Calle Angosta 2005

El General Desobediente

EL GENERAL DESOBEDIENTE

 

    Aunque los grupos que prevalecerían en la conducción de Buenos Aires, lo enviasen a Mendoza complacidos por alejarlo de sus maniobras, San Martín asumió como Gobernador Intendente de Cuyo con el convencimiento de arribar, por fin, a una instancia decisiva en su estrategia de liberación. Las miras eran, por cierto, diferentes. El Director Gervasio Posadas, al comunicarle al General su nuevo destino, le decía: “El maldito Napoleón la embarró al mejor tiempo: expiró su imperio, cosa que los venideros no creerán en la historia, y nos ha dejado en los cuernos del toro”. Era notorio que la reasunción de Fernando VII, así como las presiones británicas para ensayar formas de conciliación con la vieja corona, habían cambiado el clima político de  Buenos Aires, donde se vivían momentos de contrariedad y de reflujo en los fervores de la independencia. El alejamiento de San Martín implicaba una mayor tranquilidad para adecuar las políticas al influjo de los nuevos sucesos. Y si las circunstancias hubieran conducido hacia un arreglo con los españoles, ese arreglo se habría hecho. Peor sería el triunfo de los “enfermos de Revolución Francesa”, como supo decir Cornelio Saavedra.
    En cambio para San Martín instalarse en Mendoza significaba estar parado, con el cuerpo y el alma, de frente a la utopía. Su símbolo debió ser la vasta cordillera que el general quemaba con sus ojos. Del otro lado está el camino, sostenía. Y en función de dicha certidumbre puso en juego su talento organizador, su genio político. Es imposible comprender este período de San Martín, es decir, desde su llegada a Mendoza (1814) y hasta su regreso desde Guayaquil (1922),  sin “leer”  su concepción de que se estaba frente a una guerra popular, anticolonialista y revolucionaria. 
    A poco de estar en Mendoza, San Martín debe recibir al resto de las tropas chilenas que llegan desde Rancagua, después de una derrota feroz. Los ayuda, los alienta, y los hace parte de su propia fuerza. Para él no había soldados “chilenos” ni  “argentinos” sino un sólo ejército unido para la libertad de ambos pueblos.
    Enseguida, bajo su dirección indiscutida, pone en función de las necesidades de la guerra a toda la población de Cuyo. Y de tal modo le otorga sustentación económica y social al aparato militar indispensable. Para ello desarrolla las industrias primarias a partir de la vid,  el olivo, los granos. Y de la minería, aplicada fundamentalmente a las necesidades militares. Amplia las superficies cultivadas facilitando el acceso a  la tierra por parte de quienes puedan trabajarla. Promueve el artesanado libre. Estimula la educación primaria. Establece y cobra los impuestos con tasas progresivas, de modo que los más ricos fueran quienes más pagasen. Combate la apatía y castiga duramente la traición. Y como sabe que las joyas de las damas patricias no alcanzarían para comprar  más que cincuenta mulas, realiza en determinados casos exacciones forzosas pero sobre todo apela al aporte popular,  luego de ganarse la voluntad de las mayorías con su prédica fervorosa y sus acciones en línea.
    En pensamiento que comenzaba a prevalecer en Buenos Aires era el opuesto. Ninguna visión revolucionaria y continental. Sólo la visión del puerto y las estancias. La oligarquía porteña creía que  “al loco de San Martín se le iba la mano”. “Nosotros estamos bien –pensaban, con su natural patriotismo,  los Anchorena, los Alzaga, los ‘civilizadores del cuero’-.  No vamos a poner plata para pelear por los peruanos o los chilenos. Ya nos cuestan bastante los caudillos.”
    Pero en Mendoza la “locura” se había instalado sin remedio. Cuando en 1815, se dispuso desde Buenos Aires el relevo de San Martín, el pueblo salió a rechazar airadamente al Coronel Perdriel, el encargado de reemplazarlo, y constituido en cabildo abierto, impuso la continuidad de su Gobernador, lo que luego fue ratificado por los cabildos de San Luis y San Juan.  
    Más tarde, cuando ya se había asegurado la independencia de Chile, y San Martín se preparaba para la expedición al Perú, desde Buenos Aires le ordenan que vuelva con sus tropas  “para terminar, de una vez, con los caudillos”.  San Martín desobedece. Y con la excusa de que “estaba enfermo” y otros ardides dilatorios, sigue adelante con su plan. Da una lección histórica magistral de genio militar y político, y en su asedio al poder realista en Perú sólo sostiene una larga y victoriosa batalla, la que le permite ganarse el corazón de los peruanos. Con  ellos de nuestro lado, “Lima va a caer –dijo- como una espiga madura.”
    Seguía enseñando que se estaba frente a una guerra sin cuartel en contra de una potencia colonialista. Una guerra que no se ganaba sin pueblo. Es bueno recordar, en estos días de homenaje, que los cuyanos le creyeron. Tal vez por eso, el general desobediente siempre añoró sus tiempos mendocinos, y su chacrita de los Barriales, donde hubiera querido vivir en paz, cultivando la tierra.

