian de sentido, se van modificando en su proceso de construcción  -que también implica otro de negaciones- y al fin ofrecen resultados diversos y cambiantes: como sucede con la energía atómica, que puede servir para la creación de bienes o la destrucción de ciudades enteras. O la biología genética, que puede salvar vidas o fabricar monstruos. O la capacidad para modificar a la naturaleza, que puede instalar un oasis en medio de un desierto o romper la capa de ozono y abrir el paso a la potencia destructiva del sol. 
    Internet, en tanto maravilla presente, que marca el mayor grado de desarrollo del flujo de información y las comunicaciones globales, al igual que antes ha sucedido con cualquier avance tecnológico, no es buena ni mala “en sí”. Todo depende de su evolución y del modo en que se use.  Una persona puede estar horas y horas frente a una pantalla ejecutando acciones “idiotizantes”, al punto que deba ser internado como adicto a una nueva droga. O puede estar accediendo al texto de una biblioteca científica. Puede escuchar un poema dicho por un autor lejano o puede consumir los servicios de una banda de proxenetas. En cualquier caso, la virtud o la culpa no es obra de la red. Como el mejor profesor no garantiza que un alumno aprenda ni la llama es culpable de un puchero quemado.
    Lo que se debe observar es la potencialidad del hecho básico. Conocer bien lo que hoy se puede hacer -que antes no se podía- y analizarlo dentro de una tendencia válida para todo el campo de la información y las comunicaciones. En particular el conflicto abierto entre los sistemas hegemónicos monopólicos, que procuran uniformar los temas y el discurso que se imponen a la sociedad mundial, y por otro lado la multitud de propuestas alternativas que, con asiento en su multiplicidad, su especialización, sus atractivos locales, le ofrecen resistencia. Hace más de veinte años, en su categórico libro  “La Tercera Ola”, Alvin Toffler ya explicaba las características del fenómeno. Contra el gran diario principal con edición de cientos de miles ejemplares, van apareciendo infinidad de periódicos de pequeño tiraje que por una u otra razón cambian el centro de interés temático y hasta, en ocasiones, la forma de mirar los hechos. Contra una poderosa radioemisora central, surgen decenas o cientos de pequeñas radios de frecuencia modulada que suman, en conjunto, audiencias importantes por afuera del sistema propagandístico único. De igual modo, contra cadenas televisivas como la NBC, la Fox o la CNN,  se observa ahora la inundación de datos y opiniones en la red informática, que pueden alcanzar tanta fuerza como para introducir en los propios centros del poder difusivo, admisiones y disculpas forzosas. O conflictos internos, del tipo que ha llevado últimamente a conocer aspectos terribles de la guerra de Irak, como la degradación de prisioneros o el uso de armas de fósforo blanco.
    Cierto es que, según una encuesta reciente, el 46 % de la población de USA aprueba el uso de la tortura. Pero eso es parte de otro tema y no del silencio. No es lo mismo que se deba hablar de la tortura, y revelar el nivel ético de una sociedad, a que se la oculte como basura debajo de una alfombra. Así son las contradicciones del caso. Un hecho como Internet, nacido como parte de un proyecto militar del Departamento de Defensa de los Ee Uu, puede adquirir, durante su desarrollo, atributos opuestos a su origen. ¿Estos casos son excepcionales? ¿O son el reflejo de un “descontrol” irreversible? Justamente eso es lo que hoy se discute, incluso en la esfera de los Estados: la “propiedad” de Internet, en el doble alcance de los contenidos y de los accesos. ¿Cualquier ente puede producir información? ¿Cualquier persona puede leerla?
    El futuro de Internet se irá, pues, desarrollando dentro de este conflicto. Y según sea su resolución, puede constituirse en el mayor instrumento conocido de liberación o de opresión humana.  Es decir, nuevamente, la tecnología será el resultado de quienes la ejecutan. El fuego de Prometeo o la maldición de Frankestein.

Copyright  Power by PageCreative