Calle Angosta 2005

Juan José Saer - Gestos

JUAN JOSE SAER

 

    Hace pocos días, a los 67 años, moría en París uno de los grandes creadores de la literatura argentina, Juan José Saer. Estaba trabajando en la corrección y el final de ‘La Grande”, una novela que ha dejado inconclusa, pero marcada por cinco años de trabajo paciente. Igual su obra es sólida y extensa, compuesta por cuentos, novelas, ensayos y un libro de poemas curiosamente llamado “El arte de narrar”.

    El gran eje visible de la obra de Saer es la distancia. Primero, la física, por el hecho de que su autor se radicase en Francia, desde el año 1968, sin razón aparente. Y segundo, en lo temporal,  por la forma de su construcción, lenta, silenciosa, apoyada en el estudio y el doble camino de absorción e irradiación de un pensamiento que le diera sustento.
 
    En ambas vías, Saer despliega sus argumentos contundentes. Sobre su instalación en París, informa que fue un puro fruto del azar. Pero fuera de lo anecdótico, ese hecho le permite dejar a un lado las nociones de extranjería, defender los beneficios de la integración de culturas, y hasta le ayuda a cuestionar el concepto de patria, que no puede ser uno y excluyente para cada persona por el sólo hecho de haber nacido en un determinado lugar. Por sobre los símbolos abstractos, como una marcha o una bandera, están las vivencias personales, las maneras que ha tenido cada sujeto para introducirse en la vida. Y que tampoco son permanentes, porque el tiempo las va modificando sin descanso.  De todos modos, la reducción de la nostalgia no implica clausurar la memoria. Así Saer puede recordar con alegría hechos de su niñez en Serodino, sus escapes fluviales hacia Puerto Gaboto,  puede incluso reconocerles un valor formativo, pero no por eso llenar el presente con melancolía. O pretender una prolongación imposible. Muy por el contrario, “la parte que perdura en los lugares y cosas que hemos desertado –dice- ya no nos pertenece”. Eso lo afirmaba en París, escribiendo con el lenguaje y los personajes de la llanura del sur de Santa Fe, es decir, logrando, como pocos,  la disolución de la distancia.
   
    El otro modo de resolverla fue con acumulación de trabajo, aceptando que la obra de cualquier artista se sustancia en el tiempo y es ajena por completo a las modas y a los requerimiento de la cultura mercantil, al trayecto del libro y los productos artísticos como simples objetos de la renta económica. En esa perspectiva, Saer realiza una obra afín con lo que piensa. No dice las cosas desentendidas de una idea, sino que, por el contrario, primero traza su cuadro de preguntas y respuestas esenciales, se apoya en todo el material que ya existe, desde Levi-Strauss a Theodor Adorno, desde Sófocles a Martínez Estrada, y recién después busca las palabras de su propio relato, con resonancia coloquial, e instaladas en los bordes de la cultura. Porque desde allí –como lo sostuviera reiteradamente-  se produce y busca su lugar, con persistencia, una literatura nueva. En los centros, por el contrario, está el poder, el mercado, la repetición, el público meramente consumista, y está la demagogia de los falsos creadores.                    
   
    De tal manera, automarginado de los centros de decisión y propaganda, Saer    
ha construido desde sus propias convicciones estéticas una obra poderosa, en la que aflora su reivindicación de la incertidumbre, su rechazo de todo discurso autoritario y su punzante reflexión sobre las diversas formas de manifestación de las cosas.  Desde un banco de plaza golpeado por la lluvia hasta la gravedad de los secretos, como aquellos que descubriera en unos de sus cuentos: -la vida de aquel hombre, su verdadera vida, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo…
   
    Su obra también se halla al abrigo de la brevedad. Y habrá de perdurar, entre otras cosas, porque está llena de secretos.

 

G E S T O S

 

    El grano de la voz es el gesto, ha dicho R. Barthes, con certera simpleza. Es imaginable que los primeros hombres habrán hecho un gran redondel con sus brazos para nombrar la luna llena. 
    Después, ante la diversidad de objetos y de situaciones, habrán nacido las palabras más elementales: agua, cueva, lluvia, frío, tierra, muerte, peces, alegría. Millones de años para ir articulando sonidos que un mismo grupo reconociera como recursos para el entendimiento. Cada vez más amplios y más precisos, hasta estructurar un lenguaje oral que sirviese para la transmisión de historias y experiencias de grupos, y finalmente, de sociedades enteras. El resto es conocido. Palabras aptas para la expresión de ideas, escritura, imprenta, dispersión mediática. Pero antes, en el comienzo, el gesto.
    Y ese mismo gesto, ese germen atávico, oscuro, lejano, lejos de perderse, guarda en la memoria del hombre su elocuencia perfecta. Y reaparece, lozano y rutilante, toda vez que las palabras del lenguaje ordinario se ven insuficientes. Pero no a la manera de los gestos bárbaros, sino con la riqueza de siglos de aventura y probanzas. No el cabeceo simiesco o un insulto con el dedo mayor sino los gestos ejemplares, esos que aparecen como una alternativa final, cuando ya ninguna otra cosa es posible.
    Ejemplo uno. Observación nacida mirando a alguien de entre los pequeños ejércitos que se imponen, en las esquinas y los paseos, una ocupación para sobrevivir:  limpiavidrios, zanquistas, banderilleros o estatuas vivientes, capaces de asombrar con  mensajes ocultos, muchas veces insospechados. Como el de un malabarista que cumplía su rutina, como otros tantos,  bajo la urgencia de los semáforos. De pronto, haciendo una demostración complicada, uno de sus bolos se le fue de las manos. Y cayó al suelo. Lo hecho era válido, de todos modos, para intentar el premio de alguna moneda. Sin embargo el muchacho se redujo en su contrariedad. Levantó el bolo, rehizo el fin de la prueba, se impuso sobre su error y  la luz verde, y acabó saludando, simplemente, con un doble gesto de disculpa y de satisfacción, como diciendo: a. que no se atribuyó derechos a ninguna retribución porque su trabajo no había sido correcto; y b. que sin embargo era capaz de hacerlo bien, como al final pudo demostrarlo. Ese gesto resumía, en su casi imperceptible transcurso, un tratado de ética laboral. Tan infrecuente como preciso.
    Otro ejemplo. Tomado, si la memoria no falla, de un relato de Eduardo Galeano. Un importante ex-funcionario de Salvador Allende se hallaba preso, en una cárcel del sur de Chile, condenado al hambre, la tortura sistemática y la soledad. Y se habría convertido también en un ex-hombre, de no ser por la posibilidad del gesto. Una noche, bajo la ensoñación de un tango, tomó una escoba, tan pobre y flaca como él,
Y bailó con ella ferozmente, hasta caer en el piso,  sonriendo, para siempre. Quiso decir con ello infinidad de cosas, como que no aceptaba la tristeza, ni aceptaba las negaciones, y que la última decisión sobre su vida, aún frente a circunstancias tan adversas, le seguía perteneciendo. Y en verdad no podía haberlo dicho o escrito de manera más bella ni más elocuente.
    Es en esa clase de ocasiones, cuando la palabra, que ha nacido del gesto, reproduce su grano originario. Y se supera a sí misma.
Tal vez el correlato de estas visiones,  dentro del campo del lenguaje orgánico, sea la poesía. Ella resume los mayores intentos para lograr, en el nivel más alto de la comunicación y la belleza, la misma contundencia expresiva. Como si fuera un gesto construido con palabras.

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