 

INSULTOS

 

    Aunque resistido por la moral y las buenas costumbres que muchas veces aceptan, paradójicamente, cosas peores, los insultos también son una manera del lenguaje. No son modelos expresivos para imitar, por cierto. Pero hay ocasiones en que unas pocas “malas palabras” le acuerdan a un conflicto el punto de su resolución exacta. Igual que las arengas o los rezos,  implican una acción que trasciende el valor puro de las palabras. Y que tanto puede conducir a una lucha extrema como también, investida de advertencia final o de gesto guerrero, marcar una inflexión de corte y evitar que las cosas pasen a mayores. Los tonos y la composición varían, por supuesto, de acuerdo con los lugares, las personas y las situaciones; aunque siempre implican un desborde de quien la cumple, una explosión de los sentidos, el anuncio de un ataque hondo y directo. Excepcionalmente, la espontaneidad y la gracia de un hallazgo ingenioso, pueden lograr para el agravio una sonriente disculpa. 
    Hombres de letras, incluso tan ilustres como Góngora y Quevedo, se cuentan entre los cultores destacados del “género”.  Ambos poetas sentían la vocación de zaherirse entre ellos. Y así, bajo la culta forma de los sonetos, se prodigaron insultos feroces. Uno de Góngora comienza:
    “Anacreonte español, no hay quien os tope,
    que no diga con mucha cortesía,
    que ya que vuestros pies son de elegía,
    que vuestras suavidades son de arrope”

    Al cual Quevedo corresponde:
    “Yo te untaré mis obras con tocino
    porque no me las muerdas, Gongorilla,
    perro de los ingenios de Castilla,
    docto en pullas, cual mozo de caminos”

    Un contemporáneo de ellos, el autor  Ben Johnson, aparte de escribir grandes obras y acompañar a Shakespeare en algunos paseos alcohólicos, se ocupó de una parodia de insultos. Uno de ellos fue divulgado  en “Historia de la eternidad” por Jorge Luis Borges: “Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando.” En el mismo trabajo se alude al párrafo que el escritor bogotano Vargas Vila le dedicara a un colega célebre por su servilismo hacia todos los gobiernos. “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia.” Borges no ahorró su propio sarcasmo, infinitamente sutil, pero no menos terrible “La injuria de Vargas Vila es la más espléndida que conozco: injuria tanto más singular si consideramos que es el único roce del autor con la literatura.”
    No fue el único sin embargo. Hubo otros que le dieron fama, como el que dedicara a Carlos Holguín,  ex presidente de Colombia: “Tirano insustancial e insignificante, tan inútil para la libertad como para la tiranía..” Y a su compatriota escritor y también político Miguel Antonio Caro:  “Su reputación había nacido, como un gusano mortal, a la sombra de las grandes tumbas que había profanado.” Y otro más, dicho en una cena donde alguien había mencionado a Chocano: “No es propio de hombres decentes mencionar a ese sujeto en esta mesa. Santos Chocano tiene la inmunidad del excremento.”
    Entre los actuales, se puede recordar al colombiano Fernando Vallejo, autor de “La Virgen de los Sicarios”, que ganara en 2003 el premio Rómulo Gallegos con “El desbarrandero”, una obra literaria que sin embargo está llena de improperios e insultos, en especial en contra de las religiones. Unos de sus blancos preferidos son Juan Pablo II y la propia Iglesia Católica, a quienes castiga con extrema dureza. Aunque tampoco se salva Mahoma: “plaga máxima de la humanidad –dice-, tanto como la humanidad lo es de la tierra.”
    El mismo Borges no está libre de esas tentaciones maliciosas. Normalmente las trama con oblicua fineza o alardes de ironía, como cuando en su juventud opinaba sobre la poesía de Lugones:  “..ni sufro sus rimas ni me acuerdo del tétrico enlutado ni pretendo que sus imágenes divagadoras siempre y nunca ayudadoras del pensar, puedan equipararse a ciertas figuras orgánicas..” (Textos Recobrados, 205) Pero otras veces pega simplemente el mazazo, como cuando opinaba sobre Perón:  “Una persona abominable ... Y su gobierno, una tiranía monstruosa.”
    Pero también Borges, hablando sobre el arte de injuriar, sostuvo que la gente común solía ser más creativa que los “escribidores”. Se pueden citar algunos ejemplos concordantes.
Como esta dedicatoria a una mujer yanomani a miembros de otra tribu, en Venezuela: “Su fea
piel está tan manchada que parece más una espinilla que una persona. Y lo tenemos claro porque sus hijos son horribles y sucios. ¡Vaya si lo sabemos! Sus feas madres los hicieron así. Son todos descendientes de la pus y las espinas. Todos vienen del pueblo de las espinillas”. O sino este recuerdo de una cancha de fútbol, donde un jugador se tomaba la cara y demoraba el juego por un golpe fingido: “Dale, callate. Que la cara te duele de fea..”

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