Calle Angosta 2004

Epitafios - Memorias del saqueo

EPITAFIOS

 

    Es maravilloso, pero el hombre vive como si nunca habría de morirse. Por supuesto que posee plena conciencia de la muerte y que le teme, pero en su rutina diaria la mantiene lejos de su pensamiento. Hace de todo: se baña, se viste, desayuna, conversa, hace planes, se traslada, lee el diario, trabaja, negocia, protesta, corre, ama, estudia, sueña, etc., y se olvida, sabiamente, de que hay un ocaso y un final. De tanto en tanto, sin embargo, recibe golpes que lo acercan a situaciones terminales. Pero nunca se rinde. Y busca en cambio, por distintos caminos, la elusión. Y transmitir, de algún modo, que aún llegando su hora, hay algo de él que puede trascenderla. Para ello, entre otras cosas, escribe. Se imagina ausente, pero no deja de pensar en los hombres que seguirán estando, y hacia quienes proyecta, como un último gesto de sobrevivencia, su palabra póstuma. Solían grabarse en los sepulcros
y por eso se las identifica como “epitafios”.
    Algunos son hermosos. Especialmente los escritos por poetas. Rilke, por ejemplo, murió de leucemia, pero en un proceso acelerado por una espina de rosa con la que se había pinchado. Por eso dejó escrito: “Rosa, oh contradicción pura, placer, ser el sueño de nadie bajo tantos párpados.”  John Keats, reflejando lo efímero de su existencia, dijo: “Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua”. Otro vate,  de acuerdo con la hondura de su cauce expresivo,  buscó la forma de confundirse con en el tiempo: “Aquí yace el poeta Vicente Huidobro. Abrid su tumba. Debajo de su tumba se ve el mar.”  Moliere, en cambio, prefirió valerse de un mensaje de humor:  “Aquí yace Moliere el rey de los actores. En este momento hace de muerto y de verdad que lo hace bien”. Anne Sexton (citando a Kafka) escribió para Sylvia Plath: “Un libro debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos adentro.” Y Lord Byron lo hizo, para cierto amigo –que en realidad era un perro-, con enseñanza luminosa:  “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios.”
    Infinidad de poetas se situaron frente a la muerte de las maneras más variadas: la resignada aceptación, el diálogo entre iguales, la epopeya heroica, el  desafío obstinado. O bien la narración evocativa -como Edgar Lee Masters, en su “Antología de Spoon River”- a la manera de un responso para los habitantes muertos de una misma ciudad, donde la suma de pequeñas glorias y abundantes miserias se funden en una totalidad conmovedora.  El autor habla en ella por cada uno de los que nombra, y les devuelve, con el sustento de un verismo anti-heroico y poético, la palabra perdida.  “Yo fui el primer fruto de la batalla de Missionary Ridge –dice, por ejemplo, un ignoto soldado-. Cuando sentí la bala entrar en mi corazón deseé haberme quedado en caso y haber ido a la cárcel por el robo de cerdos a Curl Trenary, en vez de huir y haberme alistado en el ejército. Más vale mil veces la cárcel del condado que yacer bajo esta figura con alas hecha en mármol y este pedestal de granito soportando las palabras Pro Patria...” Mientras que un ilustre harapiento, llamado “Indignación” Jones, despliega frente al pueblo que no le conocía su “buena estirpe galesa”, un alegato airado, que concluye con la más triste sencillez: “..Ya no oirán en las mañanas mis pasos resonando sobre la hueca vereda al ir al almacén por un poco de harina de maíz y cinco centavos de tocino.”  
Dentro de la lengua española, resulta válido recordar los “Epitafios australes”, de Leopoldo Marechal, donde pareciera que la profunda belleza de los versos alcanza, por contagio con su intenso humanismo y su celebración amatoria de la vida de cada ser cantado, una estatura celestial, como se puede leer en el recuerdo de un humilde resero: “..Empujando furiosas novilladas al Sur, atropelló el desierto, vio su cara de hiel, y le dejó una pastoral montada en un caballo blanco. Vivió y amó según la costumbre del aire: con un pie en el estribo y el otro en una danza. Y, como el aire, se durmió en tierra que su talón había castigado. Nadie toque su sueño: aquí reposa un viento.” O en otro semejante, dedicado al domador Celedonio Barral: “..Por eso duerme aquí, con sus manos prendidas a la crin de la tierra.  El doradillo, el moro, el alazán, entre sus piernas fueron máquinas del furor y pedazos de viento en su muñeca. Su pan fue una derrota de caballo por día; un trueno de caballos fue su música entera. Para su Dios y para su mujer tuvo sólo un aroma: el olor del caballo. El potro de la muerte no se rindió a su espuela de antiguo domador y jinete final. Por eso duerme aquí, silencioso y vencido: porque domaba todos los caballos, menos uno.”

