Calle Angosta 2004

Feria del Libro

FERIA DEL LIBRO

 

    Luego de la Feria Provincial del Libro que acaba de realizarse –con  “base operativa” en la Plaza Independencia – afloran, como es casi forzoso, diversas reflexiones. La primera, ciertamente, sobre su sentido. Según estudios hechos por la Universidad Nacional de Cuyo, el 52 por ciento de los jóvenes mendocinos de entre 15 y 24 años no concurre a ningún establecimiento educativo, y la provincia cuenta con 18 por ciento de analfabetismo. De modo que, ante datos de tan dramática elocuencia, es importante discernir si una Feria de libros se programa al estilo de un mini-show propagandístico de circunstancias, o si está relacionada con planes que la instalen dentro de un eje y de un proyecto modificador.  Dentro de tal enfoque, la perspectiva ha sido diferente, esta vez para bien. Con tibieza, con muchas cosas todavía “en borrador”, pero ofreciendo, al menos conceptualmente,  una aproximación a los desafíos que hoy enfrenta la educación popular.
    Así, fuera de “las luces” feriales, durante las mañanas y la primera hora de las tardes, se llevaron a cabo gran cantidad de talleres para maestros, centros de irradiación de nuevos conceptos y elementos didácticos; se debatió sobre políticas educativas, con la presencia de la ministra mendocina del área, la rectora de la UNC y la destacada investigadora Adriana Puigross, ante un auditorio participativo que colmó el teatro Independencia; se presentó la segunda parte del programa “Mendoza lee y cosecha”, aportando nuevos materiales para la promoción de la lectura en las escuelas; y hasta se abordaron temas muy sensibles, como las exigencias éticas de la literatura juvenil. La muestra de Mendoza marcó, pues, un aparente cambio de tendencia con relación al concepto comercial y de mero pasatiempo “culto” que las desproporcionadas Ferias porteñas irradian al país. 
    En el plano de las realizaciones paralelas, se vivieron varios actos de lujo, como los producidos alrededor del profesor e historiador Luis Alberto Romero, en su presentación del libro “La Nación Argentina en los textos escolares”; del escritor mendocino Rolando Concatti, quien con el pretexto de referirse a un libro de Rubén Dri sobre el Evangelio de Marcos, brindó una clase maestra sobre la actualidad de varias narraciones bíblicas; o de Roberto Cossa,  reivindicando lo que el teatro aporta como ejercicio de la rebeldía, o como agente vital de transmisión de ideas, una y otra vez,  de puesta en puesta, siempre igual y siempre diferente, al estilo que lo hace, “de cama en cama –según sus propios términos-,  una ramera laboriosa”; o de Angélica Gorodischner, cuyas “palabras para contar la vida” tuvieron efectos deslumbrantes: “Tal vez la fantasía (de una narración) sea tan atractiva porque es necesaria. Tal vez porque, me pregunto, sin la fantasía ¿habría lenguaje? Cuando allá en el intrincado tejido del árbol de la humanidad alguien dijo la primera palabra, ¿qué fue lo que nombró? Nunca vamos a poder decirlo pero con seguridad que no fue un inventario de carneros sino un deseo, una invención, el ansia que aún nos mueve, de hacer pie en el mundo que vemos para viajar hacia lo inexplicable.”
Hubo otro momento, que posiblemente exceda la alegría de una vivencia personal, y que puso (o al menos gestó la conjetura de) un verdadero toque de distinción en esta Feria. Una especie de prueba de que, cuando las propuestas soy atrayentes y se insertan en una buena organización, el público responde. Es decir, hay gente inquieta para todo. El hecho es este: En una de las jornadas, la periodista chilena Patricia Verdugo, recordaba ante una enorme concurrencia reunida en la carpa “Américo Calí”,  los sucesos  que se vivieron en su país bajo el gobierno de Augusto Pinochet, conocidos como “la caravana de la muerte”. Y exactamente a la misma hora, a pocos metros, en la sala del Teatro Quintallina, también colmada, Liliana Bodoc y Sandra Comino se sumaban al debate sobre la ética en la literatura -lo que hacían, además, con detallada firmeza-. Comino, por ejemplo, transmitía entre otras cosas sus dudas sobre las libertades de un creador actual. “Hasta que punto –se preguntaba- un escritor que hoy se rinda ante las exigencias del mercado como antes se lo hacía ante los mecenas de turno, ejerce de veras un trabajo libre?” Bodoc, por su parte, sostenía: “Lo único que tiene un escritor para luchar contra la propaganda televisiva y los mensajes del mercadeo cultural –decía Bodoc-, son sus palabras. Así que debe elegirlas y utilizarlas con mucho rigor.” Pero entre esos dichos y los de Patricia Verdugo, apenas separados por una fuente de agua y una escultura de Molinelli, se había producido, en los cientos de personas congregadas, lo más importante de todo, una confluencia que previamente parecía impensable.

