Calle Angosta 2005

Himnos a la luz

    Mendoza tiene un poeta escondido. Una de sus voces más altas, y más perseverantes, que desde hace varias décadas vive (o “padece”, según él) en la ciudad de Buenos Aires. Pero no emigró solo. Al irse se llevó varias cosas para siempre. Los contrapuntos con Víctor Hugo Cúneo y Fernando Lorenzo. La sombra de cien mil árboles, que tanto puede propiciar la quietud de una siesta silvestre, como agitarse cuando debe acompañar los gritos necesarios. Y se llevó el agua, que baja pertinaz desde los cerros, sin la cual los poemas no se pueden pulir ni pueden tener canto.

    “Tenemos nuestra bandera.
    Es alta, morena y roja
    y un clavel que se deshoja
    es su flor de primavera.
    Y tenemos la quimera
    de una realidad más lisa
    del jubón a la camisa
    y del champán a la aloja
    en remolienda o en misa
    de un clavel que se deshoja.”


    El poeta se llama Hugo Acevedo. Su primer libro, “Rumor de vida”, fue publicado en 1948. El último,  “Himnos a la luz”, acaba de llegar, justamente, en estos días, cuando uno se distancia de tantos regalos obligados y absurdos; ha llegado diciendo “también están los otros”, los que un amigo te introduce en el alma.

    “Con nuestras armas desnudas
    somos mil, somos millones,
    mansitos pero leones
    si nos muerden ciertas dudas.
    Como a las aves zancudas
    no el ardid se nos antoja
    ni la escarchilla nos moja
    en nuestra altivez de viento:
    no es sólo por descontento
    un clavel que se deshoja.”


    Dicen que Picasso dijo que lleva muchos años llegar a ser joven. Tal vez Hugo
Acevedo pueda dar fe de ello, con los ochenta que ha cumplido en octubre. Cualquier adolescente escribe un poema, sobre todo por culpa de amores contrariados. Pero sólo un joven verdadero los escribe cuando sus pares callan. Eso es grandioso, porque la voz alcanza su máximo caudal. Igual que un lago que atesora el agua de todos los ríos.
Por eso Hugo no deja palabras sin utilizar. Y por lo mismo ellas realizan un milagro que la mayor parte de la poesía corriente desconoce. Agruparse en torno a un pensamiento.
Y decirlo cantando.

    “Solitario en nuestro canto
    de inobediente destino,
    que es coral de peregrino
    sufrir un mágico llanto.
    Bajo el noctámbulo manto
    arde, ruge, se acongoja
    y al calabocero enoja
    el buen corazón hermano:
    Con los pobres, larga mano
    del clavel que se deshoja.”


    En la misma dimensión con que lo más duro de la tierra fue tratado por Jorge Ramponi en su “Piedra Infinita”, Hugo Acevedo trata en estos “himnos” la maravilla de la luz. Sin ella no hay vida. Es decir, no hay elecciones posibles. No se podría mirar hacia adelante con la perspectiva de que todo se encuentra por hacer, ni se podría mirar hacia atrás con agradecida nostalgia. Ni se podría demostrar que “la noche es (apenas) el parpadeo de un ojos húmedos”.    


(Nota: la versión completa del “himno” nº 3, se puede leer en www.alphalibros.com.ar
en la sección POESÍA / Poemas de Amor)

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