 

MEMORIAS DEL SAQUEO

 

    Con la presencia de su realizador, Pino Solanas –galardonado con el Oso de Oro a la trayectoria artística en el último Festival de Cine de Berlín- se pudo conocer en Mendoza “Memoria del Saqueo”, documental gestado a partir de los hechos conexos a la caída del presidente De la Rúa, que pretende explicar, mediante un repaso histórico de las últimas décadas, el por qué de la profunda decadencia que hoy afecta al país. El resultado, por supuesto, es una aproximación. Por más que la película resuma cien horas de rodaje conducidas por una mirada maestra, y que se apoye en un sólido trabajo de investigación, la magnitud del objetivo sobrepasa el marco de una respuesta personal. El resultado, de todos modos, resulta lúcido y punzante.
    La película aborda temas del pasado reciente, de los que cada argentino ha sido protagonista, y que aún están frescos en el recuerdo. Sin embargo,  la posibilidad de revivirlos en una visión encadenada y global, produce cierto abatimiento. El efecto de la convertibilidad sobre la industria nacional y el empleo, la acción saqueadora de grandes grupos económicos en sociedad con una dirigencia corrupta, el contrabando de armas con voladura incluida del arsenal de Río Tercero, la integración y el rol de la Corte Suprema de Justicia, las coimas en el Congreso nacional y la delegación de sus facultades específicas –esas que le vienen por imperio de la Constitución y el mandato del pueblo-, el escandaloso mega-canje de títulos públicos, el lavado de dinero, la serie de privatizaciones: correos, aguas, gas, petróleo, telefonía, ferrocarriles, aerolíneas,  comunicaciones, peajes, etc., en condiciones vergonzantes,  mostrado en contraste con los efectos sociales más visibles -como la  desocupación, la marginalidad social, la desnutrición infantil, la deserción escolar o el incremento del delito-, se mezcla con cifras inabarcables e imágenes que por su vigor parecen venir del cine mudo, y el conjunto cae sobre los espectadores con la misma contundencia de un mazazo en la nuca, causando -según confesión de varios que se juzgaban como votantes- la pesadez o el mareo de una culpa invisible. Por eso, luego de los aplausos, se veía mucha gente clavada en las butacas, como si antes de moverse tuvieran necesidad de recobrar el aire.
    Tal vez la cinta alcance su mayor impacto con la narración de la venta de Y.P.F. Allí se puede revivir la defensa del negocio hecha por un histórico de las comunicaciones, Bernardo Neustadt, ironizando: “¿A quien le sirve el petróleo debajo de la tierra? Que yo sepa, mientras no se extraiga, no le sirve a nadie” (como si no fuera justamente eso lo que venía haciendo la petrolera nacional, desde su creación, desarrollando una infraestructura poderosa, que daba vida a ciudades enteras y servía de apoyo a la producción del país, sin la superganancia de vender a precios de mercado internacional lo creado a costos de producción internos). La compradora, en tanto, obtenía veinticinco años de concesión por un precio que pagaba con nueves meses de trabajo!! Y además, con otro increíble beneficio extra: Mientras el Fisco le impone a cualquier comerciante la instrumentación de sus ventas -aunque se trate de un quiosco que las hace “de a monedas”- mediante un controlador electrónico inviolable, el grupo Repsol tributa sobre sus extracciones de petróleo como en las promociones de “canilla libre”, es decir, por simple declaración jurada!!
    Fuera de la suma de aciertos parciales, la obra de Solanas, quizá por su extrema necesidad de síntesis, incurre en un contra-planteo peligroso. Y así como durante la década del 90 se levantó, como verdad única, la ideología privatista, en esta “Memoria”  hay una defensa, sumamente esquemática, de la verdad contraria. Una privatización que se resuelva con equidad, mediante aportes genuinos de capital, cuya utilidad guarde relación con patrones internacionales para la actividad de que se trate, sin exclusión del riesgo empresario, y bajo condiciones que garanticen un control público efectivo, puede ser aceptable y legítima. Y al revés, el estatismo puede ser –y de hecho lo ha sido, no sólo “desde el 76”, sino desde más atrás- abusivo y corrupto. Es decir, no define, por sí mismo, un camino correcto.
    La nota, al fin,  se ha escapado del arte. Pero así es la película. Dos cámaras en contrapunto. Una, pequeña, leyendo los rostros y las acciones humanas, muchas veces  estirando sus vidas en el ámbito de un castigo perpetuo. Otra, convencional,  pesada, mostrando los grandes escenarios en donde actúan los funcionarios del poder. Y entre ambas, una provocación al pensamiento total.

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