    ¿Pero, finalmente, del libro qué? Ese objeto pequeño, manso, luminoso, volador, apasionado,  imprevisible, ¿adónde estaba? Otra vez encallado entre góndolas frías, inmóvil frente al ojo de paseantes confusos. En todo caso, lejos de la curiosidad devoradora, del manoseo feliz, de los descubrimientos personales que le ponen la última palabra a una trama anterior, a veces muy antigua, que muy difícilmente, en una clima de mucha luz, altos costos,  miradas veloces, y hasta molestos apretones, hallen su destinatario. Aunque, claro, eso ya sería tema de otra Feria. Y de otra concepción, más amatoria y más gozosa,  del personaje que debiera ser el centro de la escena.

 

¿QUÉ RAÍCES?

 

    La elección de las palabras es algo más que un recurso literario. Es una exigencia de toda comunicación que pretenda referir algo con claridad. Aunque eso tiene sus dificultades. Entre otros, los vocablos equívocos, que suelen presentarse sin la debida precisión. Uno de ellos es el que nombra las “raíces”, utilizado a menudo como sostén  para las afirmaciones más diversas. Se da por sentado, comúnmente,  que cada uno sabe el significado de la palabra, sin advertir que ella adquiere, según sea el ideario de quienes la expresan, un sentido distinto, y muchas veces, enfrentado.
    Se habla así, de la necesidad de que “no se pierdan las raíces”, de una búsqueda o de un regreso a “nuestras raíces nacionales”, etc., en respaldo de posiciones hispanistas, gauchescas, occidentalistas,  de “patria chica”, de “patria grande”, internacionalistas, indigenistas o cristianas. Y entonces, puesto el término en el plano de las abstracciones puras, cualquier nexo conductivo puede ser tan válido como disparatado. Tanta es la confusión, que no parece posible, en lo inmediato, lograr un acuerdo más o menos  convincente sobre la palabrita, que quizá se debiera reservar para su uso dentro de las ciencias naturales, y reemplazarse en los discursos historicistas y políticos por una traducción más concreta. Sería recomendable, entonces, que ante cada referencia ambigua, los receptores tomasen el leve trabajo de formular al opinante una pregunta elemental: ¿Qué raíces?
    ¿Las del país que se declara soberano y se suma, por decisión revolucionaria,  al conjunto de las naciones independientes del mundo, o del que actúa con sujeción a los influjos de un Imperio? ¿Las del país que piensa su desarrollo por acumulación de la renta parasitaria de la tierra, de la especulación financiera o la exportación de bienes primarios sin elaborar, o del que promueve sus industrias de base y la exportaciones de mayor valor agregado? ¿Las del Estado de un país global que promueve políticas integradoras activas o del Estado que legitima la marginación social y rehuye sus compromisos básicos?¿Las raíces del proyecto constitucional de Alberdi, pensando en un país abierto, plural, igualitario, sin prerrogativas de sangre ni de nacimiento, con libertad de petición, de tránsito, de prensa, de credos? ¿O las raíces del caudillismo, la censura ideológica, los privilegios sectoriales, las leyes al trazo del soborno o la espada?
Todo ello ha sucedido en algún momento de la historia patria, y sigue, alternativamente, sucediendo. Es decir, se cuentan dentro del mismo patrimonio común.
Debería verse, entonces, de qué “raíz” se habla en cada caso. Y pensar, mientras tanto, que tal vez las “raíces” argentinas conformen, solamente, embriones indecisos. Y requieran todavía un tiempo de maduración, de aprendizaje social, y sobre todo de nuevas y más precisas elecciones.
    No es una cuestión de forma. Hay usanzas, costumbres, historias circunstanciales, que pueden engañar sobre los atributos de una “raíz” o de una “identidad”. No se trata, pues, del tango, el mate, el fútbol, la tristeza. Las seducciones europeas o la novela de Diego Maradona. Se trata de cuestiones de otro tamaño, otra proyección hacia el futuro, otra nervadura moral. Dilucidar, por ejemplo, qué clase de proposiciones y de conductas serán los perdurables, los que marquen y sostengan el futuro de un pueblo organizado, de una sociedad.
    Hasta ahora, quienes trataron de hacer “la gran nación de los argentinos” fueron pocos, aislados, y vencidos. En cambio, la mayor parte de los gobiernos reales se ha caracterizado, desde los tiempos de la colonia,  por su pequeñez estratégica y su grave corrupción táctica. Tuvieron siempre, sin embargo, el control del pasado, ese lugar en donde, justamente, las raíces se constituyen. Las exigencias con que deben ser vistas resultan, por lo tanto, superiores. No ocurre, solamente, que ellas sean breves e inciertas.  Ocurre también que son contradictorias, y que por eso mismo, no pueden generalizarse sin riesgo. ¿De qué ejércitos, por ejemplo, tendrían que nutrirse? ¿De aquellos de San Martín y de Belgrano, o de los últimos, de Videla y Galtieri? ¿De qué Sarmiento? ¿Del cruzado de la educación popular o del que proponía “no ahorrar sangre de gauchos”? ¿De qué voz, de qué música? ¿De qué ejemplos, de qué proposiciones?  Cada uno puede responderlo. Pero con cuidado. Cualquier “raíz” que no abriese cauces a una vida de mayor calidad, y que sirviera más al estancamiento que al progreso, volvería engañosa la invocación y además, le quitaría sentido.

